La fuerza de la campaña de Pablo Casado nació del momento en que anunció su candidatura. Con los pesos pesados del partido todavía encogiendo el cuello, con Alberto Núñez Feijóo renunciando a su salto a Madrid y con el Partido Popular mareado tras el golpe de la dimisión de Mariano Rajoy. La de Casado fue la primera y en ese momento la única voz que se pronunció firme para asumir el relevo. Fue un mensaje de fortaleza en dos sentidos: no le importaba asumir el mando de un partido que las encuestas pintan a la deriva; y no le importaba hacerlo pese a una situación personal delicada.

Casado está muy seguro de que no hay nada punible en su currículum y de que obtuvo sus títulos de máster por méritos propios, pese a que está incluido en la investigación judicial del mastergate de Cristina Cifuentes y la juez ya ha preguntado al Congreso por su condición de aforado, posible paso previo a una imputación. Sin esa seguridad, no se entendería su candidatura a un puesto en el que cualquier sombra es mortal para la imagen de regeneración que pretende transmitir.

Casado no matiza su pasado junto a Aznar y Rajoy, sino que lo reclama como aval y recuerda a Esperanza Aguirre siempre que puede

El vicesecretario general de Comunicación del PP ha logrado manejar una campaña alejada de las polémicas. Sus rivales no han utilizado contra él la metralla judicial, y los principales ataques recibidos han tratado de desmontar su discurso de tercera vía. Dicen de él que es un hijo del aparato, y es cierto. Trabajó con José María Aznar y con Mariano Rajoy, pero en lugar de matizarlo lo reclama como aval. Lleva dos semanas hablando de la recuperación de un PP «desacomplejado» en temas como el aborto, la eutanasia o el espíritu liberal. Cuando le recuerdan su pasado con los expresidentes del Gobierno, no sólo lo ensalza sino que añade también el tiempo que pasó junto a Esperanza Aguirre.

Casado viene del aparato pero no tiene aparato. Andalucía, el terreno decisivo en votos y compromisarios de cara al Congreso Nacional del PP, fue terreno de Santamaría, que obtuvo 5.581 votos frente a los 1.663 de Casado. La sorpresa llegó en Madrid, otra de las comunidades más importantes, donde el vicesecretario consiguió un apoyo cerrado.

«Si yo gano, nadie pierde», ha repetido Casado como mantra en cada intervención pública, y han sido muchas. Su omnipresencia en los medios ha resultado más natural que las de Santamaría, que durante mucho tiempo fue alérgica a las cámaras y la tinta. Casado se curtió en tertulias compartidas con Albert Rivera, con Pablo Iglesias, con Alberto Garzón… su perfil televisivo precisamente le concedió la vicesecretaría de Comunicación del PP, desde la que tuvo que poner la cara caso tras caso mientras la corrupción horadaba el partido. «Hablaba de gente que ni conocía», se defiende, para mantener viva una candidatura desde la que descabalgar el favoritismo de las dos ex del Gobierno.