Juan Manuel (Juanma) Serrano, el hombre que estuvo en los momentos más difíciles junto a Pedro Sánchez, lloró cuando el presidente nombró como jefe de Gabinete a Iván Redondo. Era el puesto que él había soñado: seguir al lado de Pedro tras ganar la moción de censura, pero no ya en un pequeño despacho en Ferraz, sino en el edificio de Semillas del Palacio de la Moncloa.
En la época en la que Sánchez luchaba para que su partido no lo devorase, Juanma, su jefe de gabinete en el partido, era su alter ego. A mí me lo presentó Sánchez como "el hombre que nunca me ha fallado". De hecho, en el libro Manual de Resistencia, le retrata como la persona (junto a Maritcha Ruiz Mateos, la jefa de prensa del PSOE) que aguantó sin dudar un momento después de la debacle del Comité Federal de octubre de 2016.
Fue Sánchez quien le comunicó que no sería su jefe de Gabinete y Serrano le dijo que se marchaba. Fueron unos días de dudas, de angustia. Pero el presidente, al final, le convenció: le ofreció la presidencia de Correos, que lleva aparejado un sueldo de 230.000 euros. Consultó con su familia y aceptó. Las penas con pan, son menos.
Aún sin ser jefe de Gabinete, ni ministro, Serrano recompuso su relación personal con Sánchez. No es que se vieran todas las semanas, ni que cenaran asiduamente con parejas en La Moncloa, pero de vez en cuando hablaban. Serrano asumió que en su nuevo cargo tenía que seguir siendo fiel al presidente, a su amigo Pedro. Acabaría siendo su lacayo, uno más.
En sus tres años y medio al frente de Correos, Serrano dejó un agujero de 1.200 millones de euros (antes de su llegada, la empresa pública era rentable). Pero él sabía que nunca se le juzgaría por una vulgar cuenta de resultados, sino por su fidelidad al líder. Lo entendió desde el primer momento, y por eso hizo todos los chanchullos posibles para colocar a su lado a Leire Díez. Aquí no hablamos de un caso como los de Jésica Rodríguez o Claudia Montes –colocadas por Ábalos con un sueldillo sin tener que trabajar–, sino de un puesto de mucha responsabilidad y, por supuesto, mejor pagado (más de 100.000 euros al año).
Como ha revelado la UCO en su último informe remitido al juez Santiago Pedraz, Leire Díez no perdió el tiempo. Desde el primer día maniobró para nutrir al grupito que formaban ella, Vicente Fernández (ex presidente de la Sepi) y Antxón Alonso (dueño de Servinabar junto a Santos Cerdán). Fernández percibió 244.517 euros por intermediar en un acuerdo de Correos con un despacho de abogados (SDEP & Carrillo), una tapadera poco sofisticada.
Juanma Serrano lloró cuando Sánchez no le nombró jefe de Gabinete en Moncloa. Pero no se fue. Siguió siéndole fiel y participó en la creación de la cloaca
Ya fuera de Correos (en abril de 2024), recolocado en la empresa pública de autopistas dependiente del Ministerio de Transportes (a Óscar Puente le deben de estar pitando los oídos), Serrano siguió trabajando a favor de obra: esta vez como promotor de la cloaca fundada en Ferraz para abortar los casos de corrupción que afectaban al PSOE y a la familia del presidente, su amigo Pedro. En una conversación con Vicente Fernández (20-5-2024), Leire Díez le dice a su socio: "A estas alturas, sólo nos queda matar a la gente mala... De eso nos estamos encargando Juanma y yo".
Por todo ello, la Fiscalía Anticorrupción pidió el viernes la imputación de Serrano al juez Pedraz en el llamado 'caso Leire' o 'caso de las cloacas'.
Lo de Serrano es paradigmático. Más allá de sus posibles responsabilidades penales, se trata de un ejemplo perfecto de la cultura que ha implantado Sánchez en el partido. El que mejor definió esa cultura fue Óscar Puente, al calificar al presidente como "el puto amo". Para un ser medianamente normal, ese apelativo sería despectivo, pero en Ferraz y en el Gobierno se trata de un elogio, el mejor piropo que puede hacerse al presidente del Gobierno.
La fidelidad perruna que buscan algunos líderes, en el PSOE se llama disciplina de partido. Así se entiende que el grupo parlamentario que votó mayoritariamente en contra de la posición de Sánchez en la investidura de Rajoy (él propuso votar en contra y la mayoría decidió abstenerse, posición que defendió el hoy ultra sanchista Antonio Hernando) se pusiera de su lado como un sólo hombre tras el triunfo de la moción de censura.
Sánchez ha hecho del PSOE un club de fans en el que la crítica se mira con recelo, casi como una traición. No hay más que ver los debates en las reuniones del Comité Federal. El único que se atreve a abrir el pico es García-Page. ¿Cómo es posible que en un partido centenario, que presume de mimbres democráticos, no haya voces que reclamen responsabilidades cuando la lista de imputados ligados al PSOE supera ya la el de su número de diputados? ¿Es que son tan cortos que se tragan la bola del lawfare y de la conspiración contra Sánchez y su familia como única explicación para lo que está pasando?
Puede que una minoría se lo crea, pero el grueso de la dirección socialista asume que Sánchez está por encima del bien y del mal. Le apoyan tal vez porque le deban el puesto, el sueldo, el carguito, pero también porque ven en él el muro contra la ultraderecha, el referente democrático de Europa, como dijo la ministra de Igualdad, Ana Redondo (que formó parte del equipo de Óscar Puente en el Ayuntamiento de Valladolid).
Quien crea posible una rebelión interna en el PSOE, que espere sentado. Aunque, como parece probable, el propio partido termine siendo imputado como colaborador necesario en la trama de las cloacas. También la UCO ha aportado indicios más que suficientes sobre esa colaboración insana para la democracia.
"Alcalde, me rindo ante usted. Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario". Si cambiamos alcalde por presidente, nos trasladamos a una de las mejores películas del cine español, Amanece que no es poco, de Jose Luís Cuerda. Parece surrealista, pero es lo que está pasando ahora en España.
En los tiempos de la Transición, los partidos maoístas –había varios– debatían sobre el "culto al líder". Dudaban sobre la conveniencia de asumir la esencia ideológica del Partido Comunista Chino, para el que Mao Zedong era una especie de semidios. Ese culto al líder ha revivido con fuerza en el Partido Socialista. No en vano Sánchez se siente tan atraído por el imperio floreciente y cultiva la relación con su indiscutible líder, Xi Jimping.
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