Hace ahora treinta años que Francis Fukuyama (Chicago, 1952; politólogo) escribió el libro que le lanzó a la fama, El fin de la historia y el último hombre.

Su tesis era que, tras el final de la guerra fría -el Muro de Berlín había caído en 1989 y la URSS se había desintegrado en 1991-, el triunfo de la democracia liberal en todo el planeta auguraba un periodo sin confrontaciones bélicas ni revoluciones. La economía sustituiría de manera natural a las ideologías.

El libro tuvo mucho éxito porque lanzaba una tesis original y, sobre todo, muy autocomplaciente para Occidente. China no se veía aún como el gigante que es ahora y Rusia terminaría siendo adormecida por un capitalismo tan salvaje como lo fueron las expropiaciones forzosas de la época de Stalin.

De alguna forma, la tesis de Fukuyama contaminó a los líderes de los países europeos y de Estados Unidos. La imagen de un Yeltsin tambaleante al lado de un rutilante Bill Clinton resumía gráficamente el complejo de superioridad que se generó tras la desaparición del bloque soviético. En marzo de 1999 la OTAN lanzó un ataque aéreo sobre Yugolsavia (incluida su capital, Belgrado) sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU y sin una declaración previa de guerra, con el fin de acabar con el genocidio de Kosovo. A pesar de los lazos de hermandad étnicos e históricos de los pueblos ruso y serbio, Moscú no respondió a esa agresión y se conformó con condenas formales. Era la prueba de que al otro lado del telón de acero ya no quedaba nada. Tan sólo un gigantesco país empobrecido y humillado.

Tres décadas más tarde, la invasión de Ucrania por Rusia ha echado por tierra la teoría de Fukuyama. En realidad, ya había quedado arrumbada mucho antes. La irrupción de China como una superpotencia con capacidad para competir de igual a igual con Estados Unidos; el islamismo y las nuevas formas de guerra, y, finalmente, la retirada de de EEUU de Afganistán o la consolidación de Bashar al- Assad en Siria, demostraron que el orden mundial no se diseñaba en exclusiva según los intereses de la Casa Blanca y sus aliados europeos. El mundo era multipolar y la economía de mercado no había logrado implantarse en amplias zonas del mundo. El comunismo no ha desaparecido, sino que ha adoptado fórmulas capitalistas para perpetuarse en el poder sin apenas oposición.

Occidente también subestimó la capacidad agresiva de Rusia. No supo ver lo que representaba el ascenso al poder de Vladimir Putin. Alemania coqueteó con el nuevo zar; incluso el ex canciller Schröder le reía las gracias desde su puesto bien remunerado en Rosneft. ¡Hasta Donald Trump -a quien Putin ayudó a ganar las elecciones- se permitió el lujo de hacer negocios en Moscú y lanzar piropos al presidente ruso!

¡Qué error! ¡Qué inmenso error! Como recordaba ayer la escritora Svetlana Aleksiévich, en entrevista concedida a Corriere della Sera, «los rusos no toleran la humillación… El sentimiento imperialista está muy arraigado. Este hombre rojo, el homo sovieticus, está vivo y ahora lo entendemos. Mucho de lo que había en la época soviética nos ha dejado su huella».

El orgullo renacido -«ahora nos temen»- es lo que proporciona a Putin un apoyo mayoritario del pueblo ruso, y lo que le hace tan peligroso.

Si la caída del muro de Berlín supuso el final de los bloques y el comienzo de la era de la globalización, la guerra de Ucrania supone una recomposición del escenario geopolítico de la misma profundidad, pero en sentido inverso.

El mundo ya no será igual. Habrá un antes y un después de Ucrania.

La decisión de Estados Unidos de suspender las compras de gas y petróleo a Rusia es un paso decisivo en el aislamiento económico que ya se inició con unas sanciones sin precedentes. Ahora le toca mover ficha a Europa, que tendrá que revisar su plan y objetivos energéticos para las próximas décadas.

Europa ha perdido su ingenuidad con la invasión de Ucrania por Rusia. Ahora le toca decidir su propio camino en un mundo que ya no volverá a ser igual y en el que los grandes actores quieren tener sus zonas de influencia

El lunes 28 de febrero se celebró en París la reunión de la Mesa Redonda Europea por la Industria (ERT). Estaban presentes Emmanuel Macron, Olaf Scholz, Ursula von der Leyen y los primeros ejecutivos de empresas multinacionales europeas. Entre ellos, Ignacio Sánchez Galán (Iberdrola) y José María Álvarez-Pallete (Telefónica). Las grandes empresas de sectores estratégicos asumieron que su papel en estos momentos es ponerse del lado de los estados para fortalecer la Unión Europea. Otras consideraciones quedan en segundo plano. Hay que remar en la misma dirección, aunque eso implique mayores precios. Europa premiará a sus empresas, y sus empresas trabajarán para fortalecer a Europa.

Con Reino Unido fuera de la UE, el liderazgo queda repartido entre Francia y Alemania. Recordemos que Francia es miembro del Consejo de Seguridad de la ONU y es la única potencia nuclear europea. Alemania no quiere perder el papel que ha desempeñado en las últimas décadas y ha entendido que, en la nueva situación, ello implica no sólo ser la locomotora económica, sino asumir el coste de la defensa. Por eso Scholz tomó la histórica decisión de aumentar el presupuesto militar de Alemania en 100.000 millones de euros.

Europa ha tomado conciencia de sí misma y eso es una de las pocas cosas positivas de esta guerra. Seguramente, esa asimilación de su propio poder y de su responsabilidad histórica le lleven a tomar decisiones que no van a gustar a Estados Unidos. Por ejemplo, respecto a la salvaguarda de sus datos. Es otro elemento que va en contra de la globalización.

China y Estados Unidos están en plena competición por el liderazgo económico mundial, con la inteligencia artificial en el centro de la pugna. Europa tiene ahora la obligación y la oportunidad de buscar su propio camino. El castigo a empresas como Huawei es una muestra de que la globalización tiene barreras.

Macron está intentando jugar el papel de líder europeo (tiene elecciones a la vuelta de la esquina), mientras que Scholz no se quiere quedar atrás. La Italia tecnócrata de Mario Draghi está jugando sus bazas de forma muy inteligente, apostando por una Europa más fuerte. ¿Qué hará España? Pedro Sánchez ha variado su posición respecto al envío de armas a Ucrania en unas horas y, como diría el propio presidente del Gobierno, «en el sentido correcto de la historia». Sin embargo, tiene que ser consecuente con la posición de España en Europa y no titubear. Para ganar peso en un contexto en el que la política va a primar sobre los precios tiene que tener un sólido apoyo. Es la hora, como ya hemos apuntado, de los grandes pactos de Estado. Eso, o la irrelevancia.