Silvio Berlusconi, uno de los personajes políticos de mayor impacto en los últimos 30 años de la política italiana e internacional, ha fallecido este lunes a los 86 años. Más allá de los juicios de valor que sea posible formular sobre el controvertido magnate milanés, su muerte deja una herencia política que es necesario analizar.

Desde el punto de vista histórico, Berlusconi se enmarca en el contexto de la profunda crisis que caracterizó el sistema político italiano al finalizar la Guerra Fría. Una serie de sonados casos de corrupción, cuya investigación judicial pasó a la historia como Mani Pulite (Manos Limpias), llevó, a partir de 1992, a la desaparición de todos los principales actores políticos que habían caracterizado, desde 1945, la democracia italiana. Esta había estado, históricamente, muy centrada en sus partidos ("partidocracia") y había configurado un sistema multipartidista, polarizado y caracterizado por la debilidad y breve duración de los gobiernos.

Desde finales de los años cuarenta, el sistema había estado hegemonizado por la Democrazia Cristiana, que, gracias a unos acuerdos postelectorales con varios partidos centristas, excluyó del poder tanto al Partito Comunista, "electoralmente el más grande del mundo occidental", como a la derecha postfascista del Movimento Sociale Italiano, estabilizando el sistema, pero también impidiendo una alternancia en el gobierno hasta el comienzo de los años noventa.

La desaparición de la Democrazia Cristiana dejó huérfanos a los electores que se habían identificado con el centro político. La desaparición del Partito Socialista dejó sin representación a los que se identificaban con el progresismo, pero que, al mismo tiempo, temían el avance del Partito Comunista. El propio Partito Comunista, a pesar de no ser afectado por los escándalos de Mani Pulite se vio obligado a transformarse en un partido socialdemócrata, como consecuencia del fin de la Guerra Fría y del colapso de los regímenes comunistas en casi todo el mundo. El postfascista Movimento Sociale se transformó en un partido de derecha democrática, Alleanza Nazionale, cuyo heredero político es hoy Fratelli d’Italia de la primera ministra Giorgia Meloni. 

La desaparición de los partidos tradicionales de la Primera República, unida a la transformación del Partito Comunista y del Movimento Sociale, permitieron la reorganización del sistema político alrededor de dos grandes coaliciones, de centroderecha y de centroizquierda. Mientras que la segunda fue hegemonizada por los herederos del Partito Comunista, la primera fue hegemonizada, hasta por lo menos 2011, por el propio Berlusconi.

El principal factor que permitió la alternancia entre las dos coaliciones fue la figura de Berlusconi

Esta reorganización permitió, por primera vez, una verdadera alternancia en el gobierno. Sin embargo, el nuevo sistema político, que pasó de ser multipartidista y polarizado a ser multipartidista y centrado en la competición bipolar entre las dos coaliciones, mantuvo muchos de los defectos del sistema anterior, como la fragmentación dentro del Parlamento y la debilidad de los gobiernos. Además, por mucho tiempo, el principal factor que permitió la alternancia entre las dos coaliciones fue precisamente la figura de Berlusconi, suficientemente divisiva y polémica como para favorecer la organización de los principales partidos en dos campos contrapuestos, pero más parecidos a carteles electorales que a verdaderas coaliciones. 

Berlusconi se presentó por primera vez en 1994, ganando, contra todo pronóstico, las elecciones generales. Su propuesta de populismo neoliberal soñaba con implementar las recetas de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en una economía italiana, industrialmente fuerte, pero caracterizada por la baja productividad y un crecimiento anémico. A pesar de no ser capaz de transformar la economía italiana como había prometido, Berlusconi dejó un legado de populismo que contribuyó a hacer de Italia uno de los primeros laboratorios occidentales de este estilo político, una "tierra prometida del populismo", como ha indicado el politólogo Marco Tarchi.

El populismo de Berlusconi fue tan eficaz en conseguir votos que casi todos los partidos siguieron una partitura parecida

El populismo de Berlusconi fue tan eficaz en conseguir votos que casi todos los partidos y movimientos políticos italianos siguieron una partitura parecida. Desde el progresista Italia de Valori, hasta el ideológicamente ambiguo Movimento Cinque Stelle o los derechistas La Lega, bajo Matteo Salvini y Fratelli d’Italia, bajo Giorgia Meloni, muchos se han visto arrastrados por esta modalidad de hacer política.

Como es sabido, el populismo parte de la representación de un pueblo víctima de unas élites. Esta representación fue particularmente eficaz en un país caracterizado, por lo menos desde los escándalos de Mani Pulite, por la desconfianza hacia los políticos de profesión y la tendencia a glorificar la sociedad civil, es decir, todos aquellos que hubieran obtenido resultados brillantes en cualquier campo que no fuera la política.

En relación con el populismo, que ya es posible observar en todas las principales democracias del mundo, Berlusconi anticipó otro fenómeno, es decir, la personalización de la política. Como han señalado varios politólogos, como Thomas Poguntke, Paul Webb, Mauro Calise, o Fabio Bordignon, la crisis de los bloques sociales que, a lo largo del siglo XX, habían proporcionado identidad política a millones de electores, unida a la difusión masiva de los medios de comunicación, favorecieron un declive de los partidos de masa tradicionales, cada vez más desplazados por ofertas políticas basadas en líderes carismáticos. De una política centrada en la identificación sociocultural con un bloque social especifico (socialista, democristiano, comunista, liberal), Italia y el mundo se han movido, inexorablemente y con pocas excepciones, hacia democracias de líderes. 

Desgraciadamente, esto no ha significado la difusión de un modelo de democracia menos ideologizado y basado en una relación más directa entre electores informados y racionales que deciden en base a sus opiniones y a las propuestas de líderes competentes. Hoy en día, el voto de opinión parece crecer menos que el voto basado en elementos de identificación emocional, y más mediante procesos de desintermediación que conectan electores y electos a través del márketing e, incluso, la manipulación informativa. En lugar de basarse en ofertas políticas ponderadas y elaboradas racionalmente, las campañas electorales contemporáneas tienden a alimentarse de una crispación y polarización afectiva entre electores-hinchas, por un lado, y líderes ídolos, por el otro.

Nada de esto es una buena noticia. En lugar de basarse en la mediación institucional, la representación de los intereses y la circulación de una información verídica, las democracias contemporáneas se mueven, cada vez más, hacia la desintermediación institucional. En consecuencia, van perdiendo importancia instituciones como los parlamentos o los sistemas de justicia independientes y prácticas necesarias para la democracia, como la separación de los poderes y la mediación entre ciudadanos y cuerpos intermedios. 

Si bien es cierto que una relación directa entre electores y líderes podría, en apariencia, mejorar la dimensión representativa, frente a una desconexión entre partidos y sociedades que, en Italia se había hecho insoportable a finales de los años ochenta, o incluso favorecer un debate menos ideológico y más basado en la solución racional de los problemas, la democracia personal conlleva un riesgo fundamental: la despolitización de la esfera pública.

Cuando las caras aparecen en los logos de los partidos, algo que Berlusconi fue de los primeros en hacer, los ciudadanos pueden verse reducidos a un papel de público pasivo

Aunque esto pueda sonar paradójico, considerando que los liderazgos personalistas tienden a hiperpolitizar las discusiones públicas, en realidad, cuando solo mandan personas y no organizaciones, cuando los movimientos llevan nombre y apellido, en lugar de representar identidades políticas claras, cuando las caras aparecen en los logos de los partidos, algo que Berlusconi fue de los primeros en hacer y que ahora no parece escandalizar a nadie, los ciudadanos pueden verse reducidos a un papel de público pasivo. En esta situación, la competición termina pareciéndose a un reality, televisado o mediatizado por las redes sociales, en el que expertos en marketing político intervienen para moldear las opiniones de los electores, según criterios fútiles y poco centrados en la solución de los problemas colectivos. 


Andrea Betti es profesor de Teoría de las Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas.