La política es el arte de la seducción. Un líder o un partido político debe conquistar a los votantes para que confíe en su proyecto. Puede hacerlo con su imagen, con argumentos o a través de las emociones, pero el objetivo es siempre el mismo: atraer e ilusionar a la mayor parte de la ciudadanía. Y no existe nada más perjudicial para esa seducción que el insulto.

Insultar a los votantes es el peor error que se puede cometer en una campaña electoral. Un error en el que han caído -y siguen cayendo- algunos partidos políticos derrotados en las pasadas elecciones madrileñas ¿casualidad? No, causalidad.

El insulto genera rechazo a quien lo lanza y une a las personas en favor de los ofendidos, movilizando al electorado en contra de quien insulta. Y en esta campaña madrileña ha habido muchos insultos.

Cuando José Félix Tezanos, presidente del CIS, llamó «tabernarios» a los votantes de Isabel Díaz Ayuso, movilizó aún más a sus electores. Cuando Monedero llamó (perdónenme) «gilipollas» a las personas que cobran 900 euros y votan por Ayuso, generó el efecto contrario y unió a sus votantes ofendidos. El resultado de todo este odio vertido hacia los votantes de Ayuso es que el Partido Popular casi ha logrado la mayoría absoluta.

Podría ser una mera casualidad, pero históricamente se repite la misma situación: quien insulta a los votantes, pierde. Así ocurrió con Hillary Clinton cuando llamó «gente deplorable» a los votantes de Donald Trump, con el resultado que todos conocemos. Similar a lo que pasó en 2012, cuando Mitt Romney dijo que «el 47% de los votantes de Obama» siempre votaría por él porque dependían de las ayudas del Estado. En ambos casos la consecuencia siempre es que quien insulta, pierde.

El votante es una persona corriente, como usted o como yo, que se levanta por las mañanas para ir a trabajar, gana su salario dignamente y -cada cierto tiempo- acude a las urnas para elegir a sus representantes. Como ciudadanos esperamos que en una campaña electoral se nos propongan proyectos, se confronten ideas y, por lo menos, que no se nos insulte por ejercer nuestro derecho fundamental a elegir a nuestros representantes.

Los votantes no se equivocan cuando votan. Puede fallar la estrategia planteada, el liderazgo del candidato o el mensaje escogido, pero no se equivoca quien libremente emite su voto

Los votantes no se equivocan cuando votan. Puede fallar la estrategia planteada, el liderazgo del candidato o el mensaje escogido, pero no se equivoca quien libremente emite su voto por un partido o un proyecto. Falla quien no ha sabido captar el voto, pero no quien vota. Insultar a unas personas por lo que han decidido votar es faltar el respeto a su inteligencia, es llamarles ingenuos a la cara. En definitiva, insultar es lo contrario a la seducción.

El esquema del insulto involucra a un agresor (quien lanza el insulto) y una víctima (quien recibe la ofensa). Psicológicamente, el ser humano tiende a empatizar con la víctima menospreciada. A través de la “empatía afectiva”, terminamos sintiendo como propias las emociones de otra persona. Por eso cuando un votante indeciso escucha que están insultado a un grupo de personas, tiende a ponerse de su lado, a conectar con ellos y a unirse en contra de la injusticia. No es un factor completamente decisivo en unas elecciones, pero el insulto ha decantado a ese indeciso por el bando insultado.

A lo mencionado se suma que quien insulta adquiere una imagen de enfado, pasa a ser una persona triste para la opinión pública. Como bien señala el consultor Antoni Gutiérrez-Rubí en su libro Gestionar las emociones políticas, los tristes no ganan elecciones. «La risa es la aliada natural de la política emocional, la política del futuro», escribe Gutiérrez-Rubí, «el poder inteligente sonríe, no amenaza». Otro motivo más para no insultar en política y menos aún a la ciudadanía.

Pero vamos a suponer por un momento que los insultos son parte de la campaña electoral. Vamos a pensar -aunque no sea así- que se justifican en esa «guerra política». Una vez pasan los comicios comienza el gobierno o, mejor dicho, como señala el consultor Rafa Laza, comienza la Campaña Permanente.

Tienen cuatro años por delante (dos en el caso de Madrid) para volver a ganarse a los votantes perdidos y recuperar la confianza de la ciudadanía. Cuando se disipa el polvo de la batalla es el mejor momento para enterrar el hacha de guerra y plantear un mensaje positivo que busque ilusionar a la mayoría ciudadana.

Pues sorprendentemente y contra todo pronóstico, repiten el mismo error. Los ataques han seguido por parte de la vicepresidenta Carmen Calvo, de Pablo Iglesias o el exconcejal de Madrid, Carlos Sánchez Mato, quien asegura en Twitter que los votantes de Ayuso «apoyan la corrupción». Una oportunidad perdida que sí han sabido utilizar otros dirigentes políticos como Íñigo Errejón, quien comentaba en una entrevista en la Cadena SER : «Cuando el adversario te gana, ha interpretado bien el momento, algo que tú no has hecho. Hay que persuadir más y regañar menos».

Como tuiteaba el consultor Cesar Calderón tras los comicios madrileños, «echar la culpa a los ciudadanos y decir que votan mal» es de las peores ocurrencias tras perder unas elecciones.

El resultado de insultar y ser insultado es irrefutable. El Partido Popular de Isabel Díaz Ayuso pasa de tener 30 a 65 escaños, rozando la mayoría absoluta. Porque faltar al respeto siempre genera el efecto contrario al deseado. Insultar consigue atraer, unir y movilizar a los votantes, pero en contra de quien ha proferido el insulto.

Si insultas, no seduces. Si no seduces, no ganas las elecciones.


Juan Manuel Vizuete Calafell es consultor en comunicación y oratoria.