El ex presidente Aznar se presentó este martes en la sala donde debía comparecer ante la comisión de investigación sobre la financiación irregular del PP flanqueado por el líder del partido, Pablo Casado, y el secretario general, Teodoro García Egea. Un mensaje inequívoco de que el nuevo PP asume y reivindica su pasado, lo que el joven presidente del PP llamó «orgullo de partido».

Aznar ha pasado de ser casi un apestado durante los años en los que Rajoy controló el PP a ser un dirigente de referencia. La derecha sin complejos, sin disfraz tecnocrático.

Aunque el ambiente de la comparecencia se fue calentando, sobre todo con la intervención del provocador Gabriel Rufián, la atención política, no sólo en la Cámara, sino de los medios de comunicación, estaba centrada en el combate dialéctico entre el ex presidente del PP y el líder de Podemos, que había solicitado expresamente protagonizar el inédito cara a cara.

Pablo Iglesias intervino siempre con calma pero lanzando duras acusaciones contra Aznar, a quien responsabilizó de la corrupción que ha desgastado a su partido hasta mandarle a la oposición tras la pérdida de más de tres millones de votos.

Probablemente a Iglesias le falló un exceso de confianza pero, a medida que transcurría la comparecencia, se veía a un Aznar más seguro de sí mismo, más a la ofensiva. En ningún momento consiguió el jefe de Podemos poner en aprietos al que su partido considera como la bestia negra de la derecha española, no sólo por ser la supuesta X de la corrupción popular, sino por ser el promotor de la guerra, apareciendo junto a Bush en la foto de las Azores.

Ni el Congreso es La Tuerka, ni Aznar es un tertuliano de medio pelo. El líder de Podemos pretendió ningunearle como si fuera un cadáver político y el ex presidente le demostró que está vivo y coleando

Pero, ni el Congreso es un estudio de televisión, ni Aznar un tertuliano de medio pelo. El ex presidente, que sí llevaba preparada su intervención, le paró los pies a Iglesias desde el primer momento. Negó la mayor, que el PP esté condenado por corrupción, sino como partícipe a título lucrativo por actividades de los ayuntamientos de Pozuelo y Majadahonda, y por un montante de poco más de 200.000 euros. Y luego le recordó al presidente de los populistas la financiación que ha recibido su partido de la Venezuela de Chávez y Maduro y el Irán de los ayatolás. Y, a partir de ahí, no dejó de vapulearle. Más parecía que era Iglesias el que estaba sometido al escrutinio de la Cámara por la financiación de su grupo.

Hasta que llegó el clímax: «Usted es un peligro para la democracia y la libertad en España». Ese fue el titular que la inmensa mayoría de los medios digitales recogieron como resumen de lo sucedido tras el bronco intercambio de golpes. Que Aznar le haya quitado el titular a Iglesias, gran experto en imagen, es todo un síntoma.

No se puede ningunear a un político como Aznar, que ha sido presidente durante ocho años y que llevó a su partido desde la casi irrelevancia a la mayoría absoluta. No se puede ir a machacar al contrincante cuando uno tienen tantas vergüenzas que ocultar y cuando se cometen meteduras de pata tan sonoras como afirmar que Zaplana está condenado por blanqueo.

Probablemente, para Iglesias su gatillazo apenas tenga coste interno. Entre sus filas Aznar es poco menos que un delincuente, alguien digno de figurar en la lista de invitados de una fiesta de Donald Trump. Pero el conjunto de los ciudadanos ha podido ver a un político que -equivocado o no- se ha defendido con argumentos y ha reivindicado su gestión sin un ápice de arrepentimiento, convencido de que lo que hizo lo hizo por el bien de su patria.

El conjunto de los ciudadanos ha podido ver a un político que -equivocado o no- se ha defendido con argumentos y ha reivindicado su gestión sin un ápice de arrepentimiento

Para lo que fundamentalmente ha servido la comparecencia del ex presidente del gobierno ha sido para recuperar la autoestima del votante del PP, justo el argumento que le sirvió a Casado para ganar el último congreso contra todo pronóstico.

El PP ya ha sufrido el coste de la corrupción. Los electores le han pasado una elevada factura y algunos de sus líderes más destacados están condenados o sentados en el banquillo acusados de graves delitos. Pero Aznar no ha sido ni siquiera llamado a declarar en los múltiples sumarios que se han instruido o se están instruyendo. El populismo se ha cargado la presunción de inocencia, dañando uno de los pilares de la democracia.  Iglesias trató a Aznar como si fuera un cadáver político y el ex presidente le demostró que sigue vivo y coleando.