Entregado el guion de su nuevo proyecto para los Teatros del Canal, Albert Boadella afronta el verano desde su refugio de Jafre (Girona) con tiempo para reflexionar tras los muros de la masía que lo protegen el entorno hostil que supone para él el corazón de la Cataluña independentista. «La casa me protege» ironiza con una media sonrisa cuando recibe a El Independiente en su hogar, la puerta convenientemente marcada con un lazo amarillo.

Habla de teatro, de cómo aborrece la obsesión por el «teatro contemporáneo» entendido como un arte al margen de los gustos e incluso la comprensión del gran público. Y de política, para salir en defensa de Albert Rivera cuando toda la vieja guardia de Cs le critica su negativa a apuntalar el Gobierno de Pedro Sánchez. Boadella no. Asegura entender el debate, pero tiene claro que el mejor camino con Sánchez es «que se retrate» y que la de Rivera es la opción correcta, también cuando insiste en una nueva intervención estatal de la autonomía para frenar al independentismo. Y critica la decisión de Manuel Valls, pese a ser un amigo al que aprecia y haber participado activamente en su campaña.

Pregunta.- En 2017 vivimos un momento de gran unidad del constitucionalismo, pero ahora está tan dividido como el independentismo y la mayoría no parece dispuesta a esa intervención.

Respuesta.- Habrá un momento de emergencia que volverá a provocar la unidad. Cuando ves que en el acto de homenaje a las víctimas del terrorismo hay gente, incluso del PSOE, que no aplaude, eso es muy grave. Cuando hay una parte de una nación que está podrida, la podredumbre puede pasar con mucha facilidad al resto del Estado. Sobre todo porque la podredumbre catalana ha sido lenta y sutil. La vasca a través de la sangre hizo reaccionar a la gente y al propio Estado. Pero la catalana ha sido soto voce, se ha ido colocando lentamente y lo ha contaminado todo. Toda la política nacional está contaminada del problema que se ha generado aquí, que es una degradación moral y política muy grande.

P.- ¿La izquierda española está contaminada por el independentismo?

R.- La izquierda española, salvo el caso vasco -porque tuvo victimas en sus propias filas- siempre ha tenido una extraña atracción por tolerar estas cosas. El PSC aquí ha jugado con fuego en muchos momentos. Tiene esa atracción, pensando que cortar estas cosas significa cortar libertades, pero llega un momento en que esa supuesta libertad se convierte en una agresión al resto de la sociedad. La izquierda tiene ese gusto por debilitar al estado. Le da la sensación de que a río revuelto se podrá organizar esa revolución soñada que siempre tienen en el ADN.

El PSOE de Sánchez no es nada, puede ser cualquier cosa

P.- Esto puede valer para Podemos, pero el PSOE es más Estado que cualquier otro partido.

R.- El PSOE ahora, con Sánchez, no es nada, puede ser cualquier cosa, estar a un lado o a otro. El PSOE ha sido un partido trascendental para España. Muchos lo hemos votado con ilusión en los 80’s, Felipe González por encima de todo supo seducirnos, y era un partido importante. Pero ahora con Sánchez no es nada.

P.- ¿Albert Rivera debería pactar con Sánchez para reconducirlo?

R.- No. Con Sánchez no hay que hacer nada, hay que tratar de darle la mínima cancha posible. Me parece un hombre sin ningún principio, salvo su beneficio personal. Veo un hombre sin pasiones, no tiene ni la pasión política. Es un género de político que empieza a abundar, que en el fondo con él todo es posible.

P.- ¿No es más arriesgado dejarlo en manos del independentismo?

R.- A veces a la gente hay que dejarla que se retrate, porque la ciudadanía es muy lenta. La ciudadanía ha votado bastante a Sánchez, viendo que había hecho pactos con los independentistas, con gente que trataba de romper esta nación, y no se dan cuenta de eso. Con Sánchez hay que ayudar… a que se hunda, en el sentido de que la gente vea clarísimamente qué clase de personaje es Pedro Sánchez. No digo el PSOE, aún quedan restos del PSOE que mantienen la dignidad, pero todo lo que envuelve a Sánchez es muy indigno. Sánchez solo se blanquea un poco cuando coge a Borrell.

P.– ¿Cómo ve la crisis abierta en Cs por esta cuestión, usted que compartió los orígenes con Francesc de Carreras o Arcadi Espada?

R.- Un partido colocado en el lugar de Cs lo tiene muy difícil para moverse políticamente. El PP lo tiene claro, Podemos también, el PSOE más o menos. Pero para Cs, que tiene que pactar con unos y otros, es muy difícil, requiere de un olfato y una intuición extraordinaria para saber qué camino hay que coger. Por tanto, será un partido de crisis continua, será muy difícil conseguir un partido en bloque. Siempre tendremos estos rifirrafes que a mi me parecen positivos. Me parece incluso muy positivo que haya gente que discrepe e incluso gente que se marcha.

La teoría del mal menor me recuerda a Chamberlain, y produjo millones de muertos

P.– El debate en este caso es sobre un eje fundamental, entrar o no en la gobernabilidad de España.

R.- Que haya existido un debate sobre si participar o no en encumbrar al Sr. Sánchez me parece lógico, pero yo soy de la otra opinión. No hay que facilitarle las cosas. La teoría del mal menor, como ha sucedido en Barcelona, me recuerda a Chamberlain, la teoría del mal menor de Chamberlain produjo millones de muertos. Las responsabilidades también se dan por omisión. Hay momentos en los que se argumenta el mal menor para no optar por el riesgo que implica decir “yo no colaboro ni con este ni con el otro y me mantengo en la oposición, mantengo la dignidad”  y entiendo que Rivera se ponga terco en este asunto, es muy arriesgado facilitar políticamente el camino a Sánchez.

P.- ¿Eso es lo que ha pasado en Barcelona?

R.- Teníamos un independentista a cara descubierta, Maragall, y una independentista bajo mano que es Colau. Yo casi prefiero al otro, porque ya sé de qué mal tengo que morir.

P.- Ha sido uno de los grandes apoyos de Manuel Valls desde que desembarcó en Barcelona. ¿Se ha equivocado al votar a Colau?

R.- Manuel Valls es un político excepcional, pero no se puede vilipendiar a Vox, que son populistas sin lugar a dudas, como Podemos, y después unirte con Colau. En la vida hay que aguantar el tipo. Era mejor un Valls radicalmente en la oposición, en el testimonio. Ahora no es nada.

Valls tendría que haber entrado como un auténtico radical, se habría llevado el voto de toda la gente no nacionalista

P.- ¿Por qué no ha funcionado la figura de Valls en Barcelona?

R.- El terreno es muy difícil. Él, que es un político nato, juzgó Cataluña creyendo que la convención política funcionaba más o menos como en todas partes, y se equivocó. Aquí la situación estaba claramente partida, no había posibilidad de encontrar matices. Valls tendría que haber entrado como un auténtico radical, se hubiera llevado el voto de toda la gente que está en contra del nacionalismo, que es mucha. Además, la historia con Cs quedó desde el principio muy poco definida, no sé de quien es responsabilidad, y no creo que tuviera muy buenos consejeros.

P.- Dice que debería haber entrado con mayor radicalidad. Pero las urnas reflejan otra tendencia, la del regreso al PSC del constitucionalismo que quiere creer que el suflé ha bajado y el peligro de ruptura total se ha superado.

R.- No lo creo. La gente que está contra el independentismo no ha cambiado, lo que pasa es que se han dividido. Es evidente que la tentación de la tercera vía, cuando baja la radicalidad del otro lado, tiene cierto predicamento.

P.- La petición de diálogo

R.- Me aterroriza esta palabra. El diálogo es posible con casi todo, menos con esto. Aquí no hay dos partes, hay solo una, la que se ha mantenido en la lógica de formar parte de un estado democrático. Hay otra parte que se ha lanzado a la demencia. En un diálogo hay que ceder y aportar: ¿que tendríamos que aportar nosotros, el derecho a decidir, dejar de ser constitucionalistas? No hay ni una solo posibilidad que no afecte a la igualdad de los españoles. Si se trata de cuestiones de dinero y de buscar mamandurrias es otra cuestión, pero entonces afectamos a la igualdad del conjunto de los españoles, como ha sucedido con los vascos.

Me aterroriza la palabra diálogo, no se puede dialogar con los independentistas

P.- ¿A qué atribuye que se mantenga el éxito electoral de Carles Puigdemont?

R.– El nacionalismo crece con las víctimas, el victimismo es una de las esencias nacionalistas. Paranoia y victimismo. Es casi matemático.

P.- Entre las dos víctimas que representan Puigdemont y Junqueras, en las elecciones europeas los independentistas volvieron a escoger al primero.

R.- Es una víctima más activa. Puigdemont es de una sinvergüencería extraordinaria, pero no se puede hacer nada cuando la gente quiere creer en una idea. La calumnia, la mentira, tiene una fuerza extraordinaria, mucho mayor que la verdad.

P.- ¿Sigue existiendo el espacio del catalanismo moderado y, lo más importante, vale la pena recuperarlo?

R.– Si toda esta gente que está por eso leyera bien la vida de Cambó se daría cuenta de que Cambó es el fracaso definitivo del catalanismo. Es quien monta el incendio, aprovechando la historia de a Renaixença. El incendio se le escapa de las manos y él acaba pagando a Franco. Es una demostración históricamente clarísima de la imposibilidad de eso que llaman catalanismo. Esto es el catalanismo, no tiene posibilidad de control. Se equivocan de forma absoluta, y hemos visto de nuevo el fracaso con Convergencia. No sé cómo se atreven a volver otra vez a esta idea.

P.- Y sin embargo es un concepto transversal en la política catalana. Incluso el PP intentó un giro catalanista con Josep Piqué.

R.- Tiene unas razones históricas. En el inicio del catalanismo hay dos cosas importantes, la lengua, y la distancia económica con buena parte del resto de España. Esto se va reproduciendo, con la diferencia de que ahora esa supuesta superioridad ha desaparecido. Hay que decir que el resto de España ha sido muy condescendiente, por no decir colaborador necesario. Los distintos gobiernos han facilitado las cosas, sino no estaríamos en esta situación.

P.- ¿El resto de España ha tenido un cierto complejo respecto al nacionalismo vasco y catalán?

R.- Se ha vendido que las víctimas de Franco fueron Cataluña y el País Vasco, que es una de las cosas más desaforadas que se han visto. Estaban acomplejados, había que devolver cosas a Cataluña, que fue la víctima del franquismo, y la mentira, que está bien hecha, ha funcionado muy bien. Y el resto de los españoles está convencido de que los catalanes han sufrido persecución. No me extraña nada de lo que ha sucedido.

P.- ¿Tampoco el nivel de alienación de algunas personas?

R.- El nivel de degradación política y de desfachatez al que hemos llegado sí me sorprende, pero no lo que ha sucedido. Tengo un artículo en El Pais, “El virus” del año 1990, donde describo esta situación. Siempre lo dije, el final de esto es la independencia. Era científico, si empiezas en las escuelas y los parvularios, ya tienes la contaminación de un par de generaciones.

P.- ¿Cómo se ha vivido el juicio en Tractoria (la Cataluña rural e independentista que se contrapone a Tabarnia)?

R.- No se enteran demasiado. Tienen unos impulsos políticamente primarios, se ha vivido quizá un aumento de lazos amarillos. Viven de la fe, esto es una cosa religiosa, la fe en el pueblo de Cataluña.

P.- ¿Esa fe no incólume?

R.- Sí, porque sino qué haría esta gente, es lo único que salva su vida monótona. Han dejado de asistir a misa. Han hecho una sustitución religiosa. En Cataluña ha habido gente que lo ha movido perversamente en su beneficio, y ha inducido la paranoia, que es la patología más fácil de inducir a los ciudadanos. Un enemigo común que siempre es el vecino.

P.- ¿Eso lo indujo Jordi Pujol o es responsabilidad de Artur Mas?

R.- Lo indujo Pujol, pero Artur Mas aumentó la dosis, precisamente para superar a Pujol, porque era mucho más mediocre. Cuando algo folclórico, eso que se llaman los rasgos diferenciales, se administra políticamente, ya tienes el problema montado. Y Cataluña lo ha hecho reiteradamente, por lo menos desde hace más de un siglo.

La unión ya no se hace por el nirvana independiente sino por el odio a todo lo que es español»

P.- ¿El problema es la recuperación de los castellers y la sardana?

R.- Todo se ha contaminado, el propio Barça, los productos de consumo… El problema de la paranoia que se ha inducido a Cataluña frente al resto de España es que la final la unión ya no se hace por el deseo un nirvana independiente sino por el odio a todo lo que es español. Es la unión en el odio.

P.- ¿Cómo se arregla eso?

R.- Interviniendo. El Estado español, que es un estado de libertades bastante ejemplar, tiene que intervenir porque la fuerza de nuestra Constitución es la que nos obliga a intervenir en un territorio que está afectado por una serie de enfermedades. Si no se produce esta intervención la enfermedad irá manteniéndose y eso es destructivo social cultural y económicamente. Ya lo estamos viendo.

Provocación a través de la belleza

P.- Usted, que ha sido un maestro de la provocación, reivindica ahora el teatro convencional y se embarca en un proyecto que combina teatro y ópera.

R.- Ahora todo tiene que ser contemporáneo, que es una de las palabras más idiotas que conozco. Hablar de teatro contemporáneo es absurdo, siempre es contemporáneo, pero vamos a un teatro con prestigio en una minoría muy restringida, inasequible para el gran público. Es un concepto del arte muy egoísta, a un artista lo que le complace es que su arte interese a todo el mundo, no a un sector restringido. Este es el oficio del artista, convertir una cosa compleja en algo comprensible y sencilla para que la gente lo entienda.

P.- ¿Han cogido la excusa de la provocación para convertirse en incomprensibles?

R.- La provocación, en un arte, hay que hacerla siempre a través de la belleza. La fuerza está en decir lo que dices con belleza. Pero aquí se hace al revés, provocación rompiendo cualquier concepto de belleza. Esto no provoca, puede repugnar, aburrir; pero provocar, que es lo interesante, nada.

P.- ¿Es el caso de los raperos que denuncian la persecución de la justicia?

R.- Lo que hizo Valtonyc es tararear unos insultos. Si lo hubiera hecho una melodía tan bella como las de Verdi o Mozart no le hubiera sucedido nada, a pesar de los insultos. Pero tarareando unos insultos te pones a pelo delante del juez.