Abdelouahab Taib, el argelino de 29 años que entró blandiendo un cuchillo y gritando “Alá es grande” en una comisaría de Cornellà este lunes, murió de tres disparos realizados por la misma agente de los Mossos d’Esquadra. Uno en la cabeza, otro en el hombro y otro en el muslo. El efectivo policial disparó un cuarto proyectil, que no llegó a impactar en el agresor. La familia del presunto terrorista ya ha anunciado que denunciará al cuerpo por “negligencia”, deslizando que Abdelouahab Taib no fue “abatido” sino asesinado, una versión extendida en las redes sociales para acusar a los Mossos de tener el “gatillo fácil”.

Por los datos que se deslizan de la investigación, parece que morir era precisamente la intención del argelino. La Fiscalía maneja la hipótesis de que Taib buscaba una “redención” ante la comunidad musulmana por la “vergüenza” de su homosexualidad que un año antes le había llevado a romper con su pareja, a la que avisó de su partida hacia “el gran sitio que está arriba”.

Por sus características, el hecho encaja con el fenómeno de los ‘suicidios por policía’ (suicide by cops) tristemente populares en los Estados Unidos. Consisten en desplegar una actitud amenazante ante las fuerzas de seguridad que obligue a los agentes a disparar a matar. En ellos es habitual la presencia de cuchillos, armas de fogueo, cinturones bomba falsos… Algunos estudios manejan que más de un tercio de las muertes por disparos de la policía en Norteamérica se corresponden con este tipo de situaciones. ¿Se podría haber evitado la muerte en este caso? Lo cierto es que es muy difícil.

Cuchillo: un arma letal

Es un mantra asumido en el mundo de la defensa personal: la mejor y casi única manera de defenderse de un ataque con cuchillo es huir, siempre que sea posible. Para una persona corriente entrar en un combate cuerpo a cuerpo va a resultar, en el mejor de los casos, en heridas muy graves. Los asaltos con cuchillos, navajas, machetes o cualquier otra arma blanca son cortos, eléctricos, muy violentos y potencialmente más letales que un enfrentamiento con armas de fuego.

En la inmensa mayoría de los casos, además, la presencia del cuchillo no se detectará hasta que ya se hayan producido los primeros cortes y el agredido se encuentre debilitado. Si cuenta con el factor sorpresa, el atacante puede llegar a asestar entre cinco y siete puñaladas en los primeros cinco segundos de acción. Como la mayoría de la población es diestra, estas cuchilladas anárquicas suelen acabar en el pulmón izquierdo, en el hombro izquierdo y en la parte izquierda del cuello de la víctima. Por eso, lo mejor es olvidarse de películas y, si el espacio lo permite, correr. Si no, la movilidad también es clave en este tipo de situaciones.

Un agente de policía, sin embargo, no puede permitirse el lujo de huir y su obligación es repeler el ataque para protegerse a sí mismo y a los que le rodean. En estas circunstancias, un ataque con arma blanca es una de las situaciones más delicadas a las que se puede enfrentar un profesional.

Un segundo y medio para sacar el arma y disparar

Desde 1983 se utiliza en el ámbito policial la ‘regla Tueller de los 21 pies’, usada habitualmente como técnica de entrenamiento. Es un ejercicio con el que se pretende demostrar el rango de distancia en el que un agente puede repeler de forma efectiva el ataque de un individuo armado con un objeto cortante. Debe su nombre al sargento Dennis Tueller, del departamento de Policía de Salt Lake City, que concluyó que el tiempo mínimo en el que un agente puede sacar su arma y disparar es de 1,5 segundos. En ese tiempo, una persona en un estado de salud normal puede recorrer casi seis metros y medio (21 pies, con el sistema métrico estadounidense).

Un ataque con cuchillo se repele a muy poca distancia, casi en contacto con el agresor y en condiciones extremas de estrés: apuntar es casi imposible

De esta manera, un agente de policía necesitaría darse cuenta de que la persona está armada y con intención de atacar cuando se encuentre a unos 7 metros de él. Aun así, sería físicamente capaz de disparar un segundo y medio después, cuando el contacto y por tanto la agresión ya casi se están produciendo. En otras palabras, se trata de un disparo a bocajarro, prácticamente en contacto con el objetivo, efectuado bajo unas condiciones de adrenalina y estrés en las que apuntar resulta imposible para un agente común. Considerando el ángulo normal de disparo, con el brazo extendido y a la altura de los hombros, lo normal es que esos impactos de bala acaben en la cabeza, el cuello o el pecho del agresor, zonas potencialmente letales.

Esto considerando la aplicación de la ‘regla Tueller’ en circunstancias idóneas, que nunca se producen fuera de un entorno controlado. La mossa que neutralizó a Taib ha declarado que esquivó la primera cuchillada desde su silla y que posteriormente el agresor la persiguió corriendo por un pasillo, por el que ella iba andando hacia atrás mientras le ordenaba detenerse. Al no hacerlo, le disparó cuando se encontraba a un metro de distancia.

En el libro Almas tras la placa, Wayne Ryan escribe sobre la regla Tueller y sus debilidades en la aplicación real: “Existen muchos experimentos que demuestran que los disparos efectuados bajo condiciones de estrés intenso no suelen ser precisos. También está bien demostrado que un único disparo no suele ser inmediatamente fatal ni suficiente para detener al agresor de forma instantánea”. La revista ITS Tactical publicaba hace dos años un artículo profundizando en el tema: incluso aunque el disparo dañe severamente la aorta, un atacante decidido a actuar podría seguir haciéndolo durante al menos cinco segundos más. La agente, que ha prestado declaración este martes, ha señalado precisamente esto: el primer disparo no detuvo el avance del agresor, que seguía blandiendo el cuchillo en alto.

Pese a que el primer instinto es alejarse del cuchillo, la utilización del arma fuerza al policía a estar prácticamente estático, reduciendo sus opciones y su margen de error

En el caso de Cornellà, la regla Tueller es especialmente relevante debido a que se trata de un espacio cerrado, donde las distancias por definición van a ser cortas. La obligación de intervenir y disparar, pese a que confiere una ventaja al policía por la potencia del arma, también es un hándicap: por lo general le impide no sólo huir, sino moverse, ya que la mayoría de los tiradores, incluso los profesionales, están habituados a disparar con los pies firmes en el suelo y no en movimiento. Bajo estas circunstancias y con los datos aportados por la investigación hasta el momento, detener al agresor con tres disparos de cuatro y sin heridos adicionales parece bastante más un éxito que una “negligencia”, como denuncia la familia del fallecido.

Amenaza recurrente

Este tipo de amenazas no son nuevas ni fruto del auge de los lobos solitarios, más o menos conectados con el yihadismo. Uno de los estudios más citados a este respecto es el que condujo en 1992 el experto Darren Laur, para el que utilizó a 85 agentes de policía del departamento de Victoria City. Introdujo en un calabozo a un falso preso que en realidad era un actor armado con un cuchillo sin filo, cubierto de polvo de tiza. Cuando los agentes se acercaban a él por cualquier motivo rutinario, el preso enloquecía, gritaba que les iba a matar y comenzaba a agredirles.

De los 85 agentes sometidos a la experiencia, 82 no fueron conscientes de que blandía un cuchillo hasta después de haber sido atacados y absolutamente todos recibieron puñaladas que habrían sido muy graves o letales, de acuerdo a las marcas de tiza que dejaron en la ropa.

En estos casos, que serían aplicables a la de cualquier cacheo o registro, un oficial no tiene ni siquiera la oportunidad de aplicar la regla Tueller, que puede marcar decisivamente su carrera profesional o su panorama judicial. De hecho, la ‘teoría’ fue originalmente publicada en un artículo de la revista SWAT Magazine bajo el título How close is too close? (“¿Cuánto de cerca es demasiado cerca?”) en el que se presentaba el dilema de quien se defiende con un arma: si dispara demasiado pronto, puede ser acusado de asesinato, y si lo hace demasiado tarde está arriesgando su vida. El experimento pretendía, aunque no lo consiguió con exactitud, definir una “zona de peligro” en la que el atacante representase un riesgo evidente que justificase la acción letal.