Resulta tan incómoda la convivencia en la localidad en la que está destinado por la presión de la izquierda ‘abertzale’ que este guardia civil pone dos condiciones a ‘El Independiente’ para relatar en primera persona cómo es su día a día: no revelar su verdadera identidad ni precisar el nombre del municipio navarro en la que presta servicio. Carlos (nombre simulado) cuenta los días para cumplir los tres años y poder solicitar de forma preferente otro destino, alejado de esa minoría excluyente que busca la expulsión del Cuerpo del País Vasco y Navarra y que envenena la vida en este pueblo tranquilo. “Sólo deseo poder ser yo mismo”, clama este agente.

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“Por mucho que se vea en el telediario o cuenten los informativos, no se sabe lo que es esto hasta que no lo vives. Esto es como si estuvieras en una prisión, encerrado entre muros. Ésa es la sensación que llegas a tener viviendo en este lugar. Yo sabía a donde venía, pero hasta que no estás aquí…

La vida es difícil aquí porque no puedes hacer vida con nadie en el pueblo. Depende del sitio, no puedes ir a comer, a tomar un café… Porque te sientes despreciado, observado. La vida se limita al cuartel y, quien no tiene niños, está deseando tener unos días libres para irse a su casa -fuera del pueblo- a desconectar.

No se sabe lo que es esto hasta que no lo vives. Es como si estuvieras en una prisión, encerrado entre muros”

Yo tengo amigos y conocidos en el pueblo, pero no puedes quedar con ellos las veces que te gustaría para no perjudicarles en su día a día. A los que tienen hijos en el colegio los saludan los padres de otros niños, pero no les dicen: ‘Vamos a ver el fútbol o vamos a tomar un café’. Y así vas aguantando hasta que pase el tiempo y puedas cambiar de destino.

Porque, aquí, los agentes están de paso. Están unos tres años y, en teoría, luego tienes preferencia para irte a tu casa si sale destino donde tú quieres. Hay compañeros destacados en cuarteles de la Guardia Civil del País Vasco y Navarra que tienen mejor relación con los ciudadanos y no tienen problemas para hacer vida en el pueblo. En otros puestos, no. Vas al bar y no te hablan. Te sirven el café y nadie te saluda. Te miran mal y no te dan conversación. Te reconocen rápidamente que eres guardia civil, en muchos casos por el acento.

Desde la distancia, viví con terror lo que les sucedió a dos compañeros y a sus parejas cuando hace ahora dos años entraron en un bar de Alsasua. Nunca imaginé que eso pudiera ocurrir a estas alturas, con ETA ya desmantelada. Que fueran perseguidos cuando salieron para distraerse un rato por ser guardias civiles es difícil de encajar en pleno siglo XXI.

Aunque afortunadamente ése fue un episodio aislado, no creo que psicológicamente compense estar en algunos pueblos del País Vasco y Navarra aunque se pague un plus. Estar aquí te cambia la vida, te cambia tu forma de ser. Eso lo notan tus familiares y amigos cuando vas a visitarlos.

Algunos hijos de compañeros se dan cuenta de que no se quiere a la Guardia Civil y de que nos gritan para que nos vayamos”

Aquí, en estos pueblos, hay gente que pasa por la puerta del cuartel y te saluda. Te dan conversación o te llaman por teléfono y te agradecen que estés aquí, pero no lo pueden demostrar en el pueblo porque la minoría tomaría seguramente represalias contra quienes apoyan a a la Guardia Civil y a España. Yo entiendo la situación y así se lo digo cuando hablo con ellos. Si se enfrentan a esos riesgos, es normal que no te saluden abiertamente.

Algunos hijos de compañeros del Cuerpo se dan cuenta de esta situación, de que no se quiere a la Guardia Civil en el pueblo y de que nos gritan para que nos vayamos de aquí. Eso es muy duro. Sólo deseo que pasen rápidamente los días para poder pedir traslado e irme a mi tierra. Sólo deseo poder ser yo mismo y, si me apetece, ponerme la camiseta de España. Es triste, pero eso no se puede hacer en estos pueblos. Y es una pena porque en el pueblo hay una mayoría de gente muy buena que quiere a los guardias civiles, a sus mujeres e hijos. Hay que ponerse en su lugar. Y les comprendo”.