May…be… May day… Theresa May (Eastbourne, 1956) primero fue una posibilidad y luego una llamada de socorro incesante. La primera ministra conservadora llevaba en la cuerda floja desde que perdió la mayoría en las elecciones anticipadas que ella misma convocó en el verano de 2017. Había llegado a la jefatura del gobierno después del shock del Brexit, aquel 23 de junio de 2016, que dejó fuera de combate a David Cameron.

Su «Brexit es Brexit» ha acabado con esta gran dama de la resiliencia, que ha caído víctima de la indecisión de una clase política incapaz de poner en práctica la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Era un cadáver político andante desde que su plan del Brexit cosechara derrota tras derrota en el Parlamento británico.

Al presentar este martes su última revisión, que abría la puerta a un segundo referéndum, se hizo el harakiri. La cuarta votación se ha hecho imposible. En el Partido Conservador llevaban meses afilando los cuchillos. Pero después de tres fracasos humillantes en el Parlamento y una moción de confianza que salvó in extremis, ya ha puesto fecha a su definitiva partida, el 7 de junio dejará de ser líder del Partido Conservador. Seguirá como primera ministra hasta que haya sucesor. El reloj del Brexit marca el 31 de octubre como fecha límite. Lo tendrá que llevar a cabo otro primer ministro.

La BBC sentenciaba este miércoles: «May de momento sigue en el cargo, ¿pero tiene el poder?». Corbyn rechazaba cualquier acuerdo con la primera ministra porque sabía que estaba de salida. Así no había manera de manejar un país que está en un limbo desde que el antecesor de May, David Cameron, aceptó celebrar un referéndum y dejó que los difamadores hicieran campaña contra la UE sin plantarles cara. Sin saber cómo ejecutar la salida de la UE se votó con el estómago y desde entonces el Reino Unido está más desunido que nunca.

Ha resistido casi tres años en total, pero dos años infernales sin mayoría, con los tories en plena lucha fratricida y en medio del proceso del Brexit, de una complejidad extraordinaria que obviaron quienes convocaron la consulta popular el 23 de junio de 2016. May, que votó a favor de seguir en la UE, ha empeñado su carrera política en buscar una salida aceptable y finalmente ha sucumbido,

Con un carácter inmutable ante los contratiempos, ha sufrido las derrotas más humillantes que se recuerdan en el Parlamento británico. En las dos primeras votaciones del Acuerdo de Salida alcanzado con los Veintisiete la diferencia fue de 240 y 143 votos. Todo un récord. En la tercera, a finales de marzo, aún faltaron 58 votos para su aprobación.

Aún así, May se ha empeñado en que su gobierno cumpla con el mandato del referéndum y lo haga de una forma coordinada con la UE. Es lo que ha terminado por vencer sus férreas defensas.

Carambola histórica

Su sueño de ser primera ministra se cumplió gracias a una carambola histórica en julio de 2016. May afrontó el reto del Brexit después de que Cameron se quitara de en medio y Boris Johnson, quien abogó por la salida de la Unión, se echaba atrás y ni siquiera optara al liderazgo conservador.

Un año después, en 2017, una campaña que parecía hecha a su medida se transformó en una pesadilla, la primera de una serie debido a la debilidad con la que quedó en las urnas, a expensas de los diez escaños de los unionistas norilandeses y de los brexiters.

Lejos de Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, a quien le gusta emular, May asemeja una esfinge errática, la Dama de Hielo, pero con una resiliencia que ha sorprendido a sus rivales.

La carrera política de Theresa May fue lenta y laboriosa. Tras la dimisión del primer ministro David Cameron, como consecuencia de su derrota en el referéndum del Brexit, May se impuso a sus competidores para sucederlo.

Su rival mejor situada, la ministra de Energía, Andrea Leadson, puso sus credenciales como madre -dijo que tener hijos justificaba que tenía “un interés real por el futuro del país”- como baza para ganar a May, casada sin hijos, y tuvo que retirarse por la presión en su contra. Boris Johnson no quiso jugársela con un panorama tan complejo como la puesta en marcha del Brexit a la vista.

«Brexit es Brexit» y «May es May»

Transformó su tímida defensa del “remain” (quedarse) en la Unión Europea en un férreo apoyo al “Brexit es Brexit” y se puso manos a la obra. Presume de que le califiquen una “mujer increíblemente difícil”, como dijo de ella su compañero de filas Kenneth Clarke.

Ha sido el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, quien más ha conocido este carácter que combina la obstinación con un toque del sentido del humor muy británico. Con Juncker y Tusk ha compartido bromas y broncas en este angustioso proceso negociador.

En uno de los últimos debates parlamentarios sobre el Brexit, al recibir una llamada de atención de un parlamentario por atender el móvil en lugar de escuchar su pregunta, May contestó con precisión y añadió antes que le disculpara pero su actitud era fruto de la destreza a la hora de hacer varias tareas a la vez propia de las mujeres.

May, que acuña eslóganes que parecen incontestables, como que iba a conseguir un gobierno «fuerte y estable» tras las elecciones de 2017, o «saldremos de la Unión el 29 de marzo». Hasta el último momento ha defendido con obstinación aquello en lo que cree y de esa manera despierta tanta admiración en sus leales, como desesperación en sus rivales.

La gestión del atentado de Manchester fue aceptable, pese a que ya empezaron a desvelarse errores graves de seguridad, pero tras el ataque de Londres su gestión como ministra del Interior durante seis años (2010-2016) y sus recortes a la policía (20.000 efectivos menos) le pusieron en evidencia.

May ejerce como de emperatriz en un bastión cerrado y muy pequeño», decía ‘The Economist’

Según publicaba The Economist, May ejerce de «emperatriz en un bastión cerrado y muy pequeño». Ha mantenido a su equipo de asesores como primera ministra y desconfía de todos los que no sean los más leales.

A medida que ha avanzado su mandato, la insurrección interna ha sido cada vez mayor. El pasado fin de semana la prensa británica señalaba que hasta una decena de miembros del Gobierno pedían que May se fuera.

May, que domina el escenario cuando tiene todo bajo su control, se ha visto arrollada por un partido en rebelión constante y un parlamento sin mayorías.

La May titubeante, la reina de los giros de 180 grados, se ha hecho más visible que la competente y profesional May, que se había labrado la fama de trabajadora incansable desde sus inicios como diputada en 1997.

Inescrutable como la canciller Angela Merkel, coincide con la líder alemana en su origen familiar. Su vocación política nace en la adolescencia en sus charlas de sobremesa con su padre, Hubert Brasier, vicario de Oxfordshire. El padre de Merkel era pastor.

El ejemplo del padre como servidor comunitario alimentó su interés por la política “de forma altruista, sin pensar en ti mismo”, como confesaba en 2012. Pronto quiso ser la primera mujer en llegar al 10 de Downing Street, según amigos cercanos, aunque se le adelantó Margaret Thatcher.

En la universidad admiraba a Thatcher… Más por ser mujer que por su política», según una amiga

“En la universidad admiraba a Thatcher, que era líder de la oposición. Creo que era más por ser mujer que por su política en concreto, pero Theresa May era muy discreta a la hora de exponer sus ideas. No imaginé que sería ministra o jefa del gobierno”, confesaba a The Guardian una amiga de esa época.

May siempre ha cultivado esa similitud con Thatcher y como la Dama de Hierro no se deja llevar por lo que piensen los demás.

«Una roca» en su pareja

May estudió geografía en Oxford, la misma universidad donde se licenció Thatcher, tras una infancia y adolescencia marcada por su padre, el vicario Hubert Brasier, que falleció cuando era veinteañera como consecuencia de un accidente de automóvil. Poco después perdió también a su madre.

Está casada desde 1980 con Philip May, a quien conoció en un baile de los conservadores gracias a la mediación de Benazir Bhutto, la asesinada primera ministra de Pakistán.

Philip, que trabaja en la banca, como ella empezó, dice que ella es “su roca” y juntos parecen resplandecer, a ojos de sus allegados. Poco amiga de confesiones personales, una vez reconoció que le habría gustado tener hijos. Padece diabetes tipo 1 y necesita medicación diaria, lo que al parecer le irrita por hacerle parecer vulnerable.

En 2002 se convirtió en la primera mujer que presidía el Partido Conservador. Entonces advirtió de que se estaban transformando, a ojos de muchos británicos, en el “nasty party” (el partido despreciable) y abogó por un giro más social. Votó a favor del matrimonio homosexual: “Si dos personas se cuidan y se aman, deberían poder casarse”.

Como ministra del Interior, la segunda persona que ha ocupado más tiempo el cargo en 100 años, se empeñó en la lucha contra la inmigración. Pretende reducir el cupo neto a 100.000 inmigrantes, a pesar de que los expertos lo consideran inviable y muchos creen que tampoco es una medida eficaz desde el punto de vista económico.

«Es una especie de Dama de Hielo. No puedo hablar con ella casi de nada», dijo de ella Nick Clegg

Por sus diferencias sobre el plan de vigilancia masiva en Internet solía discutir con el líder liberal, entonces vice primer ministro Nick Clegg, cuando coincidieron en el gabinete. Clegg decía de ella: “Es una especie de Dama de Hielo. No puedo hablar con ella prácticamente de nada”. Cameron le dio entonces la razón.

Muchos de sus colegas del partido y del gobierno mostraban respeto a May por su firmeza pero tenían dificultades para verla como uno de los suyos. Es lo que han puesto en evidencia durante todo su mandato.

De su época como ministra del Interior presume de haber deportado a Jordania al clérigo radical Abu Qatada en 2013, aunque se lo desaconsejaban por el trato que recibiría en este país de Oriente Próximo.

También defendió que el Reino Unido se retirase de la Convención Europea de Derechos Humanos porque estaba limitando “la deportación de extranjeros peligrosos”. Tras los últimos atentados, si las urnas confirman su mandato, ya ha anunciado que reforzará la seguridad aunque haya que limitar libertades.

Cocinera vocacional, amante del cricket y apasionada de la moda, aficionada a los zapatos extravagantes, a May no le gustan los riesgos, salvo en lo que se refiere al calzado y al baile.

Poco le importa que se haga viral un vídeo en el que se mueve torpemente al ritmo de The Dancing Queen, en un congreso conservador.

Ha lidiado hasta la extenuación con todos los elementos en contra, sobre todo con los elementos de su partido que fueron quienes gestaron la campaña en favor del Brexit contra viento y marea.

Asumió como primera ministra en el peor momento de la historia reciente del Reino Unido. Sería justo que junto a sus fracasos también se recuerde su tesón para conseguir que el Reino Unido deje la Unión con el menor daño posible y un acuerdo con los Veintisiete. Sin embargo, su esfuerzo ha sido en vano. El país y su partido están más divididos que nunca. El Brexit se ha llevado algo más que su liderazgo.