Muchos de los que nos dedicamos a las Ciencias Sociales padecemos el síndrome del impostor y un fuerte complejo de inferioridad frente a los expertos en Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. A mí me dan sudores cuando veo una tabla periódica de los elementos. Solo pensar que resume la casi totalidad de la materia y que, juntando de forma adecuada las cosas que ahí se describen, se pueden curar enfermedades, hace que se me paren los pulsos mientras me adentro por calles de hiel y amargura. Afortunadamente, como buen impostor, he aprendido a disimular para que no se me note la cruz de mi angustia.
La causa de tanto trauma está en la metodología, es decir, en la manera en que realizamos nuestros análisis de forma sistemática para llegar a conclusiones correctas en el sentido de contrastables. Nuestras desdichas son culpa del objeto de estudio sobre el que trabajamos, la sociedad y sus elementos, porque tiene la mala costumbre de no comportarse de forma previsible y constante como hacen los átomos, las bacterias o los números. Es decir, mientras que, ceteris paribus, la gravedad hará que la manzana siempre caiga sobre la cabeza de Newton, nadie puede determinar a priori cómo votará un ciudadano. Lo máximo que podemos hacer es establecer una probabilidad de que un individuo se comporte de una determinada manera.
Afortunadamente, algunos científicos sociales han agarrado al toro por los cuernos y han hecho todo lo posible por superar esas limitaciones. La terapia ha consistido en aprender distintas formas de estadística y métodos cuantitativos, siendo los economistas los más osados al encontrar en la econometría una especie de dura terapia lacaniana con la que han conseguido subir su autoestima a niveles insospechados. Pero para ser ecuánime, debo decir que no son solo los economistas, tengo colegas politólogos que flotan cuando caminan gracias a que, por ejemplo, son capaces de determinar, con casi total certeza estadística, que los lectores del ABC son tendencialmente conservadores.
La preocupación sobre cómo analizar "objetivamente" la sociedad no es nueva. A finales del 1800 nos abrazamos al positivismo de Auguste Comte buscando que los hechos sociales fuesen observables y medibles; una posición que es preciso entender en un contexto donde todavía se explicaban las sociedades desde el deber ser, la religión, la filosofía o la moral. El sociólogo francés Émile Durkheim fue más allá y señaló que la primera regla del método sociológico –a la que además califica como "la más fundamental"–consiste en considerar los hechos sociales como si fueran cosas.
Esta forma de concebir las ciencias sociales siempre ha encontrado resistencias en América Latina. Desde mi punto de vista, el motivo está en que las ciencias sociales han tenido más de activismo político que de conocimiento sistemático de la sociedad, sobre todo después de la Revolución Cubana. La máxima que se impuso entonces fue la propuesta por la undécima tesis de Karl Marx sobre Feuerbach, esa que decía "los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo cuando de lo que se trata es de transformarlo". En esa época yo estaba a otras cosas y no me apunté con entusiasmo a la transformación. Me veía más bien reflejado en una caricatura de Marx en la que está dibujado con los ojos pequeños, la sonrisa floja y un rictus de satisfacción mientras corrige el texto de la "tesis": tacha "transformarlo" y lo reemplaza por "disfrutarlo".
Lo que ahora se lleva son las llamadas "epistemologías del sur", un enfoque que tiene a su principal teórico en el norte, entre Coimbra y los Estados Unidos para ser exactos. Estas consideran que el conocimiento originario del norte global está agotado y es incapaz de explicar y enfrentar los retos actuales. Como alternativa proponen repensar el mundo a partir de saberes y prácticas del Sur Global, desafiando los intentos de "epistemicidio, linguicidio o subalternización epistémica". Se supone que las Epistemologías del Sur aportan instrumentos teóricos y metodológicos que permiten desarrollar un diagnóstico crítico del presente con el fin de "reconstruir, formular y legitimar alternativas para una sociedad más justa y libre". Sus teóricos dicen romper con el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado, aunque sobre esto último su maestro, Boaventura de Sousa Santos, prefiere no pronunciarse.
Sentipensar alude a una forma de conocimiento que integra razón y emoción, pensamiento y experiencia"
La verdad es que estos cuestionamientos a la forma occidental de conocer la sociedad no son nuevos. Cuando yo estudiaba en la universidad, a inicios de la década de 1990, el metodólogo de moda era el colombiano Orlando Fals Borda y su concepto de "sentipensar". Una palabra que alude a una forma de conocimiento que integra razón y emoción, pensamiento y experiencia. Buscaba ser una crítica a la separación entre ciencia y cotidianidad. Esa idea se tradujo metodológicamente en lo que se llamó investigación-acción participativa: un enfoque donde los sujetos investigados se convierten en coinvestigadores y el conocimiento se produce como acción transformadora. Hasta ahí, el planteamiento resulta sugerente.
El problema aparece cuando el concepto de sentipensar se convierte en un comodín retórico y bajo su paraguas cabe todo: intuición, experiencia, compromiso, incluso la falta de rigor. Al final todo conocimiento y argumento resulta válido en igualdad de condiciones por el simple hecho de ser vivido y sentido. Sin criterio de categorización, la ciencia —por muy comprometida que sea— pierde su capacidad de explicar.
Para ser justos, la debilidad teórica no es culpa de Fals Borda sino del pescador que, según él, le explicó que hay que conjugar el corazón y la cabeza para así convertirse en seres "sentipensantes"; una historia muy similar a la que solía contar el escritor uruguayo Eduardo Galeano. Este también, y por su cuenta, relata que un pescador colombiano –no sé si es el mismo que el de Fals Borda– le dijo "entre trago y trago" que el lenguaje que dice la verdad, porque habla con el corazón y la razón, es el "sentipensante".
Confieso que mi poco entusiasmo con esas ideas va más allá de las críticas a la metodología que arriba señalé. La verdad es que los teóricos del sentipensamiento son dos personas que no me despiertan mayor entusiasmo, no tengo química con ellos, como quien dice; pero lo interesante de lo que estoy diciendo es que, al señalar lo anterior de forma explícita, yo mismo estoy sentipensando. Mi juicio sobre Fals Borda y Galeano está intervenido por el corazón y la cabeza. Quizá la cuestión no sea que sintamos y pensemos al mismo tiempo —eso, al fin y al cabo, es inevitable—, sino que esa mezcla que explicaba el pescador se haya convertido en un salvoconducto para no tener que demostrar nada y relativizar todo, en lugar de ser una herramienta para definir o refutar el análisis sobre una determinada realidad.
Los diagnósticos que hacen con la cabeza suelen estar determinados por lo que les dicen sus corazones; pero, sobre todo, por sentimientos de clase"
En mi defensa diré que no soy el único que sentipiensa, como constato cada vez que acudo a foros, conferencias o seminarios en los que se diagnostican los problemas de América Latina. La mayoría de personas que participan sentipiensan y no cabe duda de que sus argumentos combinan razón y emoción. El problema está en que los diagnósticos que hacen con la cabeza suelen estar determinados por lo que les dicen sus corazones divididos entre la empatía y el deseo de que las cosas cambien; pero, sobre todo, por sentimientos de clase que los llevan a plantear diagnósticos y soluciones que implican no perder privilegios, muchos de los cuales son incompatibles con el cambio necesario que dicen buscar.
El resultado final no es "el lenguaje de la verdad" del que hablaba Galeano, sino más bien un discurso autocomplaciente que busca responsabilidades en los otros y que yerra en el diagnóstico y las soluciones propuestas. Por ello, aún sigo sorprendido por mi última experiencia sentipensante en la que un señor que fue ministro y autoridad judicial de su país hizo un diagnóstico sobre la inseguridad y la democracia de la región centrada en el gran peligro que representan para el mundo los oligarcas tecnológicos y su control del algoritmo, como si la pobreza, la desigualdad, el racismo, la violencia, la inseguridad o el narcotráfico formasen parte de una realidad paralela.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.
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