La camiseta es un elemento fundamental del fútbol. En el paralenguaje de ese deporte se hace referencia a sus colores, a sudarla o a sentirla como una forma de compromiso con un equipo. También ha servido para transmitir mensajes morales, como el No Drug que lleva Maradona en la mítica foto junto a Pelé y Platini. Pero su uso más común es el de valla publicitaria. Aún recuerdo la época en que a algunos clubes les quedaba una pizca de romanticismo deportivo y se vanagloriaban de no llevar propaganda en su vestimenta, de modo que, cuando empezaron a hacerlo, muchos lo sintieron como un deshonor: era como vender la camiseta.
Otra frase hecha a propósito de esa prenda tiene que ver con las personas que se suman con entusiasmo a una causa, que se ponen la camiseta. Esta expresión describiría muy bien lo que hicieron los presidentes de izquierda que gobernaban América Latina a inicios del siglo XXI para oponerse al presidente Bush hijo y sus guerras y, sobre todo, a la propuesta de crear un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), un acuerdo comercial que buscaba liberalizar las relaciones comerciales entre todos los países del continente. El ALCA se planteó formalmente en 1994, durante la I Cumbre de las Américas, bajo el liderazgo del presidente Clinton. Se suponía que iba a tener luz verde en la IV Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, Argentina, en 2005, pero no fue así.
Como siempre ocurre con este tipo de propuestas, hubo debates sobre los beneficios y perjuicios que ocasionaría en cada uno de los países y, sobre todo, se decía que los yankees serían los principales beneficiarios. Además de la discusión sobre el sector agrícola —que desde el Sur se pedía liberalizar, a lo que se resistía EEUU—, uno de los puntos centrales fue el de las patentes y la protección a la propiedad intelectual, bajo el argumento de que limitaría el desarrollo tecnológico autónomo de la región y, sobre todo, de que abriría la puerta a la apropiación de conocimientos ancestrales.
Si bien es cierto que presidentes como Lula en Brasil o Kirchner en Argentina se oponían a la firma del acuerdo mientras no se cambiaran ciertas condiciones, el artífice de su final fue Hugo Chávez. Su objetivo siempre había sido crear un bloque regional al margen y, por eso, planteó la formación del ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América–Tratado de Comercio de los Pueblos) en el plano económico y se sumó a la iniciativa de crear una Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) como mecanismo de integración más política.
Chávez tenía claro que la mejor forma de ganar la simpatía de los progresistas de América Latina era atacando al presidente de Estados Unidos"
Al tiempo, Chávez tenía claro que la mejor forma de ganar la simpatía de los progresistas de América Latina era atacando al presidente de Estados Unidos, tarea que le facilitaron, entre otras actuaciones reprochables, las guerras en que éste se embarcó. Así, Bush hijo se convirtió en un habitual de Aló Presidente, el show de variedades que presentaba Chávez y donde se refería a él con un histriónico Mister Danger, solo superado por el "aquí huele a azufre" que pronunció en la tribuna de Naciones Unidas en alusión al paso de Bush, por ese mismo lugar, días antes.
Pero la oposición al acuerdo no solo vino de los gobiernos. En Mar del Plata se celebró la llamada Cumbre de los Pueblos con organizaciones y partidos de izquierda. Por detrás de todo eso estaba Cuba que, no había sido invitada a la cumbre oficial, se las arregló, como tantas veces, para estar en el centro de la escena. Fidel, sin aparecer, organizó en la distancia, orientó, bendijo y movió piezas. Los cubanos pusieron método, relato y cuadros; Chávez, el dinero, la voz y la grandilocuencia; y Diego Maradona, la liturgia popular y la estampita de un antiimperialismo simplificado hasta la consigna.
El exentrenador de los Tigres Rayados de México no dudó en ponerse la camiseta y ser la cara visible de la movilización progresista pilotando el Tren del ALBA, —bautizado con las siglas del acuerdo y jugando al tiempo con la idea del amanecer—, que partió de la estación bonaerense de Constitución cargado de épica latinoamericana, bombos, cámaras, dirigentes sociales, artistas militantes y un Diego Maradona feliz de interpretar el papel que mejor le sentaba en ese momento de su vida: el del rebelde que se enfrentaba al presidente del país más poderoso del mundo, cuya sola presencia mancillaba a su Patria Chica y a la Patria Grande. Para la ocasión iba ataviado con una camiseta en la que podía leerse "Stop Bush" sobre el fondo rojo de un octágono que simulaba una señal de tránsito y donde la "s" del apellido había sido sustituida por una esvástica.
El director yugoslavo Emir Kusturica levantó testimonio de lo que allí ocurría en su documental Maradona. Ahí se muestra el ambiente de romería política, de excursión sentimental y de procesión antiimperialista del viaje. A pesar de la distancia y de que los protagonistas son diferentes, el documental recuerda la densidad emocional trágica que aparece en otras películas del director rodadas a las orillas del Danubio. No era solo una protesta: era una escenificación, como si el antiimperialismo se hubiese convertido en un espectáculo popular, con Maradona de prima donna y bombos a cargo de la hinchada del Boca confundida con miles de representantes de movimientos sociales y grupos de izquierda. Tampoco faltaron los piqueteros, quienes tuvieron un especial protagonismo en la marcha y su organización.
A bordo del tren viajaban, entre otros, Evo Morales antes de llegar a la Presidencia, el premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel y muchos personajes reconocibles de la izquierda latinoamericana que, cuando huelen a imperio, se ponen inmediatamente la camiseta. Todos desembocaron en el estadio de Mar del Plata, ese en el que se jugaron algunos partidos del Mundial de 1978, convertido ahora en santuario laico de la dignidad continental. Allí Chávez pronunció su famoso "ALCA, ALCA… al carajo", junto a un Maradona que para la ocasión llevaba una camiseta con un estampado que decía "War Criminal" sobre la foto de George Bush.
¿Qué perdura 20 años después de esa gran victoria del progresismo frente al imperialismo yankee? No mucho, la verdad. El ALBA se acabó a la par que Venezuela se quedaba sin dinero para invitar a las rondas. La UNASUR fracasó por el mismo motivo que alguna vez fue potente: su fortaleza estaba en la afinidad ideológica de los presidentes más que en la posibilidad de crear un bloque plural que sobreviviera a la coyuntura; por ello, finalizó con el cambio de ciclo político. Crónica de una muerte anunciada que marcó también el destino de la Alianza del Pacífico, la alternativa planteada desde los presidentes de derecha.
Los países que tanto se opusieron al imperialismo de EEUU han terminado a la sombra del imperialismo chino; sus economías están hiperprimarizadas y son extractivas"
Como se trata de un futurible, no puedo asegurar si el tratado hubiese sido bueno o malo para la región. En la actualidad, el comercio entre los países de las Américas ha disminuido. América Latina ha quedado fuera del desarrollo tecnológico mientras México, que es el único país con un acuerdo similar al que pudo haber sido el ALCA, vio cómo crecía su sector industrial. Los otros países que tanto se opusieron al imperialismo de EEUU han terminado a la sombra del imperialismo chino y la poca industria que tenían ha sucumbido ante el poder de sus nuevos socios. El resultado es que, ahora, sus economías están hiperprimarizadas y son extractivas. Por eso me pregunto si China es mejor socio.
Debo añadir que, más allá del análisis económico, creo que este tipo de iniciativas fallan por doble motivo. En primer lugar, coaligan países en torno al color de sus gobiernos e, inevitablemente, este queda al albur de la alternancia propia de los sistemas democráticos. En segundo lugar, no sólo las reuniones del progresismo, sino también las del otro lado –como la que tuvo lugar en Miami por invitación del Capitán América y su escudo– están impulsadas por un motivo negativo: se convocan en oposición a algo o a alguien y se justifican, para que no se vean las costuras, planteando objetivos a largo plazo que no llegan a cumplirse. De esta manera acaban siendo oportunidades perdidas para una región que constantemente parece dispuesta a levantar el puño contra el imperialismo, eso sí, siempre y cuando este no sea el imperialismo chino. Porque el viejo Yankee go home ha terminado en Welcome China.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.
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