Podemos es singular desde su propia construcción. Se forjó al albur del 15M, entre cantos de indignación y esperanza. Una red de amigos y compañeros de movilización dio paso en 2014 a un proyecto que, después de convertirse en la tercera fuerza del país, no ha sabido abandonar sus primeras cadencias, donde lo personal y lo político se entretejían y alimentaban, inventando una forma de hacer política de discursos electrizantes, referencias personales y llamamientos a lo más universal del ser humano: los afectos y las pasiones. La misma biopolítica que arrastró a cinco millones de personas es la que ahora pone a Podemos frente al espejo, en plena campaña interna de cara a la Asamblea Ciudadana de Vistalegre II donde dos de los fundadores del proyecto aparecen enfrentados. El relato sigue en construcción.

La misma lógica de los comienzos vuelve a abrirse paso. En la campaña de las europeas, en mayo de 2014, la «casta» era la palabra estrella. Dotaron al término de contenido y volcaron en él todo aquello que estaban dispuestos a combatir. Fijaron un enemigo político. Cerraron filas en torno al líder y avanzaron para «construir una alternativa de Gobierno que eche a la casta», según dijo Pablo Iglesias un día después de sorprender aquel 25 de mayo con 1,2 millones de votos. Justo un año después de su llegada al Congreso de los Diputados, la dinámica del enemigo continúa en el partido, pero esta vez dentro de la propia organización.

Los reproches cruzados de los últimos días entre los principales líderes de Podemos responden a una concepción de la política que no ha dejado atrás el entramado afectivo de sus comienzos. Iglesias e Iñigo Errejón eran amigos por encima de compañeros de partido, y la deriva del proyecto les ha llevado a posiciones enfrentadas que no escapan de la retórica de la traición. El secretario general de Podemos se esfuerza estos días en instalar en cada una de sus intervenciones varias claves discursivas que sitúan a su número dos en el ámbito de la deslealtad. Acusaciones veladas al secretario político detrás de expresiones aparentemente inocuas que van calando a base de repetición.

Uno de estos mantras repetidos por el sector de Iglesias es definir a la corriente errejonista como «la corriente de Iñigo y Tania (Sánchez)», incluyendo en alguno de los casos al ex secretario de Organización, Sergio Pascual, en el triunvirato. No es una expresión casual. La inclusión de Sánchez y Pascual referencia a dos perfiles que, de manera distinta, fueron en algún momento acusados de dañar al partido. Pascual, mano derecha de Errejón, fue destituido en marzo por Iglesias, que le acusó de provocar una de las mayores crisis de la formación después de que dimitieran varios miembros de la dirección de Madrid. «Los últimos acontecimientos dan muestra de una gestión deficiente cuyas consecuencias han dañado gravemente a Podemos en un momento tan delicado como es el proceso de negociaciones para conformar un Gobierno del cambio», rezaba el comunicado.

La mención a Tania Sánchez quiere recuperar a una de las figuras que sufrió más desgaste interno en Podemos tras su salida de IU y su integración en la formación. En una de sus últimas intervenciones, Iglesias aprovechó para recordar este episodio. Lo hizo en declaraciones a periodistas, minutos después de la reunión que convocó este miércoles apelando a la unidad: «Son la unión de dos sectores, el tradicional de Íñigo y el de Tania, que es una escisión de IU», aseguraba el secretario general.

El PSOE ocupa el siguiente capítulo del relato de la traición. En los últimos días, Iglesias y su entorno establecen de forma continua paralelismos entre el modelo de partido de Íñigo Errejón y el PSOE, al hilo de la crisis que ha atravesado en los últimos meses la formación socialista. Con esto quiere introducir dos vertientes. Una es la de la moderación. Aproximar a Errejón a la tesis socialista se sitúa en la órbita de lo que hace unos años llamaban «la casta», y en ello se han basado una de sus últimas declaraciones, este viernes, en las que afirmaba que el secretario político era partidario de «darle el Gobierno al PSOE y Ciudadanos», algo que el propio Errejón desmintió poco después. Con este hilo argumental, alimenta la percepción de un ‘cambio de bando’ por parte del secretario político, incidiendo así en la tesis de la deslealtad.

La otra vertiente es la organizativa. Iglesias repite constantemente que no quiere «familias» ni «baronías» en Podemos. «Hay quien dice que Podemos tiene que ser una tarta y que tenemos que ir al modelo de familias como el PSOE», afirmó el secretario general este viernes, en referencia al que fuera su número dos. «Y al PSOE le va mal, porque el modelo de cuotas hace que tengas un partido débil». La introducción de este símil vincula además dos elementos, la debilidad y la pluralidad, un rasgo siempre presente en la organización desde sus inicios.

El símil también quiere trasladar la idea de la burocratización del partido. En sus documentos, Iglesias plantea mantener la capacidad de convocar consultas ciudadanas en cualquier punto del país, mientras Íñigo Errejón lo cede a una mayoría de la Ejecutiva del partido o al 10% de los círculos. Esta comparación también ha sido utilizada por el secretario general para desgastar al segundo liderazgo dentro de Podemos. «Los compañeros proponían limitar la capacidad del secretario general de hacer consultas, lo mismo que le pasa ahora a la gestora», apuntó Iglesias en Cadena Ser, donde añadió que «si en el PSOE hubieran escuchado a las bases, ahora no estaría gobernando el PP», en una afirmación que, como ha repetido en alguna ocasión, quiere apelar al «secuestro» de un partido por parte de la organización. Unas insinuaciones a las que Errejón contestó este mismo viernes: «Decir que hay que compartir el poder y descentralizarlo no es atacar a nadie, es construir una organización más fuerte».

Uno de los razonamientos más utilizados entre las filas pablistas es el de relacionar al secretario político con las «élites», donde sitúa también a los medios de comunicación. Los ceses producidos tras la llegada de Ramón Espinar a la dirección de Podemos Madrid fueron en algunos casos censurados por los errejonistas y por el propio Íñigo Errejón con el relevo de José Manuel López. A raíz de esas críticas se organizó la campaña #IñigoAsíNo en redes sociales el día de Nochebuena, cuando las filas de Iglesias emprendían una estrategia de desgaste hacia el secretario político acusándolo de airear el debate en los medios. La campaña fue una muestra de la idea que impera en el entorno del secretario general, por la que las críticas son recibidas como ataques y habría que cerrar filas en torno a cualquier diferencia, tal como manifiestan algunos afines a Errejón.

Otra de las líneas argumentales que construyen el relato del enemigo interno es la de la disputa de liderazgo. Pablo Iglesias anunció que de no salir elegidas sus propuestas, y aunque no haya más candidatos que opten a la Secretaría General, abandonaría su puesto. Aunque Errejón ha insistido en numerosas ocasiones en que no opta a ocupar el lugar del actual secretario general, el entorno de Iglesias dibuja una lucha por el liderazgo que se traslada como un combate uno a uno. Con ello, tratan de transmitir la idea de que el secretario político busca ocupar el sillón de Iglesias, que se presentaría como víctima, a la vez que perfilan un enfrentamiento personal que, sobre el papel, no es tal. Esta victimización del líder va ligada a una consecuencia directa: la culpabilización. El entorno de Iglesias pone la responsabilidad de la hipotética salida de Iglesias sobre los hombros de Errejón, en el caso de que sus documentos sean vencedores en Vistalegre II. Esta dimisión, de producirse, provocaría una honda crisis en un Podemos que, pese a las llamadas a la madurez para lograr un partido que trascienda a las personas, no ha superado todavía el hiperliderazgo de Iglesias.