A pesar del cambio de liderazgo producido en el Partido Conservador el mes pasado, la opinión pública se está girando rápidamente en contra del gobierno de Liz Truss y agravando de esta forma, la brecha en los sondeos entre laboristas y conservadores, existente desde finales de 2021. Cuando Boris Johnson abandonó Downing Street, la media de los sondeos era de 10 puntos a favor del Partido Laborista. Sin embargo, cuando se está a punto de cumplir un mes desde el relevo en el gobierno, las encuestas publicadas a lo largo de la última semana han sido demoledoras para los tories: se está acelerando un hundimiento en su intención de voto a niveles no vistos desde los años noventa, bajo la potentísima fuerza del Nuevo Laborismo de Tony Blair. Por citar las principales encuestadoras británicas, otorgan ventajas al laborismo de  33 puntos (YouGov), 21 puntos (Survation) o 17 (BMG Research). Con estos pésimos datos, el Partido Conservador celebra su congreso anual en Birmingham.

A priori, las causas de este desmoronamiento, que se retroalimentan mutuamente, son dos: el nuevo rumbo económico emprendido por Truss y la ruptura con la coalición electoral que catapultó a los tories a obtener más del 40% de los votos en 2017 y 2019. 

El pasado 23 de septiembre, el nuevo Chancellor Kwasi Kwarteng, anunció la mayor rebaja de impuestos en cinco décadas, en línea con lo prometido por Truss en su campaña para ganar las elecciones internas conservadoas y cuya inspiración se encuenta en la trickle-down economics. Muchas de las medidas, como la abolición del tope salarial a los banqueros o la eliminación del tipo de 45% en el impuesto de la renta para los tramos de mayor riqueza, son recibidas con un gran rechazo. Más del 70% de los británicos – e incluso con los mismos porcentajes, entre votantes conservadores de 2019- se oponen a ambas iniciativa, según YouGov.

La idea de fondo que se percibe en la sociedad británica es que el llamado mini-budget está pensado para favorecer a los más ricos, lo cual resulta electoralmente tóxico para un Reino Unido que está experimentado las peores cifras de inflación desde los años 80, cebándose con el poder adquisitivo de las clases medias y bajas. Un 57% de los británicos según la misma encuesta – y un 47% de conservadores- piensa que, en conjunto, las medidas fiscales no son justas. A esto, cabe añadir que un ínfimo 15% del público cree que el recorte de impuestos servirá para estimular el crecimiento económico. 

Como consecuencia del agujero presupuestario causado por la reducción drástica de ingresos (alrededor de 45.000 millones de libras), se ha producido una reacción negativa de los mercados. La libra esterlina se ha estado desplomando durante esta semana a su nivel más bajo desde 1985 respecto al dólar y los tipos de interés de la deuda y los préstamos hipotecarios se han disparado. La actuación del Banco de Inglaterra para atajar la situación puso al descubierto cómo de peligrosa puede ser la política económica de Truss, al sostenerse en un endeudamiento masivo a corto plazo, teóricamente compensado por el crecimiento económico.

Los ‘tories’ están dejando de ser vistos como el partido de la gestión económica, lo que ha sido su gran baza electoral contra los laboristas, etiquetados bajo el mantra del gasto público desenfrenado o las privatizaciones»

En términos electorale, los tories están dejando de ser vistos como el partido de la gestión económica responsable o sensata, lo que ha sido la gran baza electoral contra los laboristas, etiquetados bajo el mantra del gasto público desenfrenado o las grandes nacionalizaciones. Según el sondeo de Redfield & Wilton Strategies – a la par que otros publicados esta semana-, el 36% de los británicos confía más en los laboristas para gestionar la economía, frente a un 24% que lo hace en los conservadores. Una diferencia abrumadora, que nos recuerda a lo sucedido en 1992 durante el famoso Black Wednesday: una errática política de tipos de interés por el entonces gobierno conservador de John Major, con el propósito de hacer entrar al Reino Unido en el ERM (el sistema cambiario europeo), provocó un ataque especulativo masivo contra la libra, que destruyó la reputación de los conservadores en el área económica hasta conducirlos a la derrota humillante de 1997 contra Blair. 

Ya hemos visto que la política generalmente es impopular, vista como profundamente injusta y recibida por un profundo escepticismo por el votante. Pero el problema se agranda al pensar la fractura que esto provoca en el votante tory. Una vez más, cabe destacar que los conservadores llevan aproximadamente, desde el referéndum del Brexit, con una trayectoria ascendente en las zonas más empobrecidas, con mayor porcentaje de gente sin estudios y desindustrializadas del país: una bolsa de votantes tradicionales laboristas, que se dejaron tentar por el UKIP y por la campaña del Leave, pero que encajaron más adelante en el soberanismo «a la británica» y el conservadurismo social – con gran peso la cuestión de la inmigración y el rechazo a las batallas culturales de la izquierda- moldeado por Theresa May y posteriormente con mayor éxito, por Boris Johnson.

Pero al mismo tiempo, estos votantes rechazan el neoliberalismo económico que destruyó el tejido industrial durante los años de Thatcher, confían en el papel del Estado en la provisión social y la distribución de riqueza, especialmente en el NHS (el sistema nacional de salud). La vía emprendida por Truss, de beneficio a los ricos y presumible reducción del gasto público, difícilmente puede tener recorrido entre este segmento de población, cuyo mandato político en 2019 se podría resumir en tres pilares: cumplir con el Brexit (Get Brexit Done), tener la inmigración controlada y reforzar el NHS o las zonas deprimidas del país. Prueba de ello es que la fidelidad de voto de los conservadores – el número de votantes que afirman votar a un partido y confirman que volverán a hacerlo por el mismo- se ha desplomado hasta el 37%, según YouGov.

Los conservadores han decidido dispararse un tiro en el pie… Truss ha emprendido un viraje político tóxico a nivel social, dudoso en lo económico y que dividirá a su base electoral»

Por contradictorio que parezca, los conservadores han decidido dispararse un tiro en el pie. Con una situación notablemente deteriorada por la ola de escándalos que afectó a su antecesor, Truss ha emprendido un viraje político tóxico a nivel social, dudoso económicamente y que partirá a su base electoral. Otro peligro inmediato para Truss radica en la sobrestimación del capital político del que dispone: recibió menos del 60% de los votos en las primarias en las que derrotó a Rishi Sunak, no fue capaz de ganar ni una sola ronda de votaciones en el grupo parlamentario – donde es probable que se produzcan rebeliones de diputados contra sus medidas al ver el suicidio electoral que supondría apoyarlas- y no cuenta con una victoria electoral que legitime directamente lo que está haciendo. Cabe como última posibilidad que las medidas funcionen y una recuperación vertiginosa de la economía suponga un alivio demoscópico.

Lo que no parece probable es que Liz Truss tenga su propia «guerra de las Malvinas» – que salvó a Thatcher del naufragio político- y que todo se acabe pareciendo más a lo que le sucedió al por aquel entonces vecino francés, François Mitterrand, cuando tuvo que cambiar radicalmente su política económica intervencionista en 1983 – el famoso “Tournant de la rigueur”- al darse de bruces con la realidad. Prueba de ello, es el reciente volantazo que se ha visto obligada a realizar para calmar a sus diputados, descartando la eliminación del 45% a los más ricos.


Tian Baena es politólogo.