En la remodelación profunda del Gobierno que Pedro Sánchez hizo el pasado 10 de julio hay una clave interna, de partido, que explica su objetivo final.

La sustitución de Iván Redondo como jefe de Gabinete por Óscar López implica una reconciliación con una parte del PSOE con la que Sánchez había roto tras su triunfo en las primarias de 2017 y, sobre todo, tras alcanzar el Gobierno gracias a la moción de censura de finales de mayo de 2018.

López apoyó a Patxi López, tercero en discordia en la pugna entre Sánchez y Susana Díaz. Aquello lo interpretó como una traición, parecida a la del ex portavoz Antonio Hernando, otro hombre a rescatar. Los escuderos de José Blanco (ex ministro de Fomento y ex secretario de Organización del PSOE), el hombre de confianza de Rodríguez Zapatero, fueron echados sin contemplaciones del templo del poder.

Por eso la vuelta de López (aparcado durante tres años en la dirección de Paradores) tiene una relevancia especial.

Todo comenzó con el nombramiento de Blanco como consejero de Enagas, a propuesta de la SEPI, en mayo de 2020. Esas cosas no pasan por causalidad. Era el primer síntoma de que Sánchez había comenzado a recomponer los lazos que se rompieron tras el Comité Federal de octubre de 2016.

Otro dato importante. Las relaciones entre Sánchez y el propio Rodríguez Zapatero han cambiado de forma radical. El ex presidente no sólo apoyó a Susana Díaz en la batalla de 2017 por la dirección del partido, sino que se convirtió en un problema después, tras alcanzar Sánchez el Gobierno, por su papel como mediador con el gobierno de Maduro.

Eso ya es el pasado. Fuentes cercanas al ex presidente dicen que ahora las relaciones con el presidente del Gobierno son «excelentes».

El nombramiento de Óscar López como jefe de Gabinete supone la reconciliación con el zapaterismo. Incluso las relaciones con el ex presidente ahora son «excelentes». El objetivo es un Congreso de reunificación de todas las familias del PSOE, incluido Felipe González

Volvemos a López. El jefe de Gabinete del presidente juega un papel esencial en el diseño de la política del Gobierno. No hay más que repasar la etapa de Redondo. Así que nombrar a un hombre de la era Zapatero es toda una señal de por dónde van a ir los tiros.

Sánchez ha visto en los últimos meses cómo el PSOE perdía fuerza en las encuestas y cómo, sensu contrario, por mucho que le pese a Tezanos, el PP iba ganando terreno. La moción de censura de Murcia y la derrota de Madrid, cuyas elecciones se adelantaron como su consecuencia, encendieron las luces de alarma en la cabeza del presidente: Iván Redondo y su sabiduría como mago de la comunicación eran insuficientes, ya no servían, para garantizarle un nuevo mandato.

El presidente quiere dejar de ser el hombre que lo puede todo y que ha marginado al partido hasta extremos poco justificables para convertirse en el hombre de la reconciliación. Por eso no ha tenido inconveniente en indultar a figuras que, en otro tiempo, estaban en la otra orilla.

Sánchez tiene la vista puesta en el próximo Congreso, que tendrá lugar este otoño. Allí quiere escenificar la vuelta al partido, a las esencias, con todas las familias integradas y él como líder indiscutible.

Este ha sido un primer paso muy significativo. Una vez derrotada Díaz, ya no tiene rival, y eso le permite ser magnánimo. Vuelven los zapateristas, pero Sánchez no se conforma con eso.

Su objetivo final es hacer las paces con Felipe González. Eso será más difícil. Pero no lo descarten. El perdón es un arma eficaz en manos de los hombres de poder. El fin, no lo olviden, justifica los medios.