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Política

Más Madrid, menos siglas

Los partidos políticos, como los botones para que se pongan en verde los semáforos, tienen un gran componente de placebo. Aunque a menudo sean inútiles, transmiten al ciudadano una placentera sensación de control sobre el funcionamiento de lo que le rodea.

No siempre fueron placebo. Ni los partidos ni los botones. Hubo un tiempo en que ambos gozaban de buena reputación. Pulsar uno de esos chismes en los pasos de cebra inicialmente sí que servía para cruzar más rápido. Pero a medida que se fueron estropeando, sobrevivieron en el paisaje urbano tanto por la inercia como por el coste que supondría eliminarlos. Y ahí siguen. Los botones y los partidos.

Algunos estudios demuestran que aun estando estropeados (los botones, digo), pulsar su mecanismo de cruce ofrece beneficios: la gente tiene menos probabilidades de pasar en rojo si cree que su gesto es tenido cuenta. Es decir, obedecemos más las normas de convivencia cuando creemos que se está prestando atención a nuestras demandas. El problema llega cuando el ciudadano se da cuenta de que lo están engañando. De que no le están teniendo en cuenta realmente. Y ahí es cuando brota la frustración.  Y sus consecuencias.

Los partidos políticos, como los botones para que se pongan en verde los semáforos, tienen un gran componente de placebo

Con los partidos políticos pasa parecido. A los votantes, como a los peatones, también nos gusta la sensación de control sobre los sistemas que regulan nuestra vida. Y las formaciones ayudan a ordenar la participación ciudadana. Sin embargo, a medida que se ha ido corriendo la voz de que los partidos, como los botones, tampoco funcionan haciendo caso a sus bases, surge una frustración que va desgastando su imagen. La clase política es percibida en el último barómetro del CIS como el segundo problema del país, solo por detrás del paro.

Como reacción al malestar con los partidos, están surgiendo nuevas iniciativas que tratan de deshacerse del sambenito que arrastra la mala imagen de la política. Tener un partido antes era sinónimo de fortaleza. Ahora parece que en algunos contextos penaliza.

Es el caso de Podemos en la capital. La alcaldesa Manuela Carmena ha roto relaciones con Podemos para crear la plataforma Más Madrid en el Ayuntamiento. Y en Podemos tratan a duras penas de reponerse al terremoto interno que ha supuesto que Íñigo Errejón prefiera optar con esta marca a la presidencia de la Comunidad en vez de bajo el paraguas de la formación morada, convertida en apenas cinco años de existencia en una estructura tradicional muy desgastada. El corsé del partido morado empieza a percibirse como un lastre en algunas encuestas y, con el objetivo de no desmovilizar al votante decepcionado con Podemos, Errejón se la juega a la estrategia de las confluencias que lo atomizan en múltiples marcas de cara a las elecciones de mayo.

El fenómeno no es solo cosa de Podemos. En Francia, Macron ganó las elecciones presidenciales con En Marcha, un movimiento que también surgió de la nada y en tiempo récord como plataforma transversal. Para las próximas elecciones europeas, el nuevo movimiento de los chalecos amarillos ya han anunciado que van a presentarse con su propia plataforma anti-Macron. Y los partidos tradicionales van perdiendo tirón.

“En la actualidad mucha gente ya no ve la necesidad de los partidos y ha dejado de militar en ellos porque ni siquiera está bien visto hacerlo”, afirma Giselle García Hípola, profesora de Ciencias Políticas y de la Administración de la Universidad de Granada. “No parece que militando estés contribuyendo en algo de forma altruista a la sociedad, sino buscándote la vida, ganándote un puesto. Si quieres hacer algo por la sociedad o ser visto como solidario no te alistas a un partido sino a una ONG”. Y añade: “La mejor prueba es que como ahora la identificación con partidos es menor, los fichajes estrella de los partidos son gente de fuera de la política”.

¿De qué es síntoma que se diluyan las siglas de los partidos en movimientos? “Si surgen alternativas de representación política, ya sean nuevas marcas o nuevos partidos, es porque los partidos no responden a las demandas de los ciudadanos o los ciudadanos no perciben que lo hagan”, explica Marta Rebolledo, subdirectora del Master de Comunicación Política de la Universidad de Navarra. “Hay una desconfianza creciente hacia los políticos y como consecuencia hemos visto el auge de los outsiders de la política que triunfan”. Y añade: “Las estructuras tradicionales ya no se perciben como útiles por los ciudadanos, estos perciben que el interés de los partidos se reduce más en ganar poder que en velar por sus intereses”.

Así explicaba esta semana Manuela Carmena, la alcaldesa de la capital y principal impulsora de  Más Madrid, las razones para optar por este tipo de plataforma en su entrevista con Carlos Alsina en Onda Cero: “Hay una evolución sobre lo que son partidos. A veces cuando oigo el concepto de ‘la militancia’, pienso: “Qué término más militar”. El partido puede ser un intermediario, no puede ser un elemento directo de intervención”.

Partidos colección de primavera-verano

¿Son estas plataformas una moda pasajera? “Es posible que esta tendencia a que surjan nuevas marcas de quita y pon en la política vaya para largo o, al menos lo que es seguro es que hay que tomarla en serio”, afirma Rebolledo. “El reto de estas plataformas es que si quieren ser relevantes en la realidad política tienen que organizarse. Está claro que la forma de llamar la atención para lograr espacio mediático y recoger intereses va cobrando nuevas formas en la era digital”.

La proliferación de nuevas plataformas aparece con la crisis de afiliación tradicional a los partidos, que pasa por sus horas más bajas. Hasta la elección de Pablo Casado como sucesor de Mariano Rajoy, el PP no confrontó con la realidad su teórica cifra de casi 900.000 afiliados de los que presumía desde tiempos de José María Aznar. Y la realidad supuso que solo el 7,6% del censo se inscribió realmente para votar su nuevo presidente (unos 66.000 militantes).  La mitad que los socialistas que votaron cuando Pedro Sánchez recuperó la Secretaría General del PSOE (150.000). Y del medio millón de inscritos de los que presume Podemos, apenas 155.000 votaron en las primarias de Vistalegre II (aunque la cifra de inscritos activos habitualmente es mucho menor). En Ciudadanos la cifra ronda los 7.000, si tomamos como referencia los militantes que participaron en las primarias de 2017.

No significa esto, sin embargo, que sea irremediable la caída de interés en los partidos ni que vayan a tener un gran éxito electoral este nuevo tipo de plataformas o movimientos ciudadanos, que para muchos no son más que el mismo perro con distinto collar.

“Macron monta un movimiento porque no tiene otra alternativa”, afirma Luis Arroyo, consultor de comunicación y director de Asesores de Comunicación Pública. “No creo que sea un síntoma de los tiempos, sino una respuesta a la necesidad de adoptar la forma de partido político porque para entrar en el sistema tarde o temprano es imprescindible”.

La ventaja de la estructura

Las plataformas tienen la ventaja de nacer con un interés concreto a medida del momento. Una idea con la que están muy comprometidas. Atraen atención con un mensaje muy fácil de entender y con el que empatizar. “Son marcas efímeras muy contextuales que nacen para dar respuesta a una necesidad”, añade García Hipola. ” En parte viene del desgaste de los partidos que se produce cuando los ciudadanos perciben que sus estructuras funcionan más pendientes de sus intereses que de las demandas de sus votantes”.

Para Arroyo las plataformas de Podemos tampoco son una novedad. “No veo tanta revolución en las formas, como una necesidad. Dada la premura con la que nace un partido como Podemos y la sorpresa de los cinco escaños en las elecciones europeas, tienen que organizarse rápidamente para concurrir a las elecciones generales, por eso toman la decisión estratégica de no limitarse a la marca Podemos para asociarse a que cualquiera que les convenga. Pero en cuanto tienen que crecer adoptan fórmulas de partido. Podemos lo puede llamar Consejo Ciudadano, pero es un Comité Federal como el socialista o una Junta Directiva nacional como tiene el PP”.

Como si de la colección de partidos de primavera-verano se tratara, proliferan en las elecciones locales y en las europeas nuevas marcas cada vez con más tirón. Las plataformas tienen la ventaja de poder adaptarse mejor a las necesidades de cada municipio o región. La facilidad con la que nacen estos movimientos es un síntoma de cómo con internet está cambiando la política. “Es otra manera de representación política”, apunta Rebolledo. “Necesitaremos tiempo para ver si cuaja y cuáles son sus ventajas y problemas, pero es evidente que la facilidad para comunicarse y movilizar transforma el activismo. El error de los partidos tradicionales ha sido actuar mirando este fenómeno por encima del hombro sin tomárselo del todo en serio. Deberían entender que hay un caldo de cultivo a nuevas formas de hacer política y preguntarse por qué están surgiendo. Si ellos no convencen, los ciudadanos buscan alternativas”.

La ventaja de las plataformas para ganar adeptos a nivel local se convierte en desventaja en el ámbito estatal, donde sin estructura es más complicado hacer política. “Al final, tarde o temprano, necesitan órganos de decisión”, afirma Arroyo, que no ve que el Mas Madrid de Carmena y Errejón sea tan innovador. “Ha habido toda la vida movimientos personalistas aparentemente innovadores que luego si quieren convertirse en alternativa política duradera y estable necesitan una estructura tradicional sometida a estructuras casi militares.

“Los partidos no van a desaparecer tan fácilmente”, afirma García Hipola. “Llevan resistiendo las dinámicas políticas desde el siglo XIX. Cambian los nombres y las funciones pero de alguna forma se mantienen. El desgaste viene más del contexto, pero los que se adapten pueden salir reforzados”.

“Tengo muchas dudas de que esto lo pueda cambiar internet”, añade Arroyo. “No estoy tan seguro de que los partidos se estén quedando obsoletos. Al final la toma de decisiones colectivas sigue necesitando un aparato. No creo que el ser humano haya cambiado tanto en los últimos 10 años con respecto a los 20 siglos anteriores.”

No todos los partidos se adaptan y sobreviven. El caso más reciente de desaparición es el de IU, que como formación se ha diluido en Podemos, que a su vez ha empezado a diluirse a sí mismo en su última implosión. “Y quién nos iba a decir que un partido con la tradición del Partido Comunista dentro de IU podía desaparecer”, añade Hipola. “Podemos ya no sabe quién es y a Izquierda Unida le ha pillado en medio del torbellino. ¿Y qué hacen sus votantes? Pues están confundidos, igual que mucho votante del PP ya no sabe si irse a Vox. El riesgo de diluirse en nuevas marcas todo el rato es que luego tu votante de toda la vida, lo mismo el comunista que el de derechas de toda la vida, ya no sabe a quien votar”.

En cada convocatoria de elecciones cada vez será más frecuente que pueda surgir con fuerza nuevas plataformas que entren y salgan de la escena política en función del estado de ánimo y las necesidades de la opinión pública. “Ahora la última sorpresa en las elecciones andaluzas ha sido Vox, pero en las próximas pueden ser Los Verdes”, afirma García Hipola. “Desde 1985 estábamos acostumbrados a ver siempre las mismas siglas, los mismos partidos, salvo algunas excepciones. La tendencia ahora será a encontrarnos que cada vez que haya elecciones lleguen partidos diferentes que pueden dar la campanada”.

Al final la paradoja es que para perdurar hay que pasar por el aro de crear una estructura. La estructura tradicional da lentitud y genera desafección, a medida que la ideología tradicional se ha ido diluyendo. Sin embargo, al final los partidos tienen la gran ventaja de evitar que cuando llega una gran crisis se caigan sus pilares. Cuando no se ha hecho la transición de plataforma a partido es más difícil transmitir estabilidad, que es lo que le está pasando a Podemos. De tanta marca blanca se está desmoronando en sus propias confluencias. 

Cruzar en rojo

“Esta crisis debiera servir para que los partidos tradicionales abran las ventanas y se adapten mejor a lo que viene”, dice Hipola. “O entienden esto o nos esperan momentos complicados. Al PSOE le interesa un partido conservador fuerte y al PP le interesa unos socialistas fuertes. Están condenados a entenderse, pero si dejan mucho vacío lo van a seguir copando nuevas formaciones cada vez más atomizadas que dificultan gobernabilidad”.

Las nuevas plataformas que surgen como alternativa a los partidos son un síntoma más del descrédito de las instituciones. “El problema es si la gente empieza a cuestionarse no solo la calidad de los partidos sino por la calidad de la democracia, el descrédito generalizado perjudica la sociedad”, advierte Hipola.

Pasa como con los botones para cruzar los pasos de cebra. En cuanto en internet se corrió la voz de que son un placebo, se ha extendido la sospecha sobre todos los semáforos. También sobre los que funcionan. Cuenta Ralf Risser, director del instituto vienés Factum en The Economist, que el resentimiento por el engaño de los botones supera ya ese beneficio que solían tener como placebo para el civismo en el comportamiento de los ciudadanos. Muchos reaccionan a su frustración saltándose el semáforo en rojo. Con el riesgo que eso supone. El descrédito es malo para el tráfico y para la democracia.

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