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El antídoto a los antisistema

Política

El antídoto a los antisistema

Hace 20 años los antisistema que salían en las portadas de los periódicos eran jóvenes que apedreaban McDonalds, de Seattle a Génova, pasando por Porto Alegre, en protesta contra las cumbres del G-8 y la enemiga globalización, acusada entonces de oprimir al tercer mundo.

Los nuevos antisistema de los que hablan ahora los medios, quién lo hubiera imaginado entonces, están llegando al poder en el G-8 precisamente agitando la nueva antiglobalización, más preocupada por cerrar fronteras.

En Génova manda La Liga de Matteo Salvini, que amenaza con sacar a Italia del euro y expulsar del país a todo aquel que carezca de papeles y a los gitanos, ha dicho, si pudiera. Y en el Brasil que antes albergaba los Foros Sociales anti Davos, ahora el favorito en llegar al poder es el ultraderechista Bolsonaro, que arrasó en la primera vuelta de las elecciones con consignas abiertamente racistas. Admira Bolsonaro al presidente Trump, que ya lleva dos años en la Casa Blanca. A ella precisamente llegó el multimillonario declarándose enemigo del sistema y de la inmigración ilegal, un mensaje que ha creado escuela más allá de sus fronteras.

“Son antisistema aquellas fuerzas políticos que ponen en el centro de su programa las críticas al sistema político en el que operan», explica el politólogo José Fernández Albertos. «Eso tienen en común desde Trump a Podemos, el Movimiento 5 Estrellas italiano y los populistas xenófobos del centro y este de Europa”. No comparten las recetas para el cambio, pero sí querer cambiarlo todo.

Este doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Harvard y científico del CSIC, acaba de publicar Antisistemas (Ed. Catarata, 2018), un libro en el que analiza el resurgir en nuestras democracias de estas fuerzas populistas. Evita llamarlos así «porque populismo se ha vaciado de significado de tanto usarlo». Lo crucial en su análisis no responde a las tradicionales izquierdas y derechas, sino a dónde puede llevarnos el desapego a los partidos tradicionales en las democracias occidentales, cómo hemos llegado aquí y, lo que es más inquietante, dónde puede llevarnos.

También Carmen González Enríquez, investigadora del Real Instituto Elcano experta en migraciones y Opinión Pública, opina que «populismo es una palabra inútil por el uso excesivo de los últimos años. Aunque advierte de que «no es buena idea meter en el mismo saco a Bolsonaro y la extrema derecha sueca, no tienen nada que ver».

De Italia a Suecia

Esta semana, Salvini se reunió en Roma con la francesa Marine Le Pen para crear una alianza de ultraderechas a escala continental con la que llaman, como todo populista que se precie, a una «revolución democrática». No están solos. En Holanda, la extrema derecha sin remilgos la dirige Geert Wilders; en Hungría, su primer ministro Víctor Orban. Y también la extrema derecha avanza por el este en Rumanía y Polonia, y por el norte en Alemania y Suecia, donde los Demócratas Suecos, abiertamente xenófobos, pasaron en las recientes elecciones de ser una fuerza residual a la tercera fuerza en el Parlamento.

«Estos partidos antisistema están causando terremotos en las democracias parlamentarias occidentales, que tenían sistemas de partidos fuertes pero están en plena redefinición», advierte Albertos. «Y estos terremotos van a seguir sucediendo, porque el núcleo de votantes del que se nutren estos partidos para ser exitosos son ciudadanos que se sienten excluidos del sistema político, como consecuencia en parte de la crisis económica de la última década y la crisis de sus instituciones».

Los oprimidos de la globalización resulta que estaban en occidente, no fuera. Y tienen un enfado que los convierte en lo que Albertos llama «precariado político», una masa de votantes que siente que no tiene nada que perder y a medida que se defrauda le va perdiendo el miedo a un cambio radical.

En el sur los populismos culpan a la globalización, y en el norte al extranjero. Buscan un enemigo externo»

«En el sur los populismos echan la culpa a la globalización y en el norte al extranjero», explica Víctor Lapuente, doctor por la Universidad de Oxford y actualmente es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Gotemburgo, «pero comparten la idea de un enemigo externo culpable de todos los males contra el que luchar con recetas simplistas y difusas».

Es la consecuencia colateral del empobrecimiento de las clases medias, que tradicionalmente han sido siempre políticamente adversas a cambios bruscos y el desorden. A medida que ha crecido el desencanto, lo ha hecho también el desapego al sistema. La teoría de Albertos para explicar el creciente apoyo a estos partidos extremistas en las democracias occidentales está en los coletazos de la crisis económica. «No siempre los más agraviados económicamente dan apoyo a estas políticas, pero hay una correlación entre la percepción de un mercado laboral incierto y la percepción de falta de oportunidades», apunta Albertos.

En Europa, el caso más preocupante es el italiano. No en vano es uno de los países fundadores de la Unión Europea en el que «Gobierno de Salvini está tomando medidas contestatarias con el orden establecido, uniendo la extrema derecha y la extrema izquierda contra la UE,  con un apoyo popular cada vez mayor y sostenido», advierte Albertos.

Vox, la excepción a la excepción española

En España, a diferencia de Italia, hay un alto apoyo al sistema para la virulencia de la crisis que hemos sufrido. «Tanto el apoyo a las instituciones como a la Unión Europea sigue siendo alto», apunta Albertos. En España, los únicos partidos que entrarían en su definición de antisistema son Podemos y el incipiente Vox, aunque reconoce que este último, pese a la reciente atención mediática, es demasiado minoritario para estar en el radar.

“Ahora mismo no es muy preocupante», apunta Albertos. «No parece que Podemos tenga la capacidad ni la voluntad de alterar el orden político actual y no hay ninguna otra fuerza antisistema que aspire a ser relevante en las próximas elecciones”.

Sin embargo, las últimas encuestas apuntan a un avance de Vox que, pese a ser todavía un partido residual, podría llevarlo al Parlamento Europeo en las próximas elecciones. «También llegó Ruiz Mateos en 1989», apunta González Enríquez relativizando el fenómeno de Vox, un partido cuyo líder aseguraba la semana pasada en un mitin con 10.000 personas en Vistalegre que le llamen facha «es una medalla».

“Que no hay un partido de ultraderecha tan fuerte como en Europa, es porque partidos como PP han integrado a grupos marginales nostálgicos del fascismo”, afirma Ángeles Díez, profesora de Sociología de la Universidad Complutense, experta en movimientos sociales y conflicto político. “Con el conflicto catalán, han emergido todos estos sectores hasta ahora muy marginales, nostálgicos del fascismo que no se encuentran cómodos con que el Estado haya optado por la vía legal del 155 y les parece poco dura. Ni PP ni Cs contentan a este electorado, y Vox puede canalizar grupos marginales que hasta ahora eran residuales».

Una de las claves sociológicas de por qué tienen éxito los partidos de discurso xenófobo es porque, «a diferencia de discursos de otros tipos de antisistemas contra el capitalismo o contra la UE, el discurso anti inmigración en el corto plazo no genera miedos», apunta Albertos. «Es un activo electoral para los antisistema de derechas frente a los de izquierdas». Eso explicaría por qué en Europa están triunfando los primeros como reacción al malestar, pero no por qué son tan minoritarios en España.

Sin embargo, el apoyo a la extrema derecha abiertamente xenófoba no tiene en España el apoyo electoral que ha logrado en otros países europeos. «La extrema derecha se alimenta tanto de un rechazo a la inmigración como en la incertidumbre laboral y económica del votante», afirma Víctor Lapuente. «En España, gracias en parte a que la familia ha hecho de red, hay menos desarraigo que en el norte y, además, el recuerdo del franquismo es relativamente reciente». Además, los españoles tienen reciente cuando los inmigrantes éramos nosotros. Ser un país suficientemente próspero como para ser receptor es algo relativamente reciente (aún no hay una tercera generación de inmigrantes como en el norte de Europa) y al haber sido mayoritariamente latinoamericana, contienente con el que además de lengua se comparte religión, el choque cultural es menor.

«Si Vox logra salir del papel marginal que tiene actualmente, dependiendo de cómo le vaya en las elecciones europeas, veremos si es un partido de extrema derecha clásico que se nutre de las clases medias pequeñoburguesas de las ciudades o si se convierte en un partido populista xenófobo al estilo de la Europa continental, que atraiga antiguos obreros que se sienten expulsados del sistema». Es decir, veremos si Vox crece en la dirección de Frente Nacional (obrero de clase media baja que representa a los perdedores de globalización), o al Brasil de Bolsonaro, que está seduciendo según muestran las encuestas a las clases medias acomodadas urbanas y blancas, contrarias a las políticas de izquierdas, en busca de un orden liberal que les promete más orden y más mercado. 

Antídoto para los antisistema

Aunque es innegable el avance de estas fuerzas abiertamente contestatarias, tanto de lo que los politólogos consideran en sus encuestas tanto extrema izquierda como de extrema derecha, Albertos llama a la calma. «Es difícil que tomen el poder en las sociedades ricas, porque hay suficiente población resistente al cambio».

La inercia, no exenta de riesgos para la democracia liberal de natural tolerante, es esperar a que el sistema meta en vereda estos partidos por sí mismo. A la larga, dicen los más optimistas, sus propuestas chocarán con la realidad y a la hora de la verdad acabarán no siendo tan antisistema como prometían.

«¿Podrá Trump llevar su agenda rupturista a dejar cicatrices en el largo plazo en el sistema democrático estadounidense y la separación de poderes?», se pregunta Albertos, «¿O será simplemente una presidencia vista a la larga como una anomalía en las formas que no haga tambalearse el sistema?». Todavía no tiene la respuesta, pero reconoce que en Estados Unidos el debate está a la orden del día entre los politólogos. También en Europa, donde la separación de poderes va desapareciendo en países como Polonia y Hungría, que ha llevado a la UE a temer por la deriva autoritaria de sus mandatarios.

La desaparición de la separación de poderes en Polonia o Hungría preocupa a la Unión Europea

En España, el caso paradigmático de los antisistema de boquilla sería el de Podemos, «que ya es izquierda tradicional», afirma González Enríquez. El partido de Pablo Iglesias acaba de firmar con el presidente Pedro Sánchez unos presupuestos socialdemócratas prometiendo que cumplirán con la senda del déficit que exige la disciplina de Bruselas, de la que renegaba cuando entró en política. «Los partidos en la oposición olvidan el principio de realidad y hacen promesas imposibles para atraer votantes insatisfechos, pero cuando llegan al poder tienen que limitarse a lo posible», apunta la politóloga del Instituto Elcano. «En las regiones en las que gobierna el Frente Nacional francés, también han terminado por gobernar en los parámetros del stablishment«.

A medida que van ganando poder los partidos más alejados del centro político, continúa aumentando la inquietud de qué pasará si finalmente alcanzan el poder y no se moderan. El antídoto más eficiente para frenar el extremismo, según Albertos, «sería reducir la precariedad, tanto económica como política».

«Hay que volver al reformismo», apunta Lapuente. «El mayor peligro está en el inmovilismo. No me preocupa que vayan a quebrar los sistemas democráticos como en los años 30, el problema es la parálisis del sistema para arreglar sus problemas. Salvo Macron en Francia, que encima está en mínimos de popularidad, no hay iniciativa para hacer reformas. La Unión Europea debería ser la solución, proponiendo iniciativas, pero hay falta de liderazgo».

Paradójicamente, la Unión Europea ha pasado de ser el antídoto de estos extremismos a uno de sus altavoces principales. Es en las elecciones europeas en las que los partidos extremistas logran su primer escaparate electoral y, de paso, acceso a financiación pública cuando entran en el Parlamento Europeo. Eso hicieron primero Salvini y Le Pen, también el Ukip británico y un largo etcétera de partidos antieuropeos que antes de lograr un hueco en la política nacional entraron en las instituciones de la la UE para atacarla desde dentro. En las elecciones europeas de la próxima primavera, Vox espera sacar una representación que le sirva de trampolín, como Podemos cuando en 2014 logró estrenarse con cinco eurodiputados (frente a los dos que obtuvo Ciudadanos).

La UE tiene que tomarse el asunto muy en serio, porque el problema de la inmigración no desaparecerá

Uno de los asuntos fundamentales en los que urgen medidas a nivel europeo, según la experta González Enríquez, es precisamente la inmigración. «La Unión Europea debería tomárselo muy en serio, porque el problema no va a desaparecer y hace falta una acción conjunta, porque con medidas a nivel nacional no hacemos nada.

«Se puede reenganchar a la gente a la política dentro de los márgenes tradicionales haciéndola copartícipe de las decisiones para canalizar la frustración», sugiere Albertos. «Habría que perderle el miedo a experimentar con fórmulas de democracia directa, porque los mecanismos tradicionales de influencia no están funcionando».

A la crisis de los partidos de centro izquierda y centro derecha tradicionales, se suman también la pérdida de influencia de instituciones intermedias del pasado, que en el siglo XX fueron fundamentales en la vida política, como por ejemplo los sindicatos e incluso las parroquias. «Creo que no le hemos dado importancia al papel que cumplían estas instituciones», afirma Albertos. «Estas han ido desdibujándose y no han surgido sistemas alternativos. Aquellas instituciones puede que no sirvan ya, pero a lo mejor hay que crear otras fórmulas para que la gente sienta que su voz está siendo escuchada».

El surgimiento de Vox tal vez no sea más que un exponente más de la fragmentación del panorama político español, nueva en el caso de la derecha que desde 1989 se fue condensando en el paraguas del Partido Popular. «En Suecia, un país de 10 millones de habitantes, hay tres partidos de izquierda, cuatro partidos de derecha y uno de ultraderecha», apunta Lapuente. A lo mejor simplemente hay que irse acostumbrando a negociar.

Sin embargo, si la desigualdad continuara en aumento, reconoce Albertos que no es posible saber hasta dónde pueden llegar los nuevos antisistema: «La capacidad de los rupturismos sí es fuerte para alterar las dinámicas electorales e influir en el debate social».  La prueba es que estamos hablando de ellos.

¿Cámara de eco?

No está claro cómo frenar los extremismos, pero lo que está más que contrastado es cómo alimentarlos. No hay más que recordar el espectáculo mediático del que se valió Donald Trump para llegar al poder y siendo un outsider sin aparentes posibilidades, consiguió acaparar el protagonismo en los medios a base de decir barbaridades que lograban titulares. También Pablo Iglesias en sus comienzos utilizó estos trucos a los que ahora en España está tratando de aspirar Vox.

Hay dos errores que evitar para no echar más leña al fuego populista: ni silenciarlos ni demonizarlos. «Aunque estos partidos como Vox no sean un fenómeno relevante numéricamente, sí lo son informativamente y, por tanto, son relevantes periodísticamente como fenómeno emergente» afirma Yolanda Quintana, cofundadora y secretaria general de la Plataforma en Defensa de la Libertad de Información (PDLI), experta en comunicación y movimientos sociales en internet. 

A los populistas no hay que silenciarlos ni demonizarlos: hay que dejarlos en evidencia

Sin embargo, no tiene sentido descalificarlos porque eso reactiva su mensaje que se alimenta el victimismo. “La clave es hacer buen periodismo y no preguntar a los partidos xenófobos o populistas siempre por inmigración o por la agenda que quieran imponer, sino sobre los problemas reales de la ciudadanía: ¿Qué hacemos con la deuda? ¿Y con los alquileres? ¿Cuál es tu receta para frenar el cambio climático? Habría que hacerle la misma entrevista que se le haría a Pedro Sánchez o cualquier otro político, contrastando los datos que ofrecen y no caer en la trampa de buscar declaraciones escandalosas”.

Si los partidos populistas carecen de soluciones realistas, lo más eficaz es dejarlo en evidencia. Aunque eso no resuelve los problemas que han generado el malestar del que se alimentan. Al final, la verdadera solución a los antisistema no es otra que arreglar el sistema.