¿Cómo podemos evitar que en 2050 la temperatura del planeta supere 1,5 grados centígrados por encima de la era preindustrial? Esta es una de las cuestiones cruciales que se discuten en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la COP27, que comenzó esta semana en Sharm el Sheij, Egipto.

A pesar del compromiso adquirido en la cumbre de París, en 2016, las emisiones de CO2 siguen aumentando. Si lo hacen al ritmo actual, en 2050 la temperatura del planeta podría haber aumentado más de 2,50 grados. Es el umbral en el que los científicos nos dicen que las consecuencias serán imprevisibles, fuera de control. El peor escenario. 

En Europa acabamos de vivir un verano con olas de calor inéditas y la mayor sequía de los últimos años, además de terribles incendios de tercera generación. Hemos visto, y seguimos viendo ahora, con el Chad en primer plano, países que sufren inundaciones devastadoras, a veces con miles de muertos. Todo ello invitaba a pensar que la cumbre iba a recibir la máxima atención mediática, pero lamentablemente no está siendo así.

De la complejidad de su estructura queda la anécdota, y terminan recibiendo más atención algunos desafortunados encuentros como los del presidente Emmanuel Macron y el dictador venezolano Nicolás Maduro, o algunos anuncios recurrentes en estas citas, y a menudo cosméticos en sus efectos reales, como el  del presidente Pedro Sanchez de una Alianza para la Resiliencia ante la Sequía de la mano de Senegal.

La arquitectura institucional de estas cumbres favorece la opacidad de las negociaciones y dificultan la comprensión de los acuerdos»

La arquitectura institucional de estas cumbres, con múltiples actores presentes, así como los diversos instrumentos en marcha, que abordan desde los mercados de carbono, los sistemas de almacenamiento y la captura hasta la mitigación y adaptación, favorece la opacidad de las negociaciones y dificultan la comprensión de los acuerdos. La dimensión de la tarea que tenemos por delante tampoco ayuda. Su magnitud se vuelve, a menudo, inabarcable. Sin olvidar que en Sharm el Sheij hay otro récord que supera la anterior cita de Glasgow: un aumento de más del 25% de lobistas del ámbito de los combustibles fósiles. 

Lo que está claro es que necesitamos reducir nuestras emisiones de C02. Las metas de París siguen vigentes y para ello debemos disminuir para 2050 el consumo de carbón, petróleo y gas en un 95%, 60% y 45% respectivamente.  Estamos lejos de esos objetivos. 

Las emisiones de efecto invernadero tienen una permanencia variable en la atmósfera: entre el 65% y el 80% de CO2 que se libera permanece en el océano, donde se disuelve, pero tarda entre 20 y 200 años. El porcentaje restante se elimina por diferentes procesos más lentos que pueden alcanzar miles de años. No hay una reversibilidad plausible y controlable en el medio ni en el largo plazo. Lo que hagamos ahora determinará nuestro futuro. 

Para cumplir el Acuerdo de París necesitamos dejar emitir del orden de 40 gigatones anuales –un gigatón equivale a 1.000 millones de toneladas métricas- y retirar, al menos,10 gigatones anuales antes de 2050. Para entender mejor la inmensidad del reto, recordemos que con la tecnología hoy más avanzada de captura de C02 aspiramos a retirar 10 toneladas anuales. Mientras tanto, los países más contaminantes siguen manteniendo subvenciones a los combustibles fósiles. Y vemos que, ante la crisis de suministro generada por la invasión criminal de Ucrania, aumenta la producción de gas y petróleo en los países productores.

El otro gran aspecto que se aborda en Egipto es cómo hacer frente a los daños causados por el cambio climático. Hablamos de verdaderos desastres en términos humanos, económicos y sociales: inundaciones, sequías, incendios forestales… Son cada vez más frecuentes a nivel global, pero los países menos desarrollados llevan sufriéndolos desde hace años con consecuencias devastadoras y reclamando compensaciones a los países industrializados por los daños. 

Todos sufriremos las consecuencias del cambio climático, pero las comunidades y países que menos han contribuido al calentamiento son hoy las principales víctimas de las peores consecuencias del calentamiento del planeta. Un informe publicado por Loss and Damage Collaboration (L&DC) -formado por más de cien investigadores y analistas políticos de todo el mundo- estima que 55 de las economías más vulnerables sufrieron pérdidas económicas de más de 500.000 millones de dólares en los últimos 20 años. Por cada fracción de aumento del calentamiento habrá previsiblemente un aumento de las catástrofes climáticas en estos países, valoradas entre 290.000 y 580.000 millones para el año 2030.

Sin embargo, la COP27 nace como la crónica de una catástrofe largamente anunciada. Por un lado, los negociadores dejaron claro en los días previos a la cumbre que no aceptarían ninguna obligación vinculante en relación con el pago de compensaciones por estas pérdidas. Tras negarse a discutirlo, se ha terminado por aceptar un tímido diálogo; cualquier debate y acuerdo se pospone para la próxima cumbre en Emiratos Árabes Unidos, pensando en tener una determinación definitiva en 2024. 

De nuevo, se posponen las decisiones, igual que se han pospuesto los compromisos: el fondo existente en la actualidad tiene un retraso de dos años, y falta una parte significativa de los 100.000 millones anuales comprometidos. Y la gran mayoría del dinero llegó en forma de préstamos. El Parlamento Europeo se pronunció en el pasado pleno de Estrasburgo a favor de dar prioridad a las subvenciones sobre los préstamos en los países en desarrollo, para que éstos puedan hacer frente a las pérdidas y daños con una financiación previsible que no genere una deuda que acabe estrangulando su desarrollo. 

La disyuntiva, como señaló el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, es cooperar o perecer»


La disyuntiva, como señaló el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, es cooperar o perecer. La humanidad va en una autopista hacia el infierno climático con el pie en el acelerador, dijo Guterres, que hizo hincapié en la hipocresía entre el discurso y la acción real: «Algunos gobiernos y líderes empresariales están diciendo una cosa, pero haciendo otra; en otras palabras, están mintiendo». En Egipto de nuevo la forma domina sobre el fondo. Un escrutinio público estricto y un seguimiento escrupuloso de las deliberaciones y avances que nos permitan dilucidar qué es verdad y qué es mentira sería el logro más significativo del encuentro. Si no ocurre, no sé cómo vamos a poder responder a las próximas generaciones cuando nos pregunten: ¿Qué hicisteis para evitar esto?


Soraya Rodríguez es eurodiputada del Parlamento Europeo en la delegación de Ciudadanos