El temor a que las elecciones del 21 de diciembre en Cataluña arrojen tal división parlamentaria que haga ingobernable Cataluña, se extiende como una mancha de aceite entre las formaciones políticas que concurren a estos comicios. Quizá sea por los antecedentes de las generales del 20-D, que desembocaron en una nueva consulta ante las urnas el 26-J, o por los largos meses que se tardó en configurar una mayoría de gobierno en esta Comunidad tras las autonómicas de septiembre de 2015, que a nadie se le antoja descabellado ese escenario.

Lo previsible es que ninguno de los dos grandes bloques, esto es, independentistas por un lado y constitucionalistas por otro, consiga la mayoría absoluta. En Comú Podem, con Xavier Domenech a la cabeza, se convertiría en bisagra, pero este es un juego que, como poco, se disputa a tres bandas, con tres actores, lo que dificulta la política de pactos, salvo que los “comunes” hagan frente con el independentismo de ERC y de Junts pel Catalunya.

En caso de ir de nuevo a elecciones “arrasarían los constitucionalistas”, dicen fuentes de los “comunes”

Desde las filas de la izquierda señalan a El Independiente que en una repetición electoral “arrasarían los constitucionalistas”, por lo que ERC se cuidará muy mucho de forzar una situación que no pase “por ir a una investidura” aunque para ello tenga que hacer dejación de la reivindicación independentista a corto y medio plazo.

Lo cierto es que a tenor de las incendiarias y delirantes declaraciones del pasado viernes de la “número dos” de ERC y heredera política de Junqueras, Marta Rovira, parece muy difícil que la fuerza política que está llamada a ser la más votada el 21-D dé un giro copernicano para aceptar la legalidad estatutaria y constitucional. La persona llamada a presentarse a la investidura por ERC, ante un Junqueras amenazado, de inhabilitación y cárcel, ni se despeinó al acusar al Gobierno central de haberles amenazado con una violencia extrema y “sangre en la calle” de seguir adelante con la flamante república catalana.

Y es que además, la candidatura que encabeza el ex vicepresidente de la Generalitat puede ver mermada su representación en competición con la lista de Carles Puigdemont, el mismo que aseguró que no volvería a presentarse a las elecciones. El ex presidente puede arañar entre cuatro y seis puntos a su antiguo “número dos” del Gobierno autonómico para debilitar su posición.

El PSC ha dejado claro por activa y por pasiva que no pactará ni apoyará a un presidente independentista

El PSC ha dejado claro por activa y por pasiva que no pactará ni apoyará “a un presidente independentista, en general, ni a Junqueras y Puigdemont” en particular, lo que dificulta un tripartito o bipartito de izquierdas, que constituye una de las fórmulas más factibles de gobierno atendiendo al reparto de escaños que arrojan los sondeos sobre intención de voto. ERC y la formación de Ada Colau quieren formar un gobierno de coalición con el apoyo exterior de los socialistas vascos.

De momento, las encuestas no apuntan a una mayoría de los tres partidos constitucionalistas, Ciudadanos, PSC y PP, salvo que una participación disparada les pusiera en condiciones de aspirar a la presidencia de la Generalitat. Aún así, Podemos tendría la llave de la gobernabilidad y es descabellado pensar que Domenech permitiera por acción u omisión que Inés Arrimadas desembarca en el palacio de la plaza Sant Jaume.

La investidura de Puidemont se aprobó “in extremis” tras los comicios del 27-S

Más fácil le resultaría respaldar al socialista Miquel Iceta, cuya formación puede experimentar un significativo crecimiento electoral  aunque no es previsible que supere a Ciudadanos. En fin, un escenario endiablado por el que puede tardarse meses en formar gobierno antes de que los plazos obliguen a una nueva convocatoria electoral.

Tres meses llevó la formación del nuevo ejecutivo catalán tras los comicios del 27-S a costa de la cabeza de Artur Mas, que pidió la CUP en bandeja de plata para dar su apoyo. El abandono de Mas se produjo en el tiempo de descuento, a un paso de tener que repetir elecciones, puede que esta vez, no haya manera de parar el reloj.