Se acabaron los debates en la campaña de Madrid. El encontronazo en la Cadena Ser entre Pablo Iglesias y Rocío Monasterio ha llevado a los representantes de la izquierda a condicionar su presencia en los duelos previstos antes del 4 de mayo a la ausencia de representantes de Vox, lo que, de facto, supone que la fórmula que tan buena audiencia tuvo en su estreno en Telemadrid el pasado miércoles (más de 3 millones de personas siguieron el debate en directo a pesar de la competencia con el fútbol y Rocío Carrasco) no tendrá segunda vuelta.

Resumen sumario de hechos: el pasado jueves el líder de UP y candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid recibió una carta con amenazas de muerte y cuatro balas de fusil (también recibieron mensajes similares el ministro del Interior Grande-Marlaska y la directora general de la Guardia Civil, María Gámez). Ayer por la mañana, la candidata de Vox declaró en RNE, preguntada por el asunto, que condenaba la violencia, pero, añadió, «de Pablo Iglesias me fío poco». Posteriormente, el líder de Podemos, que asistía como invitado al debate moderado por Ángels Barceló en la Cadena Ser, en el que también estaba presente Monasterio, advirtió ya en antena y en su primer turno de palabra que se marcharía si la candidata de Vox no rectificaba sus declaraciones en la emisora pública. Monasterio reiteró su condena a la violencia, pero retó al ex vicepresidente del Gobierno: «Si usted es tan valiente, levántese y lárguese». Dicho y hecho. A pesar de la insistencia de la periodista, Iglesias se marchó.

Ese incidente acaparó los focos de la campaña. El líder de Podemos se convirtió en el protagonista del día, arrastrando al resto de candidatos de la izquierda.

La violencia hay que condenarla sin paliativos y sin apellidos. Ponerle peros es el primer paso para acabar justificándola. No se puede, como hizo Monasterio, afirmar que se está contra todo tipo de violencia y a renglón seguido poner en cuestión el hecho que se dice condenar.

Pero además, Monasterio cayó ingenuamente en la trampa que le tendió Iglesias, mucho más curtido en el navajeo de los debates, en los trucos de las asambleas. El líder de UP estaba deseando marcharse de un debate en el que no tenía mucho que ganar. Al entrar al trapo, la candidata de Vox le hizo un inmenso favor al jefe de Podemos, hábil como pocos, en hacerse pasar por víctima cuando le interesa.

El mensaje recibido por Iglesias en su casa es propio de la mafia. La Cosa Nostra, los grupos terroristas y los partidos totalitarios tienen algo en común: el recurso a la violencia, el uso del miedo como herramienta imprescindible para la consecución de sus objetivos.

Resulta curiosa la transformación de Iglesias de líder cañero en adalid del juego limpio. Pero quien siembra vientos, recoge tempestades.

De sus labios han salido frases como «el miedo tiene que cambiar de bando» (extraída de una canción de Los Chikos del Maíz). Suyo es el vídeo (junio de 2013) en el que justifica los escraches como una forma de «democratizar el debate político», como «el jarabe democrático de los de abajo». Siendo vicepresidente, Iglesias dijo que los periodistas, como los políticos, teníamos que acostumbrarnos al insulto. La hemeroteca está llena de declaraciones provocadoras tanto del líder de Podemos como del portavoz parlamentario del partido, Pablo Echenique.

Podemos y Vox se retroalimentan. Se necesitan, porque son la justificación de las dos Españas, del maniqueísmo que no admite el diálogo y la diferencia de opinión

Podemos y su líder no pueden pasar ahora por monjitas de la caridad. Cuando a principios de noviembre pasado unos encapuchados atacaron la tienda de la familia Abascal en Amurrio, todos los partidos, ¡incluido Bildu!, condenaron la agresión. Todos, menos Podemos. Cuando Monasterio y Abascal fueron atacados por un grupo de violentos en un mitin en Vallecas, todos los partidos condenaron los hechos. Todos, menos Podemos.

La mafia, los terroristas y los partidos totalitarios se nutren de la violencia. Para los fascistas italianos era la forma de acabar por la vía rápida con los militantes de izquierda. Los nazis les superaron en la planificación de la barbarie. Pero Stalin no se quedó atrás: sus purgas eliminaron a millones de personas durante los terribles años 30.

Algunos teóricos del socialismo revolucionario, como Georges Sorel (Cherburgo, 1847/Boulogne-Billancourt, 1922), justificaron sin recato el uso de la violencia («Reflexiones sobre la violencia», 1912). Los textos de los bolcheviques a los que Iglesias y algunos de sus camaradas admiran rezuman ese aroma justiciero que hace de la violencia un recurso justificable y recomendable para que los proletarios puedan acabar con la dictadura de los burgueses.

Vox y Podemos se retroalimentan. El partido de Abascal, con sus mensajes xenófobos, con su chovinismo cuartelero, se ha convertido en la antítesis que necesita Iglesias para llevar la campaña a su terreno: el del enfrentamiento, el de las dos Españas, el de los buenos y los malos. Tanto a Vox como a Podemos les interesa la polarización: es la forma de hacerse visible en momentos bajos.

Por fortuna, no creo que lo sucedido ayer altere sustancialmente la voluntad de los electores. La victoria política en España se sigue jugando en el centro, a pesar de que Ciudadanos sea la principal víctima de unas elecciones que van a condicionar la política nacional durante los próximos años.