Opinión

Galicia: quince días de infarto

Acto de campaña del PP en la plaza de toros de Pontevedra, con 12.000 asistentes

Acto de campaña del PP en la plaza de toros de Pontevedra, con 12.000 asistentes EP

Comienza la campaña de unas elecciones gallegas en las que se juega mucho más que el gobierno de la Xunta. Con la tensión política en máximos, Galicia puede representar la validación de la estrategia de confrontación de Núñez Feijóo, y, por tanto, la demostración de que la amnistía y los pactos con los independentistas desgastan al Gobierno y al PSOE; o bien, si Fernando Rueda (candidato del PP) no logra mayoría absoluta, la demostración de que el ruido ensordecedor no traspasa los muros de Madrid, y la luz verde para que Pedro Sánchez cierre su acuerdo Puigdemont.

La posibilidad de que el PP no siga gobernando en Galicia es, en principio, escasa. La media de las encuestas publicadas hasta ahora dan al partido conservador 40 escaños (dos menos de los que tiene ahora, pero dos más de los que necesita para gobernar). Pase lo que pase el día 18, el BNG saldrá reforzado. Ana Pontón logrará unos 20 escaños, con lo que se consolida como el principal partido de la oposición, muy por encima del PSdG, al que los sondeos dan 14 escaños. Hace ocho años, el Bloque estuvo a punto de desaparecer, pero la fuerza de Podemos y las Mareas fue perdiendo fuelle hasta el punto de que el partido fundado por Pablo Iglesias y Sumar podría quedarse fuera del parlamento gallego (Marta Lois se conformaría con lograr un asiento en una cámara de 75).

Aunque el consenso de las encuestas da mayoría absoluta al PP, la ventaja se estrecha, y los indecisos rondan el 20%

La única posibilidad que tienen los partidos de la oposición de que el PP pierda es que el BNG tenga un resultado aún mejor del que le dan las encuestas. El propio Pablo Iglesias, haciéndole un feo a su partido, pidió el voto para el Bloque, a sabiendas de que se va a convertir en el voto útil contra el PP. José Ramón Gómez Besteiro (PSdG) no tiene ninguna opción a quedar segundo, a pesar de que va a contar con el apoyo decidido del Gobierno y de Ferraz. Hasta el hiperactivo Rodríguez Zapatero acudirá al cierre de campaña. ¡Qué más se puede pedir!

Para Sánchez la derrota del PP en Galicia sería un regalo del cielo. El presidente lo vendería como la revalida de su política de "normalización" en Cataluña y, además, le serviría para debilitar el liderazgo de Feijóo. No importa que, a cambio, tenga que aceptar el papel de comparsa en una Xunta presidida por una nacionalista de izquierdas, con raíces comunistas.

A diferencia de los que ocurrió en anteriores comicios, el PP se va a jugar la victoria en la confrontación directa con el Gobierno. Mientras que Feijóo consiguió sus cuatro mayorías absolutas consecutivas apelando a Galicia y centrando sus campañas en asuntos relacionados con la región -de hecho, las siglas del PP apenas se veían-, ahora es todo lo contrario. Rueda dice que su enemigo es Sánchez, no Pontón ni Gómez Besteiro, y Feijóo irá a su tierra en una caravana paralela a la del candidato pero recorriendo las zonas rurales y los núcleos urbanos más pequeños, donde el PP tiene más fuerza.

Si en el PSOE valorarían la derrota de Rueda como el principio del fin de Feijóo al frente del PP, en Génova son conscientes de que una mayoría absoluta popular avalaría su liderazgo y daría moral al partido para afrontar unas elecciones europeas en las que aspira a doblar los resultados obtenidos hace cuatro años.

Sabiendo lo que hay en juego, es muy probable que en esta campaña se utilicen todas las armas disponibles para desgastar al enemigo. Ya se ha visto que la exageración de los pellets, lo que algunos medios entusiastas llamaron "el segundo Prestige", ha tenido un recorrido escaso. La Xunta rebajó el pasado 25 de enero el nivel de alerta sin que los nacionalistas y la izquierda hayan llamado a la movilización.

No olvidemos que para el Gobierno y para el PSOE el enemigo a batir no es Rueda, sino Feijóo. Por tanto, no descarto la enésima resurrección del narco Dorado, quien ya denunció que le habían ofrecido una importante cantidad de dinero por involucrar al líder del PP en sus andanzas.

El PP haría bien en no confiarse, un defecto que ya costó caro en las pasadas elecciones generales. El consenso de las encuestas es que volverá a ganar por mayoría absoluta, pero esos mismos sondeos dan una cantidad elevada de indecisos (en torno a un 20% del electorado). Así que, hay partido. Viviremos una campaña de infarto. Ya se cuidará Sánchez de aplazar hasta después del 18 las nuevas cesiones en la ley de Amnistía. El "hasta aquí hemos llegado" de esta semana con Junts no es más que un movimiento táctico. El presidente del Gobierno tiene muy presente que su continuidad en Moncloa depende del "sí" de Puigdemont.

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