Una de las grandes incógnitas de este XX Congreso del Partido Popular era la de comprobar en qué términos y con qué tono iba a pronunciar Pablo Casado su último discurso como presidente del PP. Podía acabar siendo un difícil trago tanto para él como para todos los presentes, un trago amargo para el protagonista de la expulsión -que no otra cosa ha sido su salida aunque se vista de renuncia- y una situación incomodísima para todos los presentes, que son en definitiva quienes le han señalado la puerta de salida.

Pues no señores, no ha habido nada de eso. Para empezar, porque su entrada en el auditorio fue sorprendente: el dimisionario fue dando manos y repartiendo besos como si fuera el candidato recién elegido. Todos querían saludarle y todas querían besarle. Aquí no ha pasado nada, parecían querer decirle. Pero vaya si había pasado. Tanto, que al mismo tiempo en que se oficializaba su renuncia a la presidencia del partido, Pablo Casado anunciaba también que dejaba su escaño de diputado en el Congreso.

Acompañado de Alberto Núñez Feijóo, Casado, que había llegado mucho tiempo antes de su entrada, no había hecho su aparición en la sala hasta que no hubieron terminado de hablar Isabel Díaz Ayuso y José María Aznar. Y cuando la presidenta de este XX Congreso anunció su llegada el auditorio se colmó de aplausos entusiasmados… o quizá agradecidos. Algo sorprendente. Pero así es como fue.

El ya militante de base del Partido Popular hizo un discurso en que dio una vez más la impresión de que quien se estaba dirigiendo a la audiencia era el presidente en ejercicio.

Pero según fueron pasando los minutos se hizo evidente que su propósito era el de reivindicar su acción política desde que en julio de 2018 se hizo cargo de dirigir el partido. Era prácticamente un informe de gestión. Eso sí, con algún reproche, muy leve y sutil, a quienes le habían acusado de conformar un equipo de gente primando la juventud y desdeñando las canas, es decir, la experiencia. Explicó que no era la juventud lo que él había querido primar sino las ideas.

Todos querían saludar a Casado y todas querían besarle. Aquí no ha pasado nada, parecían querer decirle. Pero vaya si había pasado

Ése fue el único momento en que enseñó una mínima parte de la profunda herida que lleva en el alma y que quienes le conocen bien creen que nunca cicatrizará en su ánimo y que le seguirá sangrando toda su vida, no en vano ha dedicado la parte más decisiva de su existencia a su partido, el Partido Popular. La única pista de la desolación que le embarga a él se atisbó en la sonrisa infinitamente triste que su mujer, Isabel, dejó entrever en los escasísimos instantes en que se quitó la mascarilla. 

Por lo demás, Pablo Casado hizo un discurso correctísimo, ausente de reproches y de tintes dramáticos. Los asistentes le devolvieron el mismo aplauso entusiasta con que le habían recibido a su entrada. Se portó como un caballero y la audiencia le agradeció el gesto.

En ese momento se comprobó que éste es un partido que ha entrado en fase de recuperación moral en un tiempo récord, tal debía de ser la angustia que le atenazaba en las semanas en que todo estalló por los aires y dejó salir un grado explosivo de descontento y de tensión crecientes que hasta ese instante habían estado embalsándose hasta que acabaron por rebosar.

La intervención de José María Aznar fue propia de su carácter: contundente, seca en su formulación, casi castrense, pero movilizadora y llena de los principios que han unido a los militantes de este partido desde hace más de 30 años. Para sorpresa de quienes le escuchábamos, un emocionado Aznar se tuvo que secar las lágrimas en un determinado momento: cuando recordó a tantos miembros del PP que habían sido asesinados por ETA precisamente por defender esos principios que constituyen la identidad de este partido.

Fue Aznar uno de los pocos -la otra fue la presidenta de Nuevas Generaciones- que mencionó a Pablo Casado por su nombre y que le dió las gracias por su aportación. Por lo demás, un buen discurso, una intervención de altura, contenidamente apasionada.

Y como cada uno de los presidentes tiene una personalidad tan dispar, la intervención de Mariano Rajoy siguió la línea de su más puro estilo: socarrón, sutil, cordial, irónico y con un respaldo cerrado y sin fisuras a Alberto Núñez Feijóo y en la defensa del Partido Popular como una formación imprescindible para sacar a España de los charcos en que dijo que la metía el PSOE cada vez que alcanzaba el poder.

El caso es que aquí todo el mundo parecía salir encantado de haber cerrado una de las más profundas crisis imaginables, creada a partir de la renuncia forzada de quien fue hasta ayer mismo su presidente. Estaban aliviados y se notaba.

Es más, salían con una moral de victoria que se apreciaba en el entusiasmo con que aplaudieron a Alberto Núñez Feijóo. Lo hicieron casi con cada párrafo que pronunciaba, también cuando dijo que quería «un partido abierto, un partido vivo, que debate, que se corrige y que decide, pero con lealtad; porque no sirve de nada enclaustrarnos en nuestras paredes orgánicas».

Pero fue cuando casi al final de su intervención dijo en un tono apasionado, infrecuente en él, que se había presentado a dirigir el partido y aparcar su arraigo indestructible con Galicia por una única razón: «¡Yo he venido aquí para ganar, para gobernar España, y lo intentaré hasta el último aliento. Si no, no hubiera venido!”, cuando el auditorio se fue abajo desbordado de aplausos y de esperanza.

El PP ha entrado en una nueva fase, ayer acabó de entrar en otra órbita.