«La gran mentira es que no hay elecciones en el PP para elegir delegados al congreso. No es verdad que sea un proceso democrático». Quien habla así de tajante es Íñigo Henríquez de Luna, mano derecha de Esperanza Aguirre y actual concejal del Ayuntamiento de Madrid. Ha sido el defensor de las primarias por antonomasia. Cuando nadie, ningún partido de España, hablaba de ellas, él ya andaba reclamándolas en el XVI Congreso popular, de 2008, y,  más tarde, en el XVII, de Sevilla, en 2012. Con escaso éxito, pero con mucho empeño, tanto que, de salir elegido compromisario, en ese proceso electivo que cuestiona tanto, volverá a ponerlo sobre la mesa en el cónclave de febrero.

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Esta vez, a diferencia de las dos anteriores, espera no hacerlo solo aunque denuncia que Génova «no me facilita el contacto con el resto de los compromisarios (aún no elegidos) para poder hacerles llegar mi enmienda». De momento, confía en contar con todo el PP de Madrid. La presidenta de la Gestora regional, Cristina Cifuentes, «no va  a encabezar esta enmienda porque va a ser la presidenta del Congreso, pero lo hará el partido madrileño», afirma tajante.

Acusa a Génova de convertir las primarias en «algo populista y asambleario»

Henríquez de Luna lamenta la «campaña anti-primarias» que cree que se ha instalado en Génova para ofrecer una imagen de ellas a caballo entre el «populismo y lo asambleario», por lo que apela al «principio democrático» de una persona, un voto. Vuelve así a la carga contra el sistema actual, el mismo que la dirección nacional del PP quiere publicitar con sus cargos votando estos días en sus respectivas sedes para elegir a quienes les representarán en el XVIII congreso. Asegura que «la inmensa mayoría» de esos 2.565 delegados electos no lo son tanto: «Ni se eligen. Se presentan uno o dos, que son el alcalde y el concejal. Los reparten como quieren». Explica que, por ejemplo, a su distrito (el madrileño barrio de Salamanca), le han asignado 7 delegados, tres menos que en 2008 y 2012, sin que se les haya dado ninguna explicación.

Cónclave de «cuadros»

Al final, el Congreso nacional se convierte, dice, en un cónclave «de cuadros, en una reunión de la estructura organizativa donde no tienen acceso los militantes de base, cuyos intereses son muy distintos a los de un dirigente, ya que sólo quieren que a su partido le vaya bien», aduce el que fuera director de campaña de Aguirre en las municipales de 2015 y actual portavoz adjunto del grupo municipal. Sabiendo que él mismo forma parte de ese grupo de «cuadros» del partido que parecen tener asiento garantizado en los congresos, ha convocado una asamblea informativa en la sede del partido de su distrito, que preside, «para que venga todo el que quiera ser compromisario, que nos manden foto, currículum, que hagan campaña; no podemos conformarnos con una democracia de baja calidad», defiende.

Atraer a los jóvenes es uno de los objetivos de Henríquez de Luna, cuyo nombre suena también como adversario de Cifuentes, promovido por Aguirre, en el Congreso regional que los populares madrileños celebrarán antes de Semana Santa poniendo fin a la actual Gestora. No niega dicha posibilidad, aunque se limita a decir al respecto que, «ahora estoy centrado en el Congreso nacional». Apela a la necesidad de que «la gente joven se vuelva  a acercar al PP. Debemos ser un partido moderno, reformista, y les damos repelús», agrega muy gráfico.

La mano derecha de Aguirre suena para competir con Cifuentes por el liderazgo del PP de Madrid

Esta vez no estará solo en la defensa de primarias, que también respalda la  organización valenciana, aunque Génova busca una fórmula alternativa para evitarlas. En 2008 su petición se interpretó como una maniobra de los aguirristas para minar el cuestionado y debilitado liderazgo de Rajoy, en uno de sus peores momentos tras su segunda derrota ante las urnas. Sólo un aspecto se recogió de su enmienda: vincular la presidencia nacional del partido con la candidatura a las elecciones generales.

En 2012 ni siquiera pudo defender su propuesta bajo el argumento de que el artículo de los estatutos del partido que quería enmendar no era objeto de cambio puesto que los ponentes no lo tocaban. Ahora parece que se ha levantado la mano y lo podrá defender en la Comisión de Estatutos. «Por fin, el Congreso va a ser soberano», se felicita.