Pablo Iglesias, incapaz de hacer política en el mundo adulto, se ha convertido sin embargo en una especie de superego freudiano de la izquierda, conciencia flotante, imperativa, castradora, imposible de contentar como explica la teoría, y que se aparece por la radio con una ultravoz ululante y como de theremín. Es, ciertamente, una voz que pega mucho para decir que “llega la reacción”, como cuando Fernando Arrabal dijo “el milenarismo va a llegar” bajo la luz de una linterna de campamento y un ruido mental de rayos, relinchos y postigos. “Llega la reacción”, ha escrito Iglesias en Twitter y ha repetido en la radio, con su cencerrito de alerta antifascista como el pito del afilador. Claro, llega la reacción a ellos, o acaso se creía que la cosa podía quedarse así, coja, bizca, contrahecha, sólo con la joroba izquierda, como el Igor de su Frankenstein.

La “reacción” sólo significa oposición a la revolución, la que toque, así que Iglesias está asumiendo que aquí ha habido o hay una revolución, la suya supongo. Sería, eso sí, una revolución pequeña y extraña, que ha llevado a su líder a terminar en el carrusel deportivo y a su partido a ir disolviéndose y desapareciendo después de haber hecho el ridículo por ministerios marías, púlpitos fluorescentes y frasecillas de la abeja Maya como las de Yolanda Díaz. Eso de la reacción parece que hace más grande su revolución, uno se imagina toda una fuerza hecha de obispazos, señores del Ibex con reloj de cadena y caballerías carolingias ahí contra el pueblo, pero la realidad es que a Podemos lo han tumbado en las urnas vaquerizos y currelas, que ni en Vallecas fueron capaces de ganar. La “reacción” serían como unos refulgentes Cien Mil Hijos de San Luis conjurados para acabar con un partido que, curiosamente, se hunde solo, o sea una película imposible por increíble y por gastona.

Esto no es Weimar porque los extremismos son dos pequeños enjambres a derecha e izquierda, no el núcleo de la sociedad

Iglesias, que dejó esa preocupación de gobernar por esa otra preocupación radiofónica de tener al lado una taza o botellita para beber muy preocupadamente, aún intenta que esa izquierda que él patrocina como un san Cristobalón tenga tamaño épico y batallas épicas, lo que significa enemigos y escenarios épicos. En el mismo tuit sobre la reacción, dijo que “esto es Weimar”. La verdad es que si esto fuera la Alemania de entreguerras a los de Iglesias les iría bastante mejor. En julio de 1932, los comunistas lograron el 14,32% de los votos, mientas Iglesias se despidió con un 7,24%. Aunque resulta más significativo, como señala Hobsbawm, tan citado por Iglesias, que entonces los votos nazis (37,27%) y los comunistas sumaron mayoría absoluta, mientras los partidos comprometidos con la república se quedaron en un tercio de los sufragios.

Esto no es Weimar, y no sólo porque el kilo de pan no cueste todavía 4.000 millones (aunque si sigue Sánchez, quién sabe). Esto no es Weimar porque los extremismos son dos pequeños enjambres a derecha e izquierda, no el núcleo de la sociedad; porque Podemos no es que no tenga pistolas sino que no tiene gente, porque Vox es nacionalista, xenófobo, folclórico y hasta de un prusianismo ridículo, pero no es fascista, o al menos no más que Puigdemont o Pujol. Esto no es Weimar, aquella frágil república de papeles sobre los cascotes morales, sentimentales y económicos de un imperio derrotado, donde la violencia aún era lenguaje común, lenguaje histórico, o sea que unos mataban por la revolución, otros por la raza y otros por el orden, pero nadie veía otro sistema. Curiosamente, esta hegemonía del extremismo, partidario y practicante de la violencia como arma histórica, sólo se da ahora en la Cataluña indepe y en los reductos petrificados del País Vasco, tan queridos ambos por Iglesias, y desde donde se suele aparecer ahora, flotando como un ser del País de las Maravillas.

En el oleaje de la radio, Iglesias habla con retórica de guerra como desde un submarino de bañera, de ésos de juguete. “Reacción” y “Weimar” lo ponen en el escenario que él quisiera, el de una auténtica guerra callejera entre comunistas y nazis, o entre revolucionarios y la Pimpinela Escarlata, o algo en todo caso ajeno a la cotidianidad democrática, que es donde él no sabe manejarse. Iglesias ya ha declarado que el “frente amplio” de Yolanda Díaz no basta. Es decir, partidos, política y políticos no bastan. La democracia no basta. Y ha pedido al PSOE que “use su poder para reequilibrar la correlación mediática de fuerzas”, es decir, que controle la prensa, o que reconvierta todo el país en una multicopista de propaganda. Luego quizá pida usar más poderes y más contundencia con el enemigo. Vean que Iglesias dispone ejércitos, no programas ni ideas. Dispone sus fuerzas, sus piezas, que nunca son los del mero juego democrático, sino otra cosa. Claro que Iglesias no estaba preparado para la política, sólo lo está para la guerra.

Podemos no es que no tenga pistolas sino que no tiene gente, porque Vox es nacionalista xenófobo y folclórico… pero no es fascista

Parece difícil que un Vox con carteras marías llegue a ser más dañino que ERC, que Puigdemont, que Bildu, que todo lo que ha hecho ya el totalitarismo de la Generalitat, que el mismo vicepresidente Iglesias hablando de presos políticos y negando el imperio de la ley. Eso sí, uno sigue pensando que Vox irá detrás de Podemos, y Abascal detrás de Iglesias, en eso de acabar en el cajón de bragueros de la historia. Iglesias habla de guerra, sueña con guerras, no sirvió nunca para otra cosa que para guerras de cafetín o de guateque. Por supuesto que ha habido “reacción”, reacción a ellos. Pero no la han dirigido contubernios y ni siquiera necesita a ese Abascal que se mueve y piensa como Mr. Proper. Es mucho más sencillo: el personal va viendo para qué sirven realmente esos políticos que sólo viven en guerras de Playmobil, y los condena a desaparecer o a hablar desesperada y ridículamente desde la bañerita del Nenuco, desde el karaoke de la radio o desde una cinta de Arévalo. Iglesias, claro, sabe que sólo una guerra lo sacaría de ahí, y por eso la suplica.