Las fiestas y el Orgullo Gay están muy bien, pero esto no puede ser», dice Manuel, que vuelve a agarrar la pala para coger latas, botellas de plástico, bolsas de hielos y demás escombros. Son las seis de la mañana del domingo 7 de julio y los primeros rayos de sol empiezan a colarse por las calles de Chueca.

La fiesta continúa, obviamente, pero algunos ya han empezado hace un rato su jornada laboral. Son las decenas de personas que, como Manuel, se encargan de que este céntrico barrio madrileño, epicentro del movimiento LGTBI, esté impoluto en cuestión de horas tras una de las noches más largas del año.

Da igual dónde pose uno la mirada: la basura está por todas partes. Miles de botellas, tetrabriks de vino, latas y bolsas inundan las calles de la capital. Llama poderosamente la atención: una ciudad que se manifiesta un día para que no se cierre Madrid Central por el cambio climático y al día siguiente llena un barrio entero de plásticos. Como si la emergencia climática se disipara con las copas y el alcohol.

«¡Qué gente más guarra! ¡Qué asco!», se queja un vecino que ha madrugado para montar en bicicleta. Con maillot, casco y equipado hasta las cejas, tiene que sortear todo tipo de desperdicios para escapar de su barrio y empezar a pedalear tranquilo.

Montaña de residuos en la plaza de Pedro Zerolo

Montaña de residuos en la plaza de Pedro Zerolo

«Deberíamos cobrar un extra por limpiar esta noche»

El turno especial para los basureros en la noche del Orgullo Gay arranca a las cinco de la mañana. Primero se limpian las plazas principales y después las calles de alrededor. Así hasta las 12 del medio día, cuando todo tiene que estar de nuevo impecable.

«Nos lo pagan como un día normal y mira la cantidad de mierda que hay», se queja un operario en la plaza Pedro Zerolo cuando el reloj marca las siete de la mañana. «Nos deberían pagar un extra porque además tenemos que tener una paciencia infinita con tanto borracho».

No le falta razón: pocos minutos después, dos jóvenes reciben una reprimenda por haber cogido el rastrillo y la pala de un carro de basura para jugar y vacilar. Ya ha amanecido del todo y algunos se ponen las gafas de sol. La Plaza de Chueca ya luce brillante y vacía. De gente y de plásticos.