Sucedió en un viaje entre líneas enemigas, sobre los rescoldos aún humeantes de la guerra en Siria. Pocas veces me he sentido más cerca de casa que allí, en aquella carretera que, mutilada por la contienda, se abría paso entre un mar de olivos. Por aquellas fechas habían llegado al pueblo de Tell Rifaat, a unos 40 kilómetros al norte de Alepo, cientos de familias kurdas que huían de la operación turca en Afrin, apodada «Rama de olivo». Entre la legión de desplazados, obligados una noche a huir con lo puesto, había una pareja que acunaba a un recién nacido, mujeres que se lamentaban del éxodo mientras trataban de cocinar un modesto almuerzo para una abundante prole y adolescentes que deambulaban aburridos por los confines de un poblado vacío hasta su desembarco.

Y es que la mayoría de los vecinos de Tell Rifaat había emprendido la huida mucho antes, cuando el enclave fue capturado por el régimen, en un recordatorio lúgubre de que las trincheras no cicatrizan cuando cesan los disparos. Existen hogares que el plomo indulta pero a los que sus dueños no tienen modo de regresar. En el ejército de exiliados que encontraron acomodo en la geografía fantasma de Tell Rifaat, figuraba Mohamed Yusef. “Tenía un campo de olivos, un viñedo y un pedazo de tierra donde cultivaba trigo y cebada”, me dijo sentado en la cuneta de la carretera que atraviesa el páramo.

Mohamed no lloraba por la casa que había dejado en su apresurada escapada sino por la suerte de su olivar

En aquella ruta entre ruinas, el octogenario de ojos hundidos y esqueleto en retirada pasaba, sin más, una mañana de mediados de mayo. Inmóvil, como un lagarto que busca el sol para regular la temperatura de su cuerpo. Mohamed no lloraba por la casa que había dejado en su apresurada escapada, precipitada por un eco de aviones, balas y malos augurios, sino por la suerte de su olivar. “Ésta no es una guerra cualquiera. Vi otras muchas en mi vida y no tenían nada que ver con esto. Esto son saqueos y expulsiones. Nos robaron los terrenos, el aceite y los olivares. ¿Qué culpa tenemos nosotros?”, clamaba el anciano al borde del llanto.

En su mirada dolorida yo reconocí un gesto familiar. Y en sus manos cuarteadas por una vida de labor agrícola, el tacto de mis abuelos. Desde que recuerdo, los olivares han estado ahí, como paisaje de fondo. Con su tronco retorcido y grueso, su corteza plateada y su copa ancha de hojas verdigrises, puntiaguadas y elípticas. Los hay centenarios o jovencísimos, recién llegados. De regadío o de secano, tapizando las lomas de una campiña hasta donde la vista alcanza o agarrándose a balates y bancales de una sierra. “Desde lejos son unos humos lentos sobre los olivares. Acercándose, un rumor disperso. Voces, alguna copla, el ruido de un banco que se cierra, el manoteo rápido sobre las hojas, el aleteo del aventador, la caída continua y mullidas de la aceituna, como una cascada negra, en los sacos. Pocas veces hará la tierra más suyos a los hombres que en las aceitunerías”, escribió José Antonio Muñoz Rojas, Premio Nacional de Poesía y poeta crecido entre los olivares de Antequera.

En este fragmento de “Las cosas del campo”, Muñoz Rojas describe a un niño que “viene bamboleándose, aburridillo, sin comprender muy bien todo aquello, agradecido al solecito de enero”. Mis hermanos y yo fuimos hace años ya unos de esos niños que, en las navidades de la infancia, aparecían por los olivares para varear a ratos y jugar la mayor parte del tiempo hundiéndose en los campos de barro, con los ascuas cercanas de una lumbre para calentar el frío perpetuo de primera hora de la mañana.

Los olivos son, en verdad, el patrimonio de las generaciones que los labraron

En aquella desbandada progresiva, el más pertinaz de los olivareros era siempre mi abuelo, aficionado a irse literalmente por las ramas. Buscaba hasta el último fruto. Atizaba al que se resistía a caer y zigzagueaba de rodillas hasta encontrar el que, arrugado, hacía tiempo que se había desplomado sobre el suelo. Mientras él y su figura enjuta seguía abrazando las copas de los árboles, la solera que lo cubría había mudado ya de lugar y el resto de la cuadrilla familiar comenzaba a irse por los cerros de Úbeda. Un océano interminable de olivares que junto a otros tantos que pueblan Andalucía aspiran a engrosar a partir de 2023 la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco.

Legado común de íberos, fenicios, romanos o árabes, los olivos son, en verdad, el patrimonio de las generaciones que los labraron, de las familias que aún hoy aprecian su oro líquido, dejando estoicamente que cada estación provea. “Olivares, Dios os dé/los eneros/de aguaceros,/los agostos de agua al pie”, recetó Antonio Machado.

Cuando ahora cruzo un mar de olivos o los observo a lo lejos, recuerdo a mis abuelos y también a Mohamed. Apuesto a que, aún siendo de orillas opuestas del Mediterráneo, podrían comunicarse hablando solo de olivos, del árbol de Atenea y Minerva que llegó de Oriente y enraizó en un léxico hoy común de aceite, aceituna, alcuza o almazara… Mis abuelos también entenderían a la perfección los desvelos del octogenario desplazado por la guerra. El agricultor que, tras varias jornadas huyendo de los bombardeos con esposa e hijos, suspiraba, no por el techo que dejó de cobijarle, sino por el terruño regado de olivos al que no le permitían retornar. “No nos dejaron nada. ¿Qué será de nosotros?”, maldecía Mohamed desde una cuneta del norte de Siria. Con el horizonte perdido de sus olivares.