Yolanda Díaz parecía ayer muy enfadada. Cuando un periodista le preguntó por qué critica el cambio de posición del Gobierno sobre el Sahara, cuando la política exterior es prerrogativa de Pedro Sánchez, contestó: «El presidente del Gobierno está incumpliendo el mandato del país». Cualquiera diría que está en la antesala de presentar su dimisión. Pero no. Unidas Podemos se conforma con arrancarle a Sánchez algunas migajas en el plan que presentará en el Consejo de Ministro del próximo 29 de abril.

Esta izquierda es «posibilista»: traga con ruedas de molino para lograr pequeños avances en la lucha por la igualdad. Es un sacrificio más en aras de la mejora de las condiciones de la gente. ¡Ja!

¿Los cargos? ¡A quién le importan los cargos! Pablo Iglesias, que ha tachado de «traición» la decisión del Gobierno de aceptar la soberanía marroquí sobre el Sahara, colgaba ayer un tuit en el que reproducía la imagen de Isabel Celaá junto al papa y decía: «Ese era el puesto que yo quería… pero me tuve que conformar con hacer un puto podcast y dar la brasa cada día». Entre broma y broma, la verdad asoma.

Podemos, al menos en el medio plazo, no romperá la coalición. Pase lo que pase. La ruptura se producirá sólo cuando atisbe la convocatoria de elecciones. La lista de agravios, ya está hecha. Hay materia para un programa alternativo al del PSOE, aunque sea para volver a pactar después.

Yolanda Díaz, sin embargo, no se debería sentir menospreciada, humillada. El cambio respecto al Sahara no sólo le fue ocultada a ella. La mayoría de los miembros del Consejo de Ministros -muchos de ellos con carné del PSOE- se enteraron, como ella, por los periodistas.

Es una forma de actuar marca de la casa de Sánchez. Lo que ocurrió con Brahim Ghali (de cuya llegada de incógnito a España no se informó ni a Margarita Robles), o con el más lejano y oscuro aterrizaje en Barajas de Delcy Rodríguez, sólo se enteran los imprescindibles. Si la reunión del Consejo de Ministros es para el presidente un mero formalismo, al que se hurtan las grandes decisiones, ¡imagínense lo que ocurre con el Congreso o con la oposición! Algunos dirigentes socialistas a esto lo llaman «presidencialismo». Yo lo llamaría de otra forma.

También a los periodistas se nos trata como a niños pequeños a los que no conviene revelar quiénes son en realidad los reyes magos. A los que se portan bien, se les dan regalos en forma de noticias.

Albares ha convencido a Sánchez de que abandere una política exterior netamente atlantista, cercana a EEUU, aunque el giro, como en el caso del Sahara, tenga un coste

En una política comunicativa improvisada desde Moncloa se ha pasado de anunciar, en un comunicado oficial de Presidencia el pasado día 18 de marzo, de manera grandilocuente el inicio de «una nueva etapa» en las relaciones con Marruecos, a argumentar, dos días más tardes, que lo que ha hecho Sánchez no es ni más ni menos que dar continuidad a una política exterior que viene de los tiempos de Rodríguez Zapatero. ¿En qué quedamos? ¿Hay nueva etapa o es el «continuose del empezose» de Zapatero, que diría Mafalda.

Me pregunto si el rey Felipe VI estaba informado de esta decisión fundamental para nuestra política exterior. La Casa Real no lo ha explicado. A lo mejor fue Mohamed VI el que le informó. Es una pregunta que queda en el aire.

Al presidente le gusta rodearse de un círculo íntimo muy reducido con el compartir las decisiones importantes. Esto viene heredado de la etapa en la que Iván Redondo ejercía de todopoderoso jefe de Gabinete de Sánchez. Algunos ministros recelaban del super poder que daba esa proximidad al presidente. Ahora ese papel se lo reparten entre Bolaños y Albares, que es el artífice de este giro de la política exterior que tiene como eje un acercamiento a Estados Unidos y un papel mucho más activo en el seno de la OTAN.

Redondo, por cierto, sigue sin digerir su salida del Gobierno. Sus artículos en La Vanguardia son, en realidad, cartas a Sánchez. Ayer no hablaba del Sahara, pero se apuntaba el tanto de haber anticipado ¡en noviembre! lo que está pasando ahora, conflicto con agricultores y camioneros incluido. Él lo llama «método de anticipación». Dice, en su lenguaje enigmático: «Caminar junto a un amigo ante la oscuridad que viene es siempre mejor que caminar solo entre tantos focos». Y, en una queja dolorida a la falta de caso que le hace el presidente se lamenta: «Les digo de corazón que ojalá pudiera hacerme entender mejor. Pero seguro que la mayoría lo comprende: ni puedo ni debo ni quiero».

No me digan que no es enternecedor. Redondo seguro que anticipó algunas cosas interesantes. En otras se equivocó de medio a medio (como en lo ventajoso para el PSOE de repetir las elecciones de 2019). Es una pena que no supiera anticipar su propia defenestración.