En las últimas semanas nos han machacado con las dicotomías. Comunismo o libertad. Democracia o fascismo. Lemas y dilemas fáciles, hechos a la medida de respuestas simples. La realidad es mucho más compleja que las consignas manidas que tratan de encorsetar nuestras vidas. Ante el comunismo-libertad versus democracia-fascismo, la opción es muy sencilla: elegimos la libertad y la democracia que nos hemos dado en España desde hace más de cuarenta años. 

Pero hay algo más, que entendemos mejor si nos distanciamos de la gesticulación farsante de patio de vecinos: negar la democracia y la libertad que gozamos es un ejercicio de hipocresía, de privilegiados que juegan a ser ciegos.

Basta abrir una ventana al mundo para comprender qué significa de verdad la ausencia de libertad y de democracia

Basta abrir una ventana al mundo para comprender qué significa de verdad la ausencia de libertad y democracia. Lo vemos en la violencia que se ha llevado la vida de más de 750 personas en el golpe de estado en Myanmar; en las más de 300 familias de asesinados en las protestas de Nicaragua que siguen buscando verdad y justicia; en la saña con la que se persigue a la minoría musulmana uigur en China.

China, Rusia y otros regímenes autoritarios e iliberales ven el sistema democrático y multilateral que surgió tras la Segunda Guerra Mundial como una verdadera amenaza que hay que minar y debilitar, también desde su posición en los organismos internacionales, donde no dudan en ejercer sus vetos o intentar redefinir el lenguaje de los derechos humanos. Como si los Derechos Humanos fueran interpretables.  

Su política exterior responde a este intento de embarrar el sistema internacional basado en normas y gestos de respeto entre socios. Las represalias de China a las sanciones del Consejo de la UE contra los responsables de la persecución de los uigures, el Sofagate en Turquía o la tensa rueda de prensa entre el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov y el Alto Representante de la UE, Josep Borrell –incluida la expulsión de Rusia de diplomáticos europeos por asistir a protestas en apoyo de Aleksei Navalni— son ejemplos de ello. 

Basta este somero repaso por nuestro exterior cercano para entender la gran irresponsabilidad en la que caen aquellos que, viviendo en sistemas democráticos, los menosprecian, y banalizan la situación de aquellos que viven de verdad sin democracia. Los que trivializan la suerte de millones de presos políticos en el mundo cuando denominan así a políticos presos, procesados con todas las garantías democráticas. 

Europa tiene hoy una responsabilidad histórica de igual o mayor envergadura que la que asumió en el siglo XX.  La supervivencia de las democracias liberales que, fruto del acuerdo de conservadores, liberales y socialdemócratas, han dado forma a nuestras sociedades y al sistema internacional basado en reglas, está en peligro.

Hay que defender ese sistema por el bien de nuestros ciudadanos, pero también por los que no tienen libertad: por los uigures, por el 52%, al menos, de los turcos que no aceptan la retirada del Convenio de Estambul, por las valientes mujeres de Bielorrusia que luchan a riesgo de sus vidas contra el último dictador de Europa, por los palestinos de Jerusalén Este a los que Israel niega su derecho al voto, por los artistas del Movimiento San Isidro de Cuba que siguen resistiendo el cerco policial.

Todos ellos, parte de una larga lista, miran a Europa, la necesitan para que se escuche su voz, para tener modelos y aliados que desaparecerían si fracasaran las democracias liberales.

El ejercicio irresponsable de los derechos y garantías democráticas en el que algunos partidos están incurriendo es de una irresponsabilidad supina

¿Tiene la campaña electoral de Madrid algo que ver con todo esto? Sin duda. El ejercicio irresponsable de los derechos y garantías democráticas en el que algunos partidos están incurriendo es de una irresponsabilidad supina. Políticos incapaces de proponer o gobernar utilizan los espacios del debate democrático para insultar y descalificar. Personajes cuya mayor aportación a la democracia es el eslogan y la pancarta frivolizan con los derechos y las libertades por las que millones de hombres y mujeres se juegan el pellejo todos los días.

Se minimiza la represión de la libertad de expresión cuando, en una democracia, nos negamos a debatir, a dialogar, o cuando decimos, sin sonrojarnos, que vivimos en un infierno. Por querer debatir en libertad hay ahora mismo gente encarcelada, perseguida y torturada. En el infierno de verdad.

Banalizar las palabras hace que olvidemos su significado. Valorar las libertades que disfrutamos es la mejor base para continuar construyendo sobre ellas, y poder ayudar a los que de verdad no las tienen. Las palabras que azuzan el odio y alimentan el miedo son armas de destrucción masiva de la convivencia.

Hay que desactivar las cargas explosivas asociadas a las palabras para que estas cumplan su función de diálogo, de entendimiento. Hay que pacificar las palabras para no dar ni un paso atrás en la democracia y la libertad. 


Soraya Rodríguez es eurodiputada en la delegación de Ciudadanos del Parlamento europeo

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