Lo malo del remoquete que Donald Trump le endosó a Joe Biden es que tampoco hacía falta mucho ingenio para tener la ocurrencia y que todo el mundo sospechaba que el presidente naranja tenía razón: a fuer de los memes online, ver a Biden y pensar en el abuelito de Heidi o el abuelo cebolleta es todo uno. Y de ahí el pasmo, cuando va el interfecto y se desmarca con una ley de recuperación de un 1,9 billones de dólares y, además, el Congreso se lo aprueba –los republicanos  han protestado un poquito, pero ya.

Insatisfecho, el dormidito (Sleepy Joe) culmina sus cien días anunciando un plan de infraestructuras civiles de un calibre no visto desde los años cuarenta, otros dos billones.

La situación es fascinante desde por los menos dos puntos de vista. En primer lugar, desde la óptica de la política nacional y las inercias que han dejado crisis y la pandemia sobre el clima político. Por otro, la dinámica interna dentro del Partido Demócrata. 

Una oposición evanescente

En términos nacionales, algunos opinan que la oposición evanescente que está liderando Mitch McConnell se debe, precisamente, al aire un poco ido y un poco lastimoso del presidente. O, si uno se pone formal, a que, además de senil, Biden es moderado, varón y blanco. Por lo tanto parece inofensivo y se puede permitir reformas valientes sin espantar al electorado. Igual.

Pero la definición (excepto su senectud), más o menos, también valía para Franklin D. Roosevelt, Lyndon Johnson, Jimmy Carter y sobre todo Bill Clinton cuando llegaron al poder y a todos, excepto a Johnson por aquello del cadáver de Kennedy, les sacudieron los republicanos  de lo lindo. Y lo mismo les paso a Ronald Reagan y a George Bush hijo. 

Como parece que conviene escarbar más para explicarse qué está ocurriendo, otros apuntan a que la placidez Washington se debe más bien a la resaca tras la histeria agobiante de Trump. Ya se sabe, el bien conocido efecto pendular de la política. Pero claro, ni rastro de semejante cosa en la transición de Trump a Obama o en la de Bush a Obama, ni tampoco en la de Clinton a Bush.

Si acaso al revés; cada una de esas transiciones ha venido marcando una aceleración en la polarización de la política estadounidense. Resulta que, en sí misma, la teoría del péndulo también es una filfa como modelo explicativo. 

En parte, claro, es una cuestión de foco. Salvo casos anómalos como el de Trump, que se convirtió a sí mismo en pararrayos y fabricante de relámpagos a la manera del Dr. Fronkonstin de Mel Brooks o el Dr. Bacterio de nuestro Ibáñez (para cuándo ese Princesa de Asturias), lo normal es que durante los primeros cien días de todas las nuevas administraciones ocurran dos cosas a la vez.

En primer lugar, el partido perdedor se encuentra desnortado, sin líder y, con frecuencia, bastante ocupado en cuitas internas: que si tú la cagaste en el debate y te quito de en medio; que si fue culpa tuya con esa mierda de discurso en Iowa y tienes que dimitir; y así, ya saben, lo normal en estos casos.

Por otro, el partido ganador se encuentra con un líder claro y el control de la agenda pública, pero igualmente desnortado y con una montaña de puestos por cubrir – que si esta subsecretaría es para este amiguito de abundante y generoso talonario; que si no, no, no, que el de aquel es más grade, ergo al anterior hay que buscarle una embajada y a los dos, claro, un asistente que sepa leer. Un lío. Como para ponerse a gobernar. 

Y así tres meses de naderías hasta que unos han terminado de colocar a los suyos, estos se hacen una idea de qué demonios se hace en el departamento que le ha tocado dirigir, la oposición se organiza y además se las arregla para encontrar algo a lo que oponerse. Que es el punto en el que más o menos estamos ahora.

Difícil lo han tenido los republicanos en estos últimos meses para oponerse a un plan de recuperación que traían trabajado los de Biden y que continuaba con el que el Congreso aprobó a Trump

Difícil lo han tenido los republicanos  en estos últimos meses para oponerse a un plan de recuperación económica que evidentemente traían los de Biden trabajado de antes de las elecciones y que, además, básicamente continuaba, en volumen e intención, con el que el Congreso le aprobó a Trump. 

El aíre inofensivo y la obvia estrategia de adoptar un tono comparativamente bajo sin duda han ayudado en la medida que han escamoteado a los republicanos la oportunidad de encontrar un blanco fácil en el propio presidente (como le pasó a Obama o a Hillary Clinton), o en una medida concreta contra la que montar una oposición eficaz (como le pasó a Roosevelt y también a Obama o a Reagan); pero lo crucial es el continuismo y la existencia de un consenso nacional prácticamente universal y previo acerca de qué tipo de medidas de urgencia tomar. 

Lo crucial, en otras palabras, es que por una vez todo el mundo en Washington concurre en que la crisis se ha producido por un factor exógeno a la economía como es la pandemia, por lo que es responsabilidad del gobierno reiniciar la actividad y proteger a las víctimas – esta vez ni los más recalcitrantes pueden acusar a los pobres de serlo por vagos, maleantes o irresponsables. Y por eso se abre ahora una enorme oportunidad para Biden.

El papel del Estado se renueva

El asunto se vuelve más interesante con la propuesta sobre infraestructuras y que además, es lo más relevante. De momento los republicanos se lo han tomado con cierta calma y en la senda de lo predecible: ahora Biden sí se ha venido arriba – él mismo ha equiparado la propuesta al programa espacial, probablemente la política de prestigio más escandalosamente cara desde que Felipe II se dedicara a poner picas en Flandes –, los cheques los firma el congreso y, ojito al detalle, de momento cuenta el GOP (republicanos) con una minoría de bloqueo en el Senado.

Y eso sin contar con los demócratas fiscalmente educados, más propensos a hacer cuentas y menos proclives a dejarse retratar como manirrotos. De momento la Administración ha presentado el plan en bloque y amenaza con insistir en un todo o nada. Y los republicanos  ya se han dedicado a trocearlo: como tampoco es plan de oponerse a Santa Claus el día de Navidad, han optado por comprar de inmediato las propuestas dirigidas, precisamente, a infraestructuras (568.000 millones) y a hacerse los remilgados con todo los demás.

La situación es fascinante. Ni la ambición de Biden ni la respuesta, abierta por lo menos a discutir el asunto, de los republicanos tienen precedentes inmediatos. De Nixon para acá, e incluso durante la Gran Recesión, los términos del debate económico han girado en torno a cómo sobrellevar de la mejor forma la contención del gasto y la limitación de la capacidad regulatoria del gobierno federal.

Clinton, por ejemplo, estaba orgullosísimo de presentar unas cuentas equilibradas en vez de aprovechar la bonanza para expandir el gasto asistencial; e incluso Obama se las vio moradas para reducir todo lo posible la autoridad federal en su modelo de expansión sanitaria. La situación ahora es exactamente la opuesta. 

Ahora todo el mundo coincide en que es ncesario que el gobierno federal se involucre de forma activa en remozar las infraestructuras de la nación

Ahora, sin embargo, todo el mundo coincide en que es necesario que el gobierno federal se involucre de forma activa en el remozamiento de las infraestructuras de la nación, en parte porque el estado de las mismas es ciertamente lamentable – miedito dan las cañerías de plomo que todavía envenenan a los norteamericanos más pobres – y en parte porque nos asomamos a un cambio tecnológico a escala global en sectores como el de las nuevas tecnologías, el energético y el transporte que tienen una dimensión estratégica más que evidente.

Hasta la fecha el consenso en la gestión de lo público se había movido poco del canon liberal dominante desde los años ochenta y noventa y que Reagan resumió cuando observó que «nada da más miedo que el gobierno cuando dice que viene a ayudar»: trae despilfarro, ineficiencia e imposiciones arbitrarias que responden al interés de grupos de presión.

Es posible que la pandemia le haya dado la puntilla a un consenso que empezó a debilitarse, sobre todo en Estados Unidos, tan pronto George W. Bush comprendió la dimensión de la crisis allá por el 2008. 

Es posible que ahora, tanto demócratas como republicanos admitan y asuman que ese liberalismo de Reagan y Thatcher (y Aznar y Felipe en España), válido para las circunstancias de entonces, necesita serios ajustes para las actuales. Adam Smith, nada sospechoso de pulsiones marxistas o intervencionistas, observó con bastante entusiasmo que el Estado tiene la obligación de asumir aquellas funciones que son esenciales para el correcto funcionamiento de la economía, pero que ningún agente privado puede realizar de forma independiente. Por ejemplo, las infraestructuras y la educación.

Una vez que todo el mundo está en condiciones de valorar el papel de lo público, la naturaleza del debate se centra en el cuánto y el dónde y posiblemente el cómo

Una vez que todo el mundo está en condiciones al menos pararse a valorar el papel de lo público, la naturaleza del debate se centra en el cuánto y el dónde o posiblemente el cómo. Pero el programa saldrá y afectará a las infraestructuras convencionalmente asumidas como tales (transporte, suministros públicos, redes de comunicación) y a algunas revisiones más o menos creativas como la producción de semiconductores para el sector de las nuevas tecnologías o la aceleración del proceso de descarbonización/electrificación de la economía. Aunque a estas alturas negar el coste del cambio climático es espacio reservado para majaderos, uno puede evitar un debate bastante tóxico si se minimiza el peso del argumento medioambiental y se centra en cuestiones de competitividad.

En resumen, los estadounidenses tienen hoy una oportunidad real de superar el reaganismo zombi que atenaza Washington desde hace al menos una década (y los europeos, por cierto, de tomar nota).

Reorientación del Partido Demócrata

La segunda, e igualmente importante dimensión, es interna y afecta a los demócratas. Durante la Presidencia de Trump el partido ha estado sumergido en una violenta disputa. Por un lado, su ala más tradicional, liderada por Bernie Sanders, ha perseverado en un discurso de clase dirigido a satisfacer las demandas económicas del votante demócrata tradicional. Sanders es un radical y por eso le defenestró el partido cuando se enfrentó a Hillary Clinton.

Por otro lado, tenemos el ala de la nueva izquierda liderada por una nueva hornada de congresistas como Alexandra Ocasio-Cortez o Ilhan Omar y preocupada por defender los derechos de minorías identitarias que van desde los musulmanes hasta los transexuales pasando por las mujeres y los afro-americanos.

Ocasio-Cortez es lo bastante radical como para convertir a demócratas de toda la vida en trumpistas fervorosos. Además, las propuestas de Sanders y Ocasio-Cortez, aunque aparentemente compatibles, en realidad son mutuamente excluyentes en la medida en la que la clase trabajadora blanca económicamente progresista es también culturalmente conservadora.

Obsérvense las arremetidas que Sanders ha tenido que soportar desde la izquierda identitaria por deficiencias en su feminismo o su fervor racial. Y de ahí el éxito de Trump con ese grupo, y los remilgos de unos republicanos que se saben con posibilidades con esa clase trabajadora desafecta, a la hora de oponerse a los programas económicos de Biden. 

En realidad, el gran misterio de Biden era en qué ala de las bases del partido iba a apoyarse – habiéndose pasado cuarenta años ejerciendo de apparacthick más preocupado por cosas tan pedestres como la reelección que por cuestiones ideológicas, cualquier cosa podía pasar y la selección de Kamala Harris (que es afroindia, pero hizo carrera a base de enchironar afroamericanos) no hizo nada por despejar la duda.

Ahora sí. El plan de Biden incluye una dosis espectacularmente desproporcionada de iniciativas que solo pueden computar como infraestructuras, si uno considera a las personas como un recurso económico, como hace explícita y muy poco convincentemente Biden. 

En realidad, programas como los destinados a favorecer la conciliación laboral o mejorar la red asistencial de los mayores y los más económicamente vulnerables son iniciativas propias del estado de bienestar. Benefician desproporcionadamente a los grupos en los que se apoya la nueva izquierda (mujeres y minorías étnicas), pero Biden lo hace empleando el lenguaje de clase de Bernie Sanders.

Hasta Ocasio-Cortez ha tenido que entrar en vereda, estableciendo un debate con el presidente en esos términos: el programa le parece mal, pero no por su orientación, si no porque ella exige más recursos. Y cosas como tirar estatuas de señores blancos o la naturaleza del heteropatriarcado o la definición correcta de sexo, genéro y su relación con la menstruación, tan ideales para espantar a buena parte del electorado demócrata y echarlo en manos de los republicanos, han desaparecido del debate.

Biden ha creado la oportunidad de abandonar la izquierda identitaria, y consolidar un nuevo paradigma dentro del Partido Demócrata

Y de nuevo, Biden ha creado la oportunidad de abandonar la izquierda identitaria, a su manera bastante zombificada en el sentido de que va en automático sin prestar mucha atención al entorno, y consolidar un nuevo paradigma dentro del Partido Demócrata que incorpora cuestiones de nuevo cuño como la cuestión medioambiental o la atención a las minorías, pero con un lenguaje reconocible por la izquierda tradicional. 

Así las cosas, es posible que Biden chochee, pero desde luego no es un moderado, en realidad plantea nada menos que una reorientación de marco discursivo en el que se sitúa la política estadounidense. Y uno puede estar más o menos de acuerdo con propuestas concretas, pero  vistas las alternativas, uno solo puede desearle lo mejor.


David Sarias Rodríguez es profesor de Historia del Pensamiento Político en la Universidad Rey Juan Carlos y co-director del Master en Comunicación Social, Política e Institucional de la Universidad San Pablo-CEU.