PolíticaLAS HERIDAS QUE NO CICATRIZARÁN CON EL FIN DE LA BANDA TERRORISTA

“La disolución de ETA es una pantomima; yo quiero saber quién mató a mi marido”

La viuda del ingeniero vitoriano José Ignacio Ustaran pide a la Audiencia Nacional que reabra el caso por el asesinato de su esposo en 1980 a manos de la banda terrorista y critica que no se haya investigado para esclarecerlo después de casi 38 años

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“La disolución de ETA es una pantomima; yo quiero saber quién mató a mi marido”
Rosario Muela Velasco, viuda de José Ignacio Ustaran Ramírez, asesinado por ETA de un tiro en la frente en la noche del 29 de septiembre de 1980 en Vitoria.

Charo Muela Velasco, viuda de José Ignacio Ustaran Ramírez, asesinado por ETA de un tiro el 29 de septiembre de 1980 en Vitoria. A. SALVADOR

Resumen:

La viuda del ingeniero vitoriano José Ignacio Ustaran pide a la Audiencia Nacional que reabra el caso por el asesinato de éste en 1980 y avisa de que, si es necesario, acudirán al Tribunal Europeo de Derechos Humanos con sede en Estrasburgo.

El atentado que acabó la vida con Ustaran es uno de los 358 crímenes cometidos por ETA y está todavía pendiente de esclarecimiento.

“Mis hijos y yo queremos saber quién lo mató. Nos daría algo de paz y aliviaría esa impotencia de que no se haya hecho nada en todo este tiempo”, lamenta la viuda.

Sobre el asesinato de José Ignacio Ustaran planean numerosas incógnitas que, casi cuatro décadas después, la Justicia no ha sido capaz de despejar.

La víctima recibió un único disparo, pero en el interior del vehículo en que apareció su cadáver se encontraron dos balas y dos casquillos.

“Eran las nueve de la noche. Una chica con un paquete de regalo llamó a la puerta, le abrí y me preguntó que si estaba mi marido. Le dije que sí e inmediatamente sacó una pistola y aparecieron dos hombres también armados que estaban ocultos en el tramo de escaleras. Entraron en el despacho, que estaba junto a la vivienda, y a los niños y a mí nos mandaron a la cocina. Al rato se lo llevaron”. Charo Muela Velasco no volvió a ver ya más con vida a su marido, el ingeniero técnico vitoriano José Ignacio Ustaran Ramírez. Ni una hora después, un pistolero de ETA le descerrajó un tiro en la frente a bocajarro y acabó con su vida a los 41 años.

Ocurrió en la noche del 29 de septiembre de 1980, en víspera de que el menor de los cuatro hijos -Mariola- cumpliera los siete años. Han pasado más de 37 años y el asesinato de Ustaran es uno de los 358 crímenes perpetrados por la banda terrorista que sigue sin esclarecerse. La Audiencia Nacional decretó el sobreseimiento provisional el 29 de febrero de 1984 y décadas después sigue sin conocerse qué comando acabó con la vida de este perito-tasador, qué terrorista apretó el gatillo y qué arma utilizó para cometer el asesinato. La única certeza es que el cadáver de este vasco de familia nacionalista fue inhumado en un panteón del cementerio vitoriano de Santa Isabel.

Indignada con la puesta en escena del anuncio de disolución de ETA, Charo Muela libra ahora otra batalla. A principios de febrero presentó un escrito en la Audiencia Nacional pidiendo que se reabra el caso para que se investigue el asesinato de su marido, tras acceder al fin a las actuaciones judiciales -compuestas por tan sólo 94 páginas- y comprobar que no se había practicado ni una sola diligencia desde que el sumario viajó de Vitoria a Madrid.

“Mis hijos y yo queremos saber quién lo mató. Nos daría algo de paz y aliviaría esa impotencia de que no se haya hecho absolutamente nada en todo este tiempo”, lamenta la viuda en conversación con El Independiente. Los Ustaran Muela, como varios centenares de familias más que sufrieron en sus carnes directamente la dentellada del terrorismo, no tienen nada que celebrar en lo que la propaganda etarra ha calificado ahora como un día histórico. “Estamos asistiendo a una pantomima“, zanja.

José Ignacio Ustaran fue elegido por la rama político-militar de ETA para engrosar su lista macabra de víctimas por su condición de miembro de la comisión ejecutiva provincial de Unión de Centro Democrático (UCD), el partido entonces en el Gobierno de la nación y al que representaba su mujer como concejal en el Ayuntamiento de Vitoria. “No estaba muy implicado políticamente. Toda su familia era nacionalista y, por apoyarme a mí, pienso que se involucró más”, cuenta Charo Muela. Ésta contó al juez que, durante el tiempo que estuvo retenida en la cocina por uno de los terroristas varones, trató sin éxito de hacerle ver que se la llevasen a ella que “era quien tenía un cargo político”. “Usted no sabe el daño que está haciendo [su marido]”, le contestó.

Sobre este asesinato planean numerosas incógnitas que, casi cuatro décadas después, la Justicia no ha sido capaz de despejar. “Queremos que se investigue y estamos dispuestos a llegar a Estrasburgo si hace falta”, avisa Muela. De momento, la Audiencia Nacional no ha respondido a su petición de que se reanude el procedimiento penal que inició el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción 1 de Vitoria y que se inhibió al tratarse de un delito de terrorismo.

Mis hijos y yo queremos saber quién lo mató. Nos daría algo de paz y aliviaría esa impotencia de que no se haya hecho nada en todo este tiempo”, lamenta la viuda

Sobre las 21 horas del 29 de septiembre de 1980, un comando formado por tres personas se personó en la planta cuarta del número 34 de la vitoriana avenida de Gasteiz, donde vivía y tenía su despacho Ustaran. La joven que llamó a la puerta tenía entre 18 y 20 años, medía en torno a 1,65 metros, vestía pantalón oscuro y cazadora clara y llevaba el pelo recogido con un pañuelo de color beige, según la descripción que Charo Muela hizo al juez de Vitoria que abrió las diligencias cuando le tomó declaración el 6 de noviembre de 1980.

Dos hombres acompañaban a la chica, todos a cara descubierta. Uno tenía de 20 a 22 años, su estatura aproximada era de 1,76 metros, su pelo era de color castaño oscuro y algo rizado, llevaba gafas con monturas metálica y vestía aquella noche un chubasquero azul marino. El otro podría rondar los 30 años, medía 1,80 metros, tenía abundante pelo de color negro, cejas pobladas, con chubasquero azul y voz fuerte y tono autoritario. Daba la sensación de ser “el jefe del grupo”, relató la viuda al instructor.

Sobre las 21.20, los tres terroristas se llevaron a Ustaran después de cortar el cable del teléfono y ordenarles a los familiares de la víctima que no dieran la voz de alerta antes de la medianoche. A las 22.25 horas, un vecino de Vitoria llamó a la Sala del 091 para alertar de que había un hombre aparentemente muerto en el interior de un vehículo que bloqueaba el acceso al garaje del edificio en el que se encontraba la sede de UCD en la capital alavesa, en la calle de San Prudencio.

La familia Ustaran Muela pide a la Audiencia Nacional que reabra el caso 34 años después de sobreseerlo y avisa de que, si es necesario, irán al  Tribunal de Estrasburgo

Diez minutos después de recibir el aviso, los policías nacionales que se personaron en el lugar de los hechos certificaron la presencia de un hombre sin vida en la parte trasera del coche -un Talbot 150, con matrícula VI-5514-E, propiedad de José Ignacio Ustaran Ramírez- con un tiro encima de la ceja derecha y una “gran mancha de sangre en el pecho”. El proyectil salió por el occipital del lado izquierdo a la altura de la oreja.

“La víctima ha sufrido un impacto de bala a nivel frontal derecho que atravesó varias estructuras cerebrales y que fue la causa de la muerte por las lesiones gravísimas que produjo desde su entrada hasta su salida. Debido al trayecto seguido podemos decir que la mano que empuñaba el arma estaba de arriba abajo y derecha a izquierda”, certificó en su informe el médico forense Santiago Travieso Gil. Un disparo mortal de necesidad había acabado en la vida, si bien en el interior del vehículo aparecieron dos vainas y dos casquillos.

Ésa es una de las dudas que envuelve este crimen cometido por ETA político militar durante la legislatura que siguió a las primeras elecciones democráticas celebradas en España tras la muerte del dictador Francisco Franco y en la que UCD fue blanco de la banda. Si el cuerpo sin vida de Ustaran presentaba tan sólo una herida de bala, ¿por qué había dos casquillos dentro de su coche?

Sobre el asesinato de José Ignacio Ustaran planean numerosas incógnitas que, casi cuatro décadas después, la Justicia no ha sido capaz de despejar

El estudio técnico realizado por los especialistas de balística forense de la Policía identificaron dos vainas que se correspondían a “cartuchos del 22 Long Rifle” fabricados por la firma estadounidense Winchester Repeating Arlis Co. “Su estudio microscópico-comparativo ha permitido determinar que ambas han sido percutidas por una misma arma, la cual, por la lesión de percusión, se estima debe ser una carabina o rifle de fabricación francesa”, se lee en el informe.

La inspección ocular también permitió descubrir dos balas que, atendiendo a su peso y formato, podrían ser cartuchos del 38 Smith Wesson Special. “En su cuerpo llevan marcadas seis estrías de paso helicoidal a la derecha, producidos por los campos del cañón del revólver que las disparó, datos éstos tan comunes a las armas recamaradas para este cartucho que no permiten determinar la marca o modelo de la utilizada en este hecho”, concluyeron los especialistas. En todo caso, éstos descartaron que el terrorista hubiera utilizado un revólver de las marcas estadounidenses Colt o Smith Wesson o de la española Llama, al tiempo que informaban de que las balas eran de “las mismas características” a las empleadas en el atentado que cuatro meses antes había sufrido también en Vitoria el directivo de Michelín Jesús Casanova Salazar.

En concreto, una bala terminó incrustada en el panel de la puerta trasera izquierda del Talbot 150 después de atravesarle el cráneo a la víctima. El otro proyectil se encontró en el apoya-brazos de la puerta delantera derecha, “junto al armazón de metal”. Según la tesis policial, este disparo debió ser anterior al que causó la muerte al ingeniero técnico vitoriano y se produjo por una “acción involuntaria” del terrorista.

La víctima recibió un único disparo, pero en el interior del vehículo en que apareció su cadáver se encontraron dos balas y dos casquillos

No es la única incógnita por despejar. Tampoco se ha determinado de quién era la sangre que se descubrió tanto en la puerta trasera derecha -perteneciente supuestamente al autor material del disparo, que debió herirse con el primer tiro- como en la manilla de apertura de la puerta trasera izquierda en su lado exterior. La insuficiente cantidad impidió acreditar a qué grupo sanguíneo correspondía la sangre hallada en la segunda localización.

Respecto a la muestra de sangre recogida en un tocadiscos del Club Holiday, adonde funcionarios policiales se personaron durante la madrugada del 30 de septiembre de 1980 tras tener conocimiento de que una persona acudido horas antes a ese local vitoriano “para curarse de una herida por la que al parecer le manaba abundante sangre” por si ese episodio guardaba relación con el atentado sufrido por José Ignacio Ustaran, el análisis determinó que era del grupo cero. El mismo que el de la sangre que había sobre el citado picaporte.

“En el sumario consta el tipo de pistola que se pudo emplear, las balas… Yo vi muchos álbumes de fotos que me exhibió la Policía y, si bien no pude decir con exactitud si era tal o cual persona, sí describí la fisonomía y quién se parecía a los que se llevaron a mi marido. Los vi durante 20 minutos cara a cara y en el sumario no aparecen todos los detalles que yo di. Nadie se ha puesto en contacto conmigo en 37 años”, critica Charo Muela.

Listado del ‘comando Araba’

Para ser exactos, sí recibió una visita en su oficina hace “unos veinte años”. Era una pareja de guardias civiles para informarle de que su nombre figuraba en un listado que se había incautado a los integrantes del comando Araba tras su desarticulación. “No sabían que yo era la mujer de una víctima de ETA”, recuerda.

En este tiempo, la familia Ustaran Muela ha intentado “por muchos medios” conseguir el sumario para conocer hasta dónde había llegado la investigación. La viuda narra toda una odisea burocrática: “Todos los políticos a los que les preguntaba me decían que se estaba haciendo lo que tenía que hacer. Fui a la Delegación del Gobierno en Andalucía y me mandaron a Madrid. Lo solicité al Ministerio y no obtuve respuesta, contestándome que volviera a la Delegación del Gobierno. Después mi hijo solicitó el sumario a la Audiencia Nacional a través de la Oficina de Víctimas de Terrorismo. Lo recibieron una fiscal y una abogada que le enseñaron las actuaciones, pero no le dejaron hacer ninguna fotografía para mostrárselas luego a sus hermanas y a mí. Hasta que entré en contacto con Consuelo Ordóñez, que se indignó al enterarse que no nos habían facilitado el sumario y hace unos seis meses ya nos los enviaron”.

No perdona al asesino

A principios de febrero, el abogado de Charo Muela presentó un escrito en el Juzgado Central de Instrucción 1 de la Audiencia Nacional por el que pide la reapertura del caso tras constar que “no consta que se haya realizado la menor diligencia de investigación para la identificación de los autores desde el momento en que las diligencias procedentes de Vitoria entran en ese juzgado”. De momento, no ha respondido.

“No, claro que no perdonaría a quien mató a mi marido. Si algún día lo tuviera delante le pediría que me dijese cómo se puede pegar un tiro en la cabeza a un hombre de 41 años con cuatro hijos, a los que ellos vieron. Qué ser humano puede hacer eso”. Es lo que se ha preguntado Muela mil veces sin encontrar respuesta desde que se llevaron a su esposo la víspera del séptimo cumpleaños de su hija menor.