Una celadora malagueña ha posteado una peineta de hartura y pura fisiología, como un movimiento reflejo, como un calambre en el codo; una peineta dedicada al niñateo, al fiesteo y al mamoneo. A algunos les ha parecido escandalosa como una peineta de monja, porque por lo visto la juventud tiene que vivir (sólo se vive de joven, luego uno sólo puede aspirar a dormitar, a mecerse, o si acaso a la media vida abisagrada de las momias), y el vivir les excusa.

La juventud no puede tener la culpa de nada, algo así como Sánchez, eternamente zangolotino. Los jóvenes tienen que vivir, aunque vivan mal (beben mal, comen mal, follan mal, escuchan mierda, hablan mierda, consumen mierda). Quizá Sánchez, igual, tiene que gobernar aunque gobierne mal. La culpa tiene que ser de la oposición, por ponerle mala cara a Sánchez cuando se bebe una maceta, o del TC, que se empeña en darles muchas vueltas a las cosas en su edificio circular, hecho para eso, en vez de hacer balconing con la jurisprudencia.

La peineta hay que repartirla, la peineta no puede tener edad ni condición, es una peineta múltiple y sin tiempo, como si nos la hiciera Vishnu»

La peineta de la celadora, así vestida con el EPI, impresiona, parece un zurriagazo de kendo, ese arte marcial japonés que está entre la esgrima, el vareo y la apicultura. La peineta, grácil y dura como el bambú, va para los botelloneros de embudo por arriba y por abajo, para los de las bodas balinesas del polígono y, en fin, para todos los que se están comiendo el bicho como las babas y encima luego colapsan las urgencias exigiendo «atención rápida» o terminan ‘cagaítos’ cuando se les pone delante no ya una jeringa como un émbolo de trasatlántico sino un leve hisopillo.

La peineta es ejemplarizante y hasta simpática, eso sí, siempre que no estigmaticemos. La peineta hay que repartirla, la peineta no puede tener edad ni condición, es una peineta múltiple y sin tiempo, como si nos la hiciera Vishnu. O sea que la peineta vale mientras no sea para ti, como la culpa.

La peineta es de todos, la culpa es de todos, que es lo mismo que decir que no es de nadie. Que Sánchez sea el presidente del Gobierno y que los botellones no los haga precisamente gente que baila Los pajaritos no nos debe llevar a la generalización grosera ni a la peineta grosera. Nadie quiere la culpa, nadie quiere la peineta que ha dejado esa celadora como una mina submarina, para el que la pille. Sánchez no tiene culpa, que es el que gobierna. Serán las autonomías, será Ayuso con su cuerno de cerveza mareona y sus ojos también mareones, será el TC que se pone a destejer leyes y decretos como viejas de husillo, sólo por enredar; será la calor marinera de esos cuerpos de pescadorcillo y de sirena que reviven en verano como si revivieran esculturas de arena. Será cualquier cosa, menos lo que parece, el Gobierno o la chavalería.

Sánchez no puede hacer otra cosa que esperar y pedir unidad, y la juventud no puede hacer otra cosa que vivir y esperar comprensión»

Sánchez no tiene la culpa de nada, él que no puede hacer otra cosa sino dejar que la vacuna lo invista, pasiva y gloriosamente, como a la juventud lo inviste el calimocho festero. Él no puede hacer otra cosa que esperar y pedir unidad, y la juventud no puede hacer otra cosa que vivir y esperar comprensión. Los empuja la necesidad o la biología, algo casi indistinguible.

Seguro que no es culpa de Sánchez, él que en vez de hacer una ley de pandemias se está haciendo una ley de generalón con cenefa en la gorra y timón en el pecho, mientras las autonomías y los camareros no saben si rezar al juez o al cielo. Hay que repartir las culpas hasta dentro del propio Gobierno, y por eso Sánchez ha hecho menudillos de ministro y hasta de confesor. Incluso va a exigirle un poco de su parte a Podemos, que limpie también sus ministerios muy atascados de la masilla del obreraje y del penacheo de sus tribunos, a ver si cunde la idea de que si acaso alguien tenía la culpa ese alguien ya no está.

Seguro que no tienen la culpa ni Sánchez ni la juventud. La juventud, ok boomer (el ok boomer es su efectiviwonder), no se divierte en montonera, en rebujón y en mogollón (quiero decir que no define la diversión con la montonera, el rebujón y el mogollón). No, la juventud va de ópera, de cena con sumiller como un mariscal, y de polvo sedoso y apianado en un hotelazo, como un polvo de Mata Hari. No son los jóvenes (o los viejóvenes, que también asumen la plenitud y la diversión como ese vivir acolmenado, moscardonero, que no es vivir sino zumbar) los que están contagiándose y contagiando. No, quizá son los columnistas de batín que se van al Gijón esperando que les hagan una foto ante la barra como ante la chimenea, a dos metros de cualquier otro escritor de bufanda de yeso. Y no es que lo diga yo, (ok boomer, efectiviwonder), es que lo dicen los jóvenes: que el bicho les ha robado la juventud como a una princesa raptada, que tienen que recuperar la vida antes de llegar, no sé, al abismo de los 30, y que si no están apelotonados el viento se les lleva la juventud y las tetas.

La culpa, la peineta, afilada, concisa, con intención e inminencia de estoque, la aplauden muchos pero no se la queda nadie. No se la queda la juventud, no se la queda por supuesto Sánchez. La juventud no puede dejar de ser lo que es y a Sánchez le pasa igual. Hay una especie de fatalismo, de abandono y de autoridad en esa percepción de uno mismo, en ambos casos. A lo mejor no pasa nada por hacerles la peineta a los dos, a lo mejor es hasta sano, para la democracia y para la pedagogía. A lo mejor hay que hacerles esa peineta de hartura y agujetas, siquiera para que se den cuenta de que no hay en ello ninguna traición a la patria, a la posteridad ni a la naturaleza.