«En el nombre del pueblo. Marine presidenta”. Ni rastro de su conocido apellido, Le Pen, en los carteles electorales. Para acercarse al poder tiene que distanciarse del padre, el carismático Jean-Marie, y lleva escenificando esa emancipación desde 2015, cuando le expulsó del Frente Nacional. Forma parte del proceso de desdiabolización, endiablado término para definir una adaptación del partido subversivo y xenófobo en una estructura capaz de sumar voluntades airadas.

Marine Le Pen (París, 1968) pasará hoy a la Historia si se convierte en la primera mujer presidenta de la República Francesa. Lleva años empeñada en esa tarea, lo que le diferencia de su padre, el fundador del Frente Nacional en los años 70, que sobre todo quería atacar el Estado.

Su hija menor se presenta como la salvadora del Estado y la gran protectora de los desfavorecidos franceses. “¡Ahora o nunca, necesito vuestro voto!”, clama en los mítines, y se presenta como “la candidata del pueblo” frente al representante de la élite, del capital, de la globalización salvaje, Emmanuel Macron.

¡Ahora o nunca, necesito vuestro voto!», clamaba en los mítines quien se presenta como «la candidata del pueblo»

Sea como sea, lo que ya ha conseguido Marine Le Pen es pulverizar todos los récords del Frente Nacional hasta la fecha. En 1981 apenas lograron un 0,81% de los votos. Su padre, en 2002, se quedó muy lejos de Jacques Chirac (82,2%-19,8%)) porque entonces se activó el frente republicano para impedir que el ultraderechista llegara al Elíseo. Ahora no funcionará.

En la primera vuelta consiguió 7,7 millones de votos, un millón más que en las regionales de 2015. Va camino de consolidarse como la primera fuerza en la derecha o derecha ultra del espectro político.

Ahora es Jean-Marie el padre de Marine, y no ella la hija de. Su vicepresidente, Florian Philippot, es junto a ella el artífice de la desdiabolización del Frente Nacional, que pasó por romper lazos con el progenitor y profundizar en el gaullismo social. Son populistas, proteccionistas y eurófobos, y han dejado de lado el antisemitismo y la lucha contra el Estado. Ahora lo que quieren es hacerse con el Estado.

Admiradora de Trump y de Putin, defiende el «Francia primero» frente a los mundialistas

Admiradora de Donald Trump y de Vladimir Putin, defiende el “Francia primero” frente a los globalizadores o mundialistas desarraigados. Brilla en los mítines por la claridad de sus mensajes y su empatía con sus seguidores, muchos auténticos fans, incluso los más jóvenes.

Marion Anne Perrene Le Pen nació en 1968 en París y es la pequeña de las tres hijas de Jean-Marie Le Pen. Según su biógrafo, David Doucet, tuvo una vida familiar extraña, primero al cargo de cuidadoras y después sin hablar con su madre durante dos décadas. Vivía en la mansión familiar custodiada por varios doberman. Su madre se fugó con el biógrafo de su padre cuando Marine era adolescente.

A los ocho años vivió un intento de atentado contra su padre en su domicilio, una experiencia que le hizo consciente de lo odiado que era su progenitor y del peligro que corrían. “Tuve miedo a la muerte, pero también me sirvió para hacerme con una coraza y protegerme, lo que es muy útil cuando ocupas puestos de responsabilidad”, confesaba en The Guardian. Esa misma noche sus padres salían a cenar fuera, como si nada hubiera ocurrido. Su infancia fue realmente fuera de lo común.

Admiradora de su padre –ex paracaidista, negacionista, abogado brillante– en su juventud, ha reconocido que le veía como un Obelix que le hizo caer en la pócima mágica de la política, aunque se mantuvo distante y siguió su carrera de abogada.

Llegó a defender inmigrantes de oficio, lo que asegura que no es incoherente con su política restrictiva con la inmigración. “Son seres humanos y tienen derechos. No son culpables de las políticas migratorias erróneas”, dijo en una entrevista en televisión.

Los inmigrantes son seres humanos y tienen derechos. No son culpables de las políticas migratorias»

Cerca de la treintena, se lanzó a la política activa como consejera regional en Hénin-Beaumont, una zona deprimida del norte, y allí creó lo que denominó una especie de laboratorio político. Funcionó esa expansión del Frente Nacional a una región empobrecida, que antes era territorio de la izquierda, de los obreros. Comenzaba el principio de la era Marine en el Frente Nacional. Así iba a lograr el techo de cristal de la formación.

En 2004 dio el salto al Parlamento Europeo en el bloque euroescéptico y en 2011 sucedió a su padre como líder del Frente Nacional. Nunca ha sido, sin embargo, alcaldesa, ni diputada, ni ministra. Lleva casi dos décadas en política.

Tras una juventud alocada en las discotecas parisinas, ahora es madre de tres hijos (dos de ellos gemelos) que tuvo en el plazo de un año. Se ha divorciado en dos ocasiones, y ahora su pareja es Louis Aliot, también dirigente del Frente Nacional.

A Marine Le Pen le encantan los gatos, disfruta del contacto “con el pueblo” y sabe cómo desarticular al rival sin olvidarse de sonreír. Pierde los papeles cuando ha de argumentar en materia económica, por ejemplo, y lo intenta ocultar recurriendo al histrionismo, que domina con soltura.

En la familia, sin embargo, también cuenta con otra rival, su sobrina Marion Maréchal-Le Pen, la diputada más joven de esta pasada legislatura a sus 27 años. Es más radical que Marine, está considerada una  especie de Juana de Arco milenial,  y con ella podría disputarse el trono ultraderechista en el futuro.

De alguna manera, para Marine la familia acaba siendo un peso pesado. Macron le reprochaba en el debate que los Le Pen llevaban 40 años en política así que no puede aparecer como la opción anti establishment. Y presentarse como Le Pen, como le ocurría en el colegio cuando le tildaban de fascista por su padre, le resta enteros a su nombre, Marine, la salvadora.