Polémicas aparte, cuya aclaración resulta imprescindible para despejar todas las dudas de la esperpéntica votación de este jueves en el Congreso, y que va a mantener viva la polémica y los recursos durante mucho tiempo, hay algo que resulta evidente para cualquiera que tenga un mínimo sentido de la dignidad del país, que es lo mismo que la dignidad de las instituciones.

Y eso, que tiene que ser evidente para cualquiera que tenga un mínimo de vergüenza, es que España no se puede presentar ante el mundo, incluida la Unión Europea, exhibiendo una ley de la trascendencia de la que se sometió a votación este jueves, aprobada por un solo voto que además se produjo por error.

Y para lo que aquí interesa da igual que el diputado se haya equivocado personalmente o que la intranet de su ordenador haya fallado tan estrepitosamente. Ni siquiera que la reclamación ante la presidenta del Congreso Meritxell Batet por parte del diputado y de sus compañeros de grupo parlamentario, incluida la vicepresidenta segunda de la Mesa de la Cámara, Ana Pastor, y de su secretario cuarto, Adolfo Suárez, ambos del PP, se hubiera hecho antes de que dieran comienzo las votaciones.

Eso son asuntos de la máxima trascendencia a la hora de determinar si se respetan los derechos fundamentales de los diputados y si se acata y se cumple religiosamente la voluntad de la Cámara. Y todo eso deberá dilucidarse con el máximo de los escrúpulos aunque, dado lo sucedido el jueves, es dudoso que todas esas exigencias elementales en una democracia que sea digna de tal nombre, se vayan a cumplir.

Pero es que, además de todo lo anterior, se trata de que una ley de la trascendencia de la que regula el infinito universo de las relaciones laborales, que determina la salud del mercado de un país, no puede de ninguna manera salir en estas condiciones del Congreso de los Diputados.

No, señores del Gobierno; no, señores de la oposición, la jornada parlamentaria del jueves fue una de las más vergonzosas y que más pueden abochornar y deshonrar a cualquier demócrata

Y tampoco es tolerable que, para mayor escarnio, los supuestos «vencedores» de la vergonzosa votación se sientan tan satisfechos como se mostró el propio Pedro Sánchez cuando, a la salida del hemiciclo, declaró que era «un día grande para los españoles». Lo mismo dijo ayer en la radio el ministro de la Presidencia, al declararse inmensamente satisfecho por el resultado obtenido.

No, señores del Gobierno; no, señores de la oposición, la jornada parlamentaria del jueves pasado fue una de las más vergonzosas y que más pueden abochornar y deshonrar a cualquier demócrata.

Las acusaciones, por ejemplo, de «pucherazo, tongo, farsa, prevaricación, traidores» dirigidas a los diputados de UPN a los que se descalifica como «vendidos» por no haber aceptado «venderse» a lo pactado con el PSOE por su jefe en Navarra, no son simples actos de protesta.

Porque estamos hablando del Congreso de los Diputados, que es, por si algunos no lo recuerdan, la sede de algo tan trascendental como la soberanía nacional, a la que representan todas sus señorías, aunque alguno ni lo sepa, y que fue felizmente recuperada por el pueblo español cuando la Constitución de 1978 se la devolvió a ese pueblo al que ahora se humilla y se degrada con comportamientos así.

En estas condiciones de gravísimo envilecimiento democrático, cuyo deterioro afecta de manera trascendental a otras muchas instituciones del país, los diputados no pueden de ninguna manera seguir contribuyendo de ese modo indigno a cargarse la democracia española por el procedimiento de saltarse todas las reglas cada vez que su cumplimiento no conviene a unos o a otros.

Un solo ejemplo: los «traidores, tránsfugas, vendidos, indecentes» diputados de UPN que el jueves no se sometieron a las órdenes emanadas de la dirección de su partido no han hecho nada distinto de lo que llevó a cabo en 2016 la quincena de diputados del PSOE que decidieron no obedecer las órdenes de la dirección de su partido en el sentido de que el PSOE se abstuviera para permitir la investidura de Mariano Rajoy. De hecho, la mayor parte de ellos fueron calurosamente elogiados por su honestidad política y premiados después con elevados cargos de todo tipo en cuanto Pedro Sánchez llegó al poder.

Pero entonces el nivel de degradación institucional no había llegado aún a los extremos a los que estamos asistiendo hoy. Y esto que digo afecta de la misma manera a la importantísima reforma -sea profunda y determinante para el futuro de los trabajadores, como dice UP o sea meramente cosmética y respete básicamente la reforma de gobierno de Rajoy, como dice Ciudadanos – que va a regular de ahora en adelante el mercado laboral español.

Ningún gobernante con un mínimo de dignidad y de respeto a las normas e instituciones de su país puede felicitarse del humillante, escandaloso, ignominioso resultado obtenido el jueves.

Por la dignidad de la Cámara y de nuestras instituciones, por la dignidad de todos los españoles, esta votación tiene que repetirse y salir aprobada de un modo honorable

La votación se ha ganado. Pero en esas condiciones es una reforma laboral desacreditada desde la raíz. Es obligado que esa votación se vuelva a repetir. Se volverá a ganar con toda seguridad porque muchos de los que se permitieron el lujo de votar en contra en la seguridad de que saldría adelante sin que ellos tuvieran que molestarse en mancharse las manos se lo volverán a pensar y esta vez sí le prestarían su apoyo. La derrota de este decreto ley fue un fogonazo, pero no volverá a ocurrir.

Pero por la dignidad de la Cámara, por la dignidad de nuestras instituciones, por la dignidad de todos los españoles, esta votación tiene que repetirse y salir aprobada de un modo honorable, con más o menos apoyos pero no, por Dios, aprobada por el error, por la torpeza o por el mal funcionamiento de la intranet de un diputado cuya intención era precisamente votar en contra del decreto.

El Congreso de los Diputados no puede convertirse en un garito donde los tahúres se intercambian los naipes con el decidido propósito de engañar al contrario y felicitarse por ello cada vez que lo consiguen. Lamentablemente, el Congreso se parece cada vez más a esa clase de tugurios.

Recuperen cuanto antes la decencia, el decoro y devuelvan a la Cámara la nobleza y la excelencia que nunca debió perder pero que hace mucho que se ha malogrado. Repitan esa votación aunque sea para no perder la cara ante el mundo y ante los españoles.