Durante años ha sido un mantra recurrente. Una leyenda que acompañaba a cada medida que tomaba Moncloa para contener al secesionismo: “100.000 independentistas más”. Se trataba de vender la idea de que la reacción contundente del Estado contribuía a ensanchar la masa social favorable a la ruptura como respuesta. “Madrid es una fábrica de independentistas” era el lema principal. Los números dicen que eso es mentira desde hace tiempo. Que en el independentismo hay un techo invisible y que el movimiento lleva años estancado en las urnas.

El 21-D volverá a poner a prueba esta idea, si finalmente todos los partidos, incluida la CUP, deciden participar. Ya lo hizo el 1-O, con todos los lógicos interrogantes que admite el recuento sin garantías de ningún tipo sobre una votación caótica. En el referéndum ilegal, según la Generalitat votaron que ‘Sí’ a la independencia 2.044.038 catalanes. Son los mismos que dieron su apoyo al Estado catalán en el 9-N organizado por Artur Mas: 2.093.935. Entre medias, en las autonómicas del 27-S de 2015 hubo 1.966.508 catalanes que optaron por Junts pel Sí o la CUP. Fueron un 47,8% de los electores.

Aquellas elecciones tuvieron una particularidad: una participación sin precedentes en unos comicios autonómicos en Cataluña. Fueron a las urnas el 74,95% de los catalanes con derecho a voto en unas elecciones vendidas como plebiscitarias. El anterior récord de participación se había conseguido en 2012 con un 67,76%, y antes de eso el tope correspondía a las elecciones autonómicas de 1984: 64,36%.

Voto masivo

La movilización, sin embargo, no fue especialmente favorable al independentismo, que de hecho perdió terreno respecto a las convocatorias anteriores. En 2012, la suma de CiU (30,7%), ERC (13,7%), CUP y Solidaritat per la Independència (4,75%) alcanzó el 49,15%. En 2010, CiU (38,43%), ERC (7%), SI y RI (4,56%) lograron el 49,99%. El voto masivo impulsó bastante más a Ciudadanos, que lanzó al bloque constitucionalista desde el 35% en el que se había estancado en las dos últimas convocatorias y lo llevó a un 41,62% que lo colocaba al nivel de 2003 y 2006, durante los gobiernos del tripartito liderado por el PSC.

Lo cierto es que el voto en Cataluña es sumamente estable, aunque el independentismo no se puede medir en una serie histórica con los parámetros actuales. Sería una distorsión contar todo el voto de CiU como independentista durante los años 80, 90 y principios de los 2000. Ni siquiera en 2010 y 2012, donde Uniò todavía tenía un peso relevante dentro de la masa electoral de CiU.

Pero la estabilidad sí se puede observar si se atiende a los otros dos elementos del tablero: el constitucionalismo, encarnado principalmente en el PSC, PP y Ciudadanos; y la izquierda alternativa, que durante años dominó Iniciativa per Catalunya, ahora integrada dentro de Catalunya Sí Que Es Pot, el grupo que aglutina también a la rama catalana, y díscola, de Podemos.

El constitucionalismo no ha cambiado apenas nada desde el 39,28% de 1980 al 41,62% de 2015. Entre medias, nunca bajó del 34,3% y sólo una vez se dispararon sus resultados, con el 47,81% del año 1999. La media de sus resultados es un 39,5% muy en línea con sus resultados más repetidos, acumulados entre 1980 y 1995.

Sucede lo mismo con el eje de la izquierda alternativa, especialmente tras la caída en el olvido del PSUC. Desde 1984 hasta hoy, su serie histórica es plana, de nuevo con 1999 como excepción a la baja: 8,99%, 9,72%, 9,94%, 11,04%, 5,13%, 8,22%, 11,01%, 8,4%, 10%, 8,94%.

La clave, por tanto, está en el proceso de radicalización independentista vivido por CiU y el actual PDeCat, un partido que desde 1984 jamás bajó en las autonómicas del 30,7%. La última encuesta publicada por el diario El Mundo situaba al partido, aún sin candidato para los comicios del 21-D, por debajo del 10%. ERC, que sólo tres veces superó el 10%, se dispararía ahora hasta el 26,4%.

Todo igual

Son datos en línea con los de la última encuesta del CEO de la Generalitat, publicada este martes y con un trabajo de campo realizado entre el 16 y el 29 de octubre. Los datos de la Generalitat vuelven a situar la participación en el 75% y pronostican un 45,9% de voto para la suma de Junts pel Sí y la CUP, en retroceso frente a 2015. La suma del bloque constitucionalista de Ciudadanos, PSOE y PP situaría a este frente en el 40,4% y lo que aún denominan como CSQP subiría al 10,5.

Los datos de la última encuesta de la Generalitat anticipan que el techo de los 2 millones volverá a repetirse el 21-D casi al milímetro

Traduciendo: un 75% de participación se traduciría en poco más de 4,1 millones de votos, contando a los residentes en el exterior. Y ese 45,9% de votos acumulado de ERC, PdeCat y la CUP representa 1.911.958 sufragios. Pero conviene no olvidar al sector independentista de lo que se presentará como Catalunya en Comú, y que el propio CEO cifra en el 30,4%.

El 10,5% de intención de voto de los comunes, con una participación del 75%, se traduciría en unas 437.376 papeletas. De esas, al 30,4% independentista le corresponderían 132.962. Sumadas al dato de ERC, PDeCat y CUP, emerge otra vez la cifra mágica: 2.044.920 independentistas, sólo 882 más que el 1-O. Es decir: los mismos que siempre desde hace ya mucho tiempo, en una sociedad políticamente partida en dos mitades exactas.

El voto en las generales

Estos equilibrios se han roto tradicionalmente cuando en Cataluña se ha votado en clave nacional. Allí, el panorama fue invariable durante 30 años, hasta la irrupción de Podemos y Ciudadanos. El partido de Iglesias, especialmente, ha alterado una tendencia histórica muy favorable al constitucionalismo, que en las generales sí se movilizaba en masa, hasta superar en ocasiones el 80% de participación. Pese a todo, mantiene el dominio.

Podemos también roba votos entre el independentismo moderado, que confía en En Comú como el único partido capaz de impulsar en Madrid la idea del referéndum pactado. No obstante, el rendimiento electoral del soberanismo/independentismo representado en CiU y ERC se mantiene invariable desde hace tres décadas en el entorno del 35%, en una segunda posición distanciada, y apretada solo por la disgregación de la izquierda de vocación nacional.