El 14 de julio de 2014, Pedro Sánchez Pérez-Castejón (Madrid, 1972), joven y apuesto pero prácticamente desconocido, era elegido por los militantes en primarias como quinto secretario general del PSOE desde la Transición. No recibía un regalo político, precisamente. Su antecesor, el dimitido Alfredo Pérez Rubalcaba, dejaba ya una formación desgastada y electoralmente en declive. Al nuevo líder le tocaba gestionar, más que un partido, un artefacto envenenado. No en vano, algunos de quienes lo condujeron a la victoria comenzaban, en ese mismo instante, a afilar los cuchillos: «Pedro está ahí porque es manejable», susurraban.

Dos años después, Pedro Sánchez, que en este tiempo ha ganado tantas canas como balas han silbado a su alrededor, ha hincado la rodilla. Lo que ha quedado es un partido roto, quién sabe si escindido, tras una jornada dramática que se estudiará en los libros de la historia política en España. Firmó el acta de defunción un líder frecuentemente dado por muerto: escribir el obituario político de Sánchez era un ejercicio habitual de periodismo. Todos los textos quedaron en el cajón por la extraña capacidad de supervivencia del líder socialista, capaz de sobreponerse a demoledoras críticas de rivales políticos, batacazos electorales y crisis internas. Hasta ahora.

La amplia sonrisa de este ex diputado y ex concejal del Ayuntamiento de Madrid llegaba con viento nuevo en una formación tocada por los pésimos resultados en las elecciones europeas de mayo de 2014, en las que el PSOE cosechó el 23% de los votos, perdiendo nueve eurodiputados. Afiliado al Partido Socialista en 1993 y criado políticamente a la vera de José Blanco, Sánchez sacó rentabilidad a una campaña extenuante. Recibió en las primarias el apoyo del 49% de los votos (62.477 apoyos), imponiéndose a Eduardo Madina (46.439 votos) y José Antonio Pérez Tapias (19.384 papeletas). Arrasó -esas cosas de la vida- en la federación andaluza dominada por Susana Díaz y ganó cómodamente en las federaciones de Madrid, País Vasco y Comunidad Valenciana.

Pero el panorama político en el que desembarcaba Sánchez con el propósito de volver a unir a las alicaídas fuerzas socialistas no era, ni volvería a ser, el del viejo esquema bipartidista. Las europeas que desembocaron en la dimisión de Rubalcaba marcaron el auge imparable de Podemos, la nueva formación surgida a la izquierda del PSOE con Pablo Iglesias como figura política emergente. La relación dialéctica entre los socialistas y la nueva política marcaría, tanto en la estética como en los mensajes políticos, todos y cada uno de los días de Sánchez al frente del PSOE.

El ‘espejo deforme’ de Podemos

Estéticamente, lució camisas blancas, renunció a las corbatas y a ciertas formalidades. Intentó otra manera de acercarse a la gente, por ejemplo a través de programas de televisión populares: llamó a Sálvame para condenar al Toro de la Vega y se dejó caer en El Hormiguero. Políticamente, lanzó mensajes de fuerte carga social para intentar recuperar esos votos que empezaban a teñirse de morado y que, al final, nunca volvieron. Sánchez miró más a su izquierda que al centro, donde empezaban a aparecer en escena los Ciudadanos de Albert Rivera. Y no fueron pocos quienes lo criticaron. Todavía el pasado jueves, en su intervención ante el comité director del PSOE andaluz, Susana Díaz no perdonaba el «complejo» de un líder -sin mencionarlo- que «no reivindicó el patrimonio» socialista.

Arriesgando, Sánchez hizo bandera de la reforma constitucional, de la derogación de las leyes mas polémicas del PP y de la España federal en la que encajar el quebradero de cabeza catalán ante el desafío de Artur Mas (además de calmas a las voces cercanas al soberanismo en el PSC). Se opuso con extraordinaria firmeza a Mariano Rajoy, con el que estableció una distancia creciente (política y personal) a medida que se sucedían los casos de corrupción en el partido del Gobierno. Afianzado en su posición  y rodeado por la guardia de fieles que encabezaban Antonio Hernando, César Luena, Óscar López  y Meritxell Batet, Sánchez manejó con dura mano las crisis en sus filas, como  la surgida en Castilla y León o la que desembocó en la decapitación -cambio de cerradura mediante- de Tomás Gómez en la Federación Madrileña. Nunca fue cómoda su posición interna. Los barones, el autodenominado grupo de «los que gobiernan», miraban de reojo a Madrid y condenaban, primero en voz baja, después a media voz, y finalmente alto y claro, cada movimiento de Pedro Sánchez.

«¿Qué parte del ‘no’ no ha entendido?»

Poco a poco se fue generando el clima de malestar, apenas disimulado entre Ferraz y los poderes autonómicos. Las urnas tampoco le respaldaron a la dirección socialista, ni en la cita del 20-D (90 escaños) ni el 26-J (85 escaños). Los 90 escaños de su primera concurrencia a las generales («Hemos hecho Historia», dijo, tras cosechar 5.530.779 votos) le valieron para intentar formar gobierno tras recibir el encargo del Rey Felipe después de la renuncia de Rajoy (123 escaños, 7.215.752 sufragios) por no tener los apoyos suficientes.

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Inflexible en su negativa a formar gobierno con el dirigente popular («¿qué parte del ‘no’ no ha entendido?»), Pedro Sánchez acordó el pasado febrero un centenar de medidas para la regeneración con Albert Rivera, insuficiente para conducirle a la Moncloa ante la negativa de Pablo Iglesias a abstenerse para cambiar el inquilino en la Moncloa (el mismo Iglesias que en marzo negó su apoyo lamentaba esta semana el «golpe de Estado» contra Sánchez). A aquella negociación llegó el PSOE con la línea roja establecida por Comité Federal («No pactaremos con los que quieren romper España») que le impidió añadir a la suma a los independentistas (Democracia y Llibertat y Esquerra Republicana) para posibilitar su investidura.

Frustrado tras una sesión de investidura fracasada, y abocados a la repetición de elecciones, el PSOE consiguió el 26-J frenar el sorpasso de Podemos y se mantuvo como segunda fuerza política. A pesar de perder otros cinco diputados (5.424.709 votos) y de que el Partido Popular de Rajoy incrementó su respaldo hasta los 137 escaños (7.906.185 papeletas), Sánchez se sintió aún con fuerzas para esperar la caída del candidato del PP en la investidura el pasado agosto e intentar explorar de nuevo un gobierno de las «fuerzas del cambio». Pero la tormenta se desató antes.

Sus coqueteos, subterráneos, con los independentistas han sido la excusa para el golpe final de los barones. Y su detonante, el desplome electoral en País Vasco y Galicia, donde la pérdida de peso político de los socialistas alarmó a las figuras  con más peso, encabezadas desde Sevilla por Susana Díaz. La presidenta de la Junta no ha dejado pasar ni uno de los 811 días de Sánchez sin mandarle un recado, en primera persona o por vía interpuesta. La baronesa llamó a rebato y el resto es, y será, historia. Fue hablar Felipe González para revelar que se sintió engañado a propósito de una abstención para facilitar el gobierno del PP y comenzar a moverse el suelo bajo los pies de Sánchez. La dimisión de 17 miembros de la ejecutiva fue el segundo capítulo del drama y el paso sin retorno hacia el precipicio de tipo, al final no tan «manejable», que tantas veces había sido dado por muerto.