El máximo dirigente de Google, Sundar Pichai, antes de declarar en el Congreso. EFE

Política

Trump sólo quiere a Amazon

Por norma general, cuando uno dirige una empresa que vale cientos de miles de millones en bolsa, que emplea a decenas de miles de personas en todo el mundo y que es esencial en la vida de millones de personas, no le gusta que le den ordenes. Y mucho menos que lo humillen en público.

Ser el máximo dirigente de empresas como Google, Amazon o Facebook equivale a ser presidente de un país. De un país grande. La red social creada por Mark Zuckerberg cuenta con 2.200 millones de usuarios que entran en su cuenta al menos una vez al mes y su capacidad de influencia es prácticamente inigualable a escala mundial.

Algo similar ocurre con Google, el mayor buscador del mundo y uno de los dominadores de internet. Su poder es inmenso, no en vano saben en tiempo real donde estamos cada uno de nosotros. ¿Abres internet en el móvil? Lo saben. ¿Pagas con tu tarjeta? Lo saben. ¿Google Maps? Lo saben. Siempre lo saben.

Sin duda alguna, los Gobiernos tratan de controlar a sus ciudadanos todo lo que pueden, pero está por ver que consigan hacerlo de manera más efectiva y, sobre todo, con la conveniencia de los propios afectados. Por eso, el CEO de Google o el fundador de Facebook tienen el rango de jefe de Estado. Y no les gusta que nadie les interrogue, les saque los colores y les diga cómo y qué tienen que hacer.

Resulta que ambos dirigentes han tenido que pasar por el Congreso para dar explicaciones de lo que hacen. Zuckerberg, fundador y CEO de Facebook, tuvo que hacerlo tras el escándalo de Cambridge Analytica, en una suerte de road show del perdón con una esperpéntica aparición en el Parlamento Europeo incluida, mientras que Sundar Pichai, su homólogo en Google, compareció esta misma semana con China como gran protagonista.

Ante el Congreso

«Google manipula las noticias para que sólo aparezcan las malas, sobre todo las fake news de la CNN. Google está suprimiendo las voces de los conservadores y ocultando las buenas noticias. Controlan lo que podemos y no podemos ver. Es una situación muy seria y hay que encargarse de ella». Esas palabras, criticando abiertamente a una de las empresas más importantes del mundo, sólo podían salir de la cuenta de Twitter de Donald Trump.

El presidente de Estados Unidos escribía esto hace apenas unos meses, acusando a Google de tocar el algoritmo de búsqueda para favorecer a la prensa crítica con su Administración. Más allá de los habituales arranques de Trump en Twitter, estas palabras muestran que el comandante en jefe no está nada contento con Pichai y sus muchachos. Y menos desde que ha decidido reeditar la Guerra Fría, esta vez con China como antagonista.

Tras unos días en Washington, incluyendo una reunión con otros líderes tecnológicos en la Casa Blanca para hablar de 5G, Pichai tuvo que pasar por el estrado para contestar a las preguntas de los parlamentarios estadounidense que forman parte del Comité de Justicia.

El protagonista de la sesión fue, más que Pichai, el programa Dragonfly (Libélula), nombre en clave que se le ha dado al proyecto con el que Google pretende volver a China. El pasado mes de agosto los empleados de la compañía, descontentos con la gestión filtraron a la prensa que Google estaba retocando el algoritmo de su buscador para satisfacer las demandas de Pekín en cuanto a censura.

De esa manera conseguirían desembarcar en el ansiado mercado chino, con lo que eso supondría para sus cuentas y, además, para su influencia. «Ahora mismo no hay ningún plan para aterrizar en China», decía Pichai, asegurando que si cambia de opinión será «totalmente transparente con ello».

En el punto en el que están las relaciones en China, en medio de acusaciones de espionaje, de detenciones de la directora financiera de Huawei y de imposición de aranceles al comercio, seguro que a Trump no le sienta nada bien que Google doble la rodilla ante Xi Jiping, su gran rival en el conflicto.

Los congresistas, en su interrogatorio, tampoco quisieron dejar pasar la oportunidad de caricaturizarse ellos mismos una vez más. Siempre que una personalidad importante del mundo tecnológico pasas por el Congreso los parlamentarios tratan de hacer valer su posición, intentando intimidar a alguien que tiene mucho más poder que ellos. La situación, de cómica, se vuelve casi trágica.

Steve King, congresista republicano por Iowa, preguntó a Pichai durante su turno por qué su iPhone mostraba imágenes negativas del propio King cuando su nieta de siete años jugaba con el. «Congresista, los iPhone los fabrica otra compañía». Las risas de la bancada demócrata llegaron a escucharse incluso en la retransmisión vía streaming. Dramático.

La comparecencia de Mark Zuckerberg fue bastante más incomoda que la de Pichai. Tras conocerse que la filtración masiva de datos de sus usuarios habían influenciado en comicios tan importantes como el Brexit o las presidenciales de Estados Unidos, el creador del Imperio Facebook acabó por reconocer que incluso había colaborado con el fiscal Robert Mueller, que investigaba la injerencia rusa en las elecciones.

Según se supo tiempo antes de que Zuckerberg declarara, Cambridge Analytica obtuvo los datos de 87 millones de personas, con los que elaboró un modelo para predecir y modificar el rumbo de su voto en favor, en teoría, de Donald Trump y del al Brexit.

Ok a Bezos

Mientras Zuckerberg y Pichai están entretenidos con idas y venidas de Washington a Silicon Valley, Jeff Bezos sigue muy tranquilo en su cuartel general de la lluviosa Seattle, en la costa noroeste del país.

El CEO y fundador del gigante del comercio electrónico fue muy criticado por Trump en los primeros meses de la legislatura, por las críticas que recibía de The Washington Post, propiedad de Bezos a nivel personal, pero sus últimas políticas de favorecer el empleo interior han provocado que el presidente le vea con otros ojos.

La instalación en Long Island y en Virginia del conocido del segundo cuartel general de Amazon en Estados Unidos ha sido un proceso complicado, con docenas de ciudades presentando sus planes para acoger la fuerte inversión, y los miles de empleos, que suponía llevarse el premio gordo.

El plan de Bezos para instalar en casa su segunda gran oficina ha recibido la bendición de la Casa Blanca, aprovechando para recodar que Amazon «tiene que pagar muchos más impuestos». Eso sólo podrán hacerlo si siguen dentro de EEUU, y no fuera de sus fronteras en busca de unas normas fiscales más cariñosas.

Las cifras del acuerdo para establecer su nueva sede -o al menos la mitad de ella- en Long Island deberían servir para poner a Bezos en el Olimpo de los negocios. La ciudad ha puesto sobre la mesa 2.980 millones de dólares, poco más de 2.600 millones de euros, para atraer los entre 25.000 y 40.000 nuevos puestos de trabajo que generará. De media, unos 48.000 dólares, casi 42.500 euros, por empleo.

A eso hay que sumar la construcción de 62.000 apartamentos para acoger a estos trabajadores que, de media, tendrán un sueldo anual de 150.000 dólares, casi 133.000 euros. En dichas obras participarán más de 1.300 trabajadores.

El negocio para la ciudad, para el estado, para el país y para el propio Bezos es redondo. Además, contenta a un presidente que, bien es cierto, cualquier día puede cambiar de opinión y recuperar su costumbre de tuitear contra The Washington Post y contra su dueño. El humor de Trump es inescrutable.

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