El pasado 18 de enero, el ministro del Interior Fernando Grande-Marlaska anunció un plan presupuestado con 33 millones de euros para modernizar las fronteras de Ceuta y Melilla. Con una medida estrella: la retirada parcial de las polémicas concertinas -cuchillas que coronan las vallas fronterizas- instaladas por el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero en el año 2005. El plan contempla también la instalación de software de reconocimiento facial, cámaras de alta resolución, detectores térmicos y otros recursos tecnológicos.

Este martes, la secretaria de Estado de Seguridad, Ana María Botella, iba más allá e insistía en el Congreso en que en los próximos meses se retirarán todas las concertinas de los puestos y perímetros fronterizos de las ciudades autónomas. Se trata de una reclamación que viene de largo por parte de entidades sociales y de organizaciones profesionales como la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC), que celebran la retirada de las concertinas, aunque exigen una mayor dotación de personal para los «puntos calientes».

Esa posición, sin embargo, no es unánime en el cuerpo: el pasado mes de junio, mientras la AUGC decía esto, la AEGC señalaba que el problema de los saltos «se iba a agravar» y subrayaba que «no se puede quitar un elemento sin poner otro».

Las concertinas no desaparecerán

Lo cierto es que las concertinas no van a desaparecer de las fronteras de Ceuta y Melilla. Tal y como informaba este martes el diario El Mundo, mientras España planea retirar las concertinas en su lado de la frontera, Marruecos comienza a instalarlas en el suyo. Y lo hace con dinero español y del resto de miembros de la Unión Europea, que recientemente han aceptado comprometer 140 millones de euros en ayudas al país africano para el manejo de la inmigración irregular y la gestión de sus pasos fronterizos. 30 millones se entregaron en 2018 y 110 más se entregarán durante el año actual.

La Unión Europea aprobó un plan de ayuda a Marruecos para reforzar las fronteras dotado con 140 millones de euros

El propio Pedro Sánchez informó de esto en el Congreso de los Diputados el pasado 24 de octubre, en una comparecencia en la que apuntó al rol «determinante» de Marruecos en la lucha contra la inmigración ilegal. La portavoz parlamentaria del PSOE, Adriana Lastra, celebró que «por primera vez» España lideraba las políticas europeas en materia de inmigración y afeaba al PP que no se hubiera atrevido a realizar «políticas valientes» durante los mandatos de Mariano Rajoy.

Las políticas valientes, no obstante, van a acabar en más de lo mismo. «Ahora va a ser casi imposible que los inmigrantes consigan saltar hasta Ceuta o Melilla. Con el dinero de Europa estamos blindando nuestras fronteras», cita El Mundo en fuentes del ministerio del Interior marroquí, que habla de su nuevo proyecto de freno a la inmigración ilegal como un «cordón de seguridad» financiado por Bruselas. Con las concertinas como elemento clave.

Concertinas, fosos y barrancos

Los trabajos que se están llevando a cabo en el lado africano de la frontera ya muestran la instalación de cuchillas en las nuevas vallas levantadas por Marruecos. Además, Rabat está reforzando estas estructuras con fosos y barrancos para dificultar todo lo posible tanto el salto como el tránsito hacia las rejas españolas.

En el año 2018, la valla de Ceuta sufrió un goteo diario de saltos, aunque se produjeron tres intentos masivos: el 6 de enero, el 26 de julio y el 22 de agosto. Los agentes de la Guardia Civil denunciaron durante el verano que estos saltos estaban siendo más violentos y difíciles de contener que nunca, tanto por el volúmen de migrantes (más de 600 en julio) como por su actitud: algunos hirieron a los efectivos de seguridad, a los que lanzaron botellas, cristales, excrementos y cal. El gobierno de Sánchez, incluso, recurrió a una antigua ley aprobada por el exministro José Luis Corcuera para devolverlos a Marruecos inmediatamente.

El último intento masivo se produjo a finales de octubre en Melilla, cuando un migrante falleció y otros 26 resultaron heridos durante un salto a la valla realizado por más de 200 personas.