Para llegar a Cádiz hay que pasar bajo jirafas desguazadas, ganchos anclados en las nubes, láminas de metal de sol como de bronce quemado, y cables que se tienden entre las barquitas y unas estrellas como lejanas boyas fenicias. Los astilleros, la industria, la Bahía entera, son un esqueleto que llega hasta el cielo, como un animal roto y estirado de Dalí. Cádiz siempre ha sido, desde que lo recuerdo, la obra incesante y endeble de sí misma, parada o tambaleante o caediza, entre el columpio y el suicidio sobre un mar con escamas de dioses y pinchos de hierro. Lo que pasa en Cádiz es lo que ha pasado siempre, que no aguantan los huesos hasta el cielo ni aguanta el hambre hasta el alma. Pasa lo de siempre, pero ahora está Kichi y parece que ha inventado él el fuego griego. Pasa lo de siempre, y que el Gobierno manda una tanqueta para que haga allí, contra el pobre calcificado contra el metal, la guerra que no se atrevieron a hacer en la Cataluña corsaria.

En Cádiz, con atardeceres como lentos pontones, con cielo envigado de mar, está muriéndose siempre un gigantesco elefante de agua y alambre. No es la crisis del metal, ni de la industria naval, ni de la industria en general, que ha ido dejando por allí como breves nidos sin huevo, abandonados a la pelusa, a la cáscara y a la orfandad. No, es la crisis de Cádiz, que uno siempre recuerda así, pidiendo tornillos o tirándolos de vuelta, incendiando la piedra con inventiva, necesidad y obcecación paleolítica, y fabricando un humo de trapo mojado y mendrugo negro, por allí por el puente Carranza con su cosa de barco abordado. No había trabajo y se pedía trabajo, no había barcos y se pedían barcos; luego llegaba el trabajo o llegaba el barco, que se disolvían rápidamente en el ácido de la Bahía, y se volvían a pedir el trabajo o el barco… Así se iba haciendo el ciclorama de Cádiz, que era como ir contemplando un gran roble llenándose y desplumándose de sus estaciones y de su fuego contra el cielo.

No va a cambiar la historia de Cádiz ese Kichi con megáfono y pregón, al que atienden como a las agrupaciones callejeras del Carnaval (“amo a ehcushá”, decimos por allí cuando empieza el rasgueo en una esquina arlequinada de sol, sombra y celofán, y eso mismo le dicen a él cuando pide la palabra con tipo de cuartetero). No va a cambiar la historia de Cádiz esa tanqueta con andares de Robocop o de centauro a cuerda, que patrulla como un camión de la basura con cañón, queriéndose cobrar en el Cádiz de la fiambrera ardiendo de sopa lo que no se atrevieron a hacer en esa Barcelona de Urquinaona ardiendo de alcantarillas y cabezas abiertas. Ni siquiera va a cambiar la historia de Cádiz el Sánchez que ya sólo está para prepararle emboscadas a Biden o al dinero de otros.

No va a cambiar la historia de Cádiz ese Kichi con megáfono y pregón, al que atienden como a las agrupaciones callejeras del Carnaval

Nada de eso va a cambiar lo que ha pasado en Cádiz siempre, que no hay metal para tanto cielo ni trabajo para tanta hambre. A los de Astilleros los prejubilaban y quedaban condenados al dominó y a comprar el pan con una talega, a hacer de juancojones, que es como el gulag a la gaditana (no voy a explicar aquí todo lo gaditano, ilústrense ustedes como si fuera algo catalán), pero no por eso hubo más trabajo ni mejores sueldos. A los despedidos de Delphi los mandaba la Junta socialista a hacer excursiones al zoo de Jerez, un zoo lleno de calvas y animales con calvas, o a las bodegas de mi pueblo, Sanlúcar, con umbra gótica de paz y borrachera eternas; o les ponía Gladiator en inglés o quizá en latín, y no por eso hubo más trabajo ni mejores sueldos. Entró el Estado en las grandes empresas, las que iban a construir barcos, aviones y cohetes de nueva grandeza andaluza como un día se construyeron zepelines de grandeza germana, y no por eso etc… O sea que qué me va a contar Kichi ahora, con su megáfono como una hormigonera y tipo de churrero. 

Cádiz, con el sol como un plato en su alacena azul vacía, con su perfil de cementerio de bichos acromegálicos e industriales, no se va a salvar ahora más que se ha salvado antes llorando y riendo con antifaces de fuego y terciopelo hasta el cielo. Dice Kichi que hay que hacer más ruido y más ceniza para que se enteren en Madrid, donde seguimos estando tantos gaditanos a la cola de la vida como a la de Doña Manolita. Yo creo que a los compañeros del metal de Cádiz, con halo épico de nibelungo caletero, les podrían subir los sueldos, y pagar todas las horas extras que el patrón / Estado se guarda en el bolsillo del reloj, bolsillo gordo de reloj gordo; les podrían conceder todo hasta que Kichi volviera a dedicarse al republicanismo plazoletero y a los cristos obreros, y no por eso va a haber más trabajo ni mejores sueldos en Cádiz.

Se puede enterar Madrid y mandar lotería, se puede enterar Sánchez y mandar una tanqueta que parece una olla exprés, o mandar un dinero que parezca un papelón de cazón en adobo, pero uno cree que todo seguirá igual porque es lo que pasa cuando siempre se hace lo mismo. Cádiz no hacía otra cosa (no hace otra cosa) que morirse entre trapos de su luz, minas de su historia, hogueras de sus ojos y prótesis de su cielo.