Opinión

Reforma herida de muerte

Sánchez y Díaz se felicitan en el Congreso.

Sánchez y Díaz se felicitan en el Congreso. EFE

La manera chusca en la que el Gobierno sacó este jueves adelante la reforma laboral es el corolario de una cadena de despropósitos que ha dejado malparados a sus principales protagonistas.

Que haya sido el voto de un diputado del PP (por error o por un fallo telemático, la causa no es baladí) el que ha propiciado la victoria por un solo voto de la reforma, revela hasta qué punto los partidos del Gobierno han pecado de exceso de confianza. Quizás el mayor culpable de este desaguisado haya sido Santos Cerdán. El secretario de organización del PSOE, navarro de origen (nació en la localidad de Milagro, saquen ustedes las conclusiones), ha sido el responsable del pacto con UPN, cuyos dos diputados eran claves para sacar adelante la votación, dado que Yolanda Díaz había fracasado estrepitosamente en su intento de atraerse a ERC.

Las miserias de la política: UPN accedió a votar «sí» a la reforma a cambio de salvar la cabeza del alcalde de Pamplona, Enrique Maya, que estaba a punto de ser reprobado con los votos del PSOE.

Sin embargo, finalmente, Sergio Sayas y Carlos García Adanero (los dos diputados de UPN) se saltaron la disciplina que quería imponer la dirección del partido y votaron, por sorpresa, contra la reforma. Eso significaba el decreto iba a ser rechazado. Pero en la votación, y tras una confusa intervención de la presidenta de la Cámara, que primero dio por derrotado el decreto y luego lo dio por aprobado, el resultado fue de 175 a favor y 174 votos en contra.

El PP ha denunciado que el voto a favor del diputado Alberto Casero (que votó telemáticamente por encontrarse enfermo) fue producto de un fallo informático. El asunto está en el aire.

No obstante, el presidente Sánchez sacó pecho y dijo que con la aprobación de la reforma «ha ganado toda España». Sin embargo, el decreto ley nace herido de muerte. Si es que no se produce ningún cambio en la votación.

En el fondo, la reforma laboral, que previamente habían pactado patronal y sindicatos, no va a ser el fin de la precariedad, como proclamó desde la tribuna Yolanda Díaz; ni tampoco «el fin del mundo», como acertadamente dijo Gabriel Rufián.

Los efectos del decreto ley serán más bien escasos. Lógicamente, aumentará el número de contratos fijos, pero es dudoso que los 1,5 millones de contratos por obra y servicio que hay en vigor en la actualidad se transformen en su totalidad en fijos. Lo que ocurrirá seguramente es que se va a ralentizar la creación de empleo, cuya velocidad ha sido elevada tras la recuperación económica que siguió al batacazo en el crecimiento por culpa del Covid, demostrando que la denostada reforma de Rajoy sí que sirve para reducir el paro.

No hay, eso ya lo admite todo el mundo, una derogación de la legislación laboral vigente desde 2012, sino unos retoques que responden a un compromiso político adquirido por el gobierno de coalición que, finalmente, por imposición de Bruselas, ha quedado en agua de borrajas.

El PP tiene argumentos para recurrir la votación de ayer. Pero sólo conseguirá retrasar la aprobación de la reforma laboral. La cuestión de fondo es si Casado acierta en mantenerse en el «no es no»

Por eso, lo sucedido este jueves hay que interpretarlo en clave política. Estos son los aspectos más relevantes:

1º El Gobierno, por primera vez en dos años, cambia a sus socios de legislatura por una amalgama de grupos en la que destaca la presencia de Ciudadanos. ¿Significa eso un giro al centro? No. Simplemente, es un movimiento táctico que demuestra que Sánchez puede cambiar de aliados a conveniencia. La llamada geometría variable se impone.

2º Yolanda Díaz, que abanderó la reforma, convirtiéndola en su proyecto estrella, y que ha intentado el respaldo de ERC hasta el último minuto, sale tocada. Unidas Podemos no puede sostener ahora, como dijo Pablo Echenique, que a la reforma de Rajoy no le iban a quedar «ni los palos del sombrajo». Lo que ha salido se parece más a la «reforma Calviño» que a la «reforma Díaz». La ministra de Economía intervino en la negociación por orden de Sánchez para aplacar el entusiasmo izquierdista de la ministra de Trabajo, que acabó cediendo ante un argumento que ha repetido machaconamente Sánchez: «No se toca ni una coma del acuerdo entre patronal y sindicatos».

3º Quien paga, manda. Bruselas tiene la sartén por el mango, una sartén de 72.000 millones en ayudas (más otros tantos de créditos), que son la esperanza del Gobierno para sacar adelante su plan de Recuperación y llegar con opciones de éxito a las próximas elecciones generales.

4º No habrá ruptura del bloque de investidura. Ni a ERC, ni a EH Bildu, ni siquiera al PNV, le interesa que caiga el gobierno de coalición. Seguirán respaldando a Sánchez aunque, eso sí, subirán el precio de su apoyo.

5º Ciudadanos consigue visibilidad. Su argumento, que la reforma es buena porque la rechazan Bildu y ERC, tiene, como contrapartida, el hecho fáctico de que Sánchez se ha apoyado en sus nueve votos a cambio de nada. ¿Cómo van a asimilar sus votantes ese flotador lanzado por Arrimadas al presidente del Gobierno? Pronto tendremos una prueba de ello en las elecciones de Castilla y León.

Pablo Casado ha estado a punto de lograr derrotar la reforma. Pero, ¿qué hubiera sucedido entonces? Nada. El Gobierno la hubiera vuelto a llevar al Congreso y probablemente con apoyos garantizados no se sabe a qué coste. El PP tiene argumentos para estar en contra de la reforma pero, reconociendo que mantiene los aspectos esenciales de la de Rajoy, lo más lógico hubiera sido abstenerse. El «no es no» no es un buen slogan para un partido de Estado, por mucho que a Sánchez esa política le haya dado resultado.

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