Con la sinceridad y la chulería que le caracteriza, Arnaldo Otegi ha desvelado en tan sólo unas horas el verdadero fin de su gesto táctico de lamentar el dolor causado a las víctimas por parte de ETA: «Tenemos 200 presos. Y tienen que salir de la cárcel. Y si para eso hay que votar los presupuestos, los votaremos sin ningún problema».

Lo dijo en una reunión de militantes de EH Bildu. Habló, por tanto, ante su gente, explicando el alcance de su declaración coincidiendo con el décimo aniversario del «cese definitivo de la actividad armada» por parte de la banda terrorista. No hay arrepentimiento, no hay condena, tan sólo táctica, algo en lo que el brazo político de ETA es experto.

La textualidad de la declaración de Otegi nos ahorra interpretaciones. Pudo haber dicho «hay 200 presos», lo cual hubiera dejado un margen a la duda. Pero dijo «tenemos 200 presos». Esa primera persona del plural significa que Otegi se sigue considerando de alguna forma miembro de ETA, o al menos, heredero de su lucha. No hay sonrojo en apoyar los presupuestos del Gobierno de España si con ello se logra la libertad de los presos. Es importante apuntar que Otegi nunca ha aceptado la derrota de ETA, sino que, en su opinión, fue la propia banda la que optó por dejar de matar en aras de un final de la violencia «sin vencedores ni vencidos».

El presidente Sánchez se ha apresurado a decir en la sesión de control de este miércoles, a preguntas de Pablo Casado, que nunca aceptará liberar a los presos a cambio de un apoyo político al presupuesto ¡Faltaría más!

El problema es que ya se han dado pasos en ese sentido. El primero de ellos fue el traspaso de la gestión de las cárceles al Gobierno vasco, que ha comenzado a ser efectivo a partir del pasado 1 de octubre. El ministro del Interior, Grande-Marlaska, otrora batallador magistrado de la Audiencia Nacional, donde se juzgan los delitos de terrorismo, ha facilitado el traslado de presos a cárceles vascas. De los 200 que dice Otegi, ya hay 70 etarras en el País Vasco y Navarra.

Rodríguez Zapatero y Santos Cerdán auspician en el PSOE y en el Gobierno un blanqueamiento de EH Bildu. El acercamiento de presos de ETA es el primer paso para su puesta en libertad

La cesión de las competencias por parte del Gobierno de coalición facilita el cambio de grado de los presos y, sobre todo, permite la aplicación del artículo 100.2 del Reglamento Penitenciario, que supone la semilibertad de los condenados, algo que ya se ha aplicado en el caso de los presos del procés en Cataluña antes de los indultos.

Seguirá habiendo traslados y seguiremos viendo ongi etorris en los pueblos y ciudades del País Vasco para recibir como héroes a los presos ya en libertad. ¿Por qué renunciar a esa expresión popular de solidaridad con los terroristas?

Según publica este miércoles El Confidencial, hay ya de hecho un proceso de negociación abierto para la cuestión de los presos. Uno de sus protagonistas es un viejo conocido en el mundo abertzale: se trata de Rufi Etxeberría (líder de Sortu, núcleo político de EH Bildu). Al otro lado de la mesa estaría Miguel Ángel Morales (secretario de Organización del PSE). Morales es un hombre cercano a Santos Cerdán (ahora todopoderoso secretario de Organización del PSOE), el hombre que convenció a Sánchez de que en Navarra debía pactar con Bildu en lugar de hacerlo con Navarra Suma.

Como no podía ser de otra forma, el ex presidente Rodríguez Zapatero está en la jugada. El martes, en un acto en Gernika, para apuntarse el tanto del fin de la lucha armada, recomendó «generosidad» con el mundo etarra. El domingo, en una entrevista en El País, confesó que la clave de aquello fue seguir manteniendo contactos con ETA tras el atentado de la T-4. Hay que recordar que, tras el bombazo, el entonces presidente del Gobierno declaró que quedaban rotas las negociaciones con la banda. Reconoce ahora que mintió a la opinión pública, pero, eso sí, por una buena causa.

Lo que persigue Bildu es una amnistía en toda regla, como quieren los independentistas catalanes con sus presos. La portavoz de EH Bildu en el Congreso, Mertxe Aizpurúa, afirmó en una entrevista concedida el pasado viernes a RNE que «la madre de todas las batallas» es «un cambio legislativo que favorezca a los presos de ETA». Alto y claro. Es la ventaja que tienen los jefes proetarras, que no utilizan elipses a la hora de decir lo que quieren.

A casi todo el mundo sorprendió la dureza de Sánchez contra el PP en la sesión de investidura del 7 de enero de 2020, y la suavidad e incluso la comprensión con la que el candidato a presidente trató a EH Bildu. Pronto tuvimos la explicación: Sánchez no hubiera sido investido sin las 5 abstenciones del partido afín a ETA. Recordemos que la investidura se logró con 167 votos a favor y 165 en contra.

Después vino el lamentable espectáculo del acuerdo entre PSOE, Podemos y EH Bildu para derogar «de manera íntegra» la reforma laboral del PP. Aquello se rectificó, pero ahí quedó el documento firmado con nocturnidad y alevosía.

Otegi y su grupo no sólo quieren la libertad de sus 200 presos, sino la independencia del País Vasco y la ruptura del pacto constitucional del 78. Por eso se llevan tan bien con ERC e incluso con Puigdemont. Su proyecto político pasa por construir un estado socialista en el País Vasco. Podemos, socio del PSOE en el Gobierno, ve con buenos ojos el movimiento táctico del líder de Bildu porque para este partido todo lo que suene a España es algo que huele a franquismo.

Pero ¿y el PSOE? ¿Y Pedro Sánchez? Ese Pedro Sánchez que ha hecho profesión de fe socialdemócrata en el 40º Congreso de su partido. Pronto lo veremos.