Como si fuera un espejo, el coronavirus está reflejando las caras ocultas de los gobernantes y los ciudadanos de todo el mundo. Lo que estaba latente sale a flote como si se hubiera puesto en marcha un acelerador global de procesos que ya estaban en curso. La Unión Europea y sus instituciones están sometidas a un test de estrés, y también los Estados miembros y sus gobiernos.

De esta prueba saldrán reforzados los que hayan resuelto mejor. Los que tenían mejor posición de partida, como Alemania, tienen ventaja, pero también quienes saben mejor cuáles son sus debilidades, como Grecia y Portugal. Quienes piensen en la próxima campaña electoral van a pagar cara su falta de sentido de Estado en el momento más crucial para los europeos desde la Segunda Guerra Mundial.

Estamos ante una crisis global a la que se había aludido en exámenes de prospectiva geopolítica desde años. Lo que nunca se previó fue que su impacto fuera tan grande. Hubo señales de lo que se venía encima desde China a finales de enero. En Davos, donde estaba reunida la flor y nata de la élite política y financiera mundial, un ex asesor del presidente Barack Obama para pandemias ya lanzó un mensaje de alarma.

El 22 de enero Richard Hatchett dijo en Davos: «En China empezó la epidemia, pero ahora es un problema global. No es un problema de China, es mundial». Hasta el 30 de enero la Organización Mundial de la Salud (OMS) no reconocía que había datos para declarar la alerta mundial.

En Europa, el primer país que empezó a poner medidas fue Italia, el epicentro de la epidemia en la UE, donde ya había tres muertos el 25 de febrero. Nueve días después declaraba el estado de alarma en todo el país, tras cerrar primero la zona más afectada, Lombardía y Véneto en el norte.

Pol Morillas, director del CIDOB, señala que se trata de «una crisis global pero lo cierto es que la respuesta es en base al Estado nación porque el Estado nación tiene las herramientas. Pero eso no significa que lo global de esta crisis podamos abstraerlo».

En la Unión Europea, después de fallos graves que llevaron a dar de lado a Italia cuando comenzaban a sufrir los efectos de la pandemia, hubo falta de coordinación si bien luego las instituciones han tratado de corregir ese mal arranque. Incluso la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha pedido perdón a Italia.

El BCE ha tratado de buscar soluciones a corto plazo y ahora el Consejo Europeo, a instancias de la Comisión Europea, y con un activo papel de España entre bambalinas, busca poner en pie un programa para la reconstrucción que comprometa al menos un billón de euros en transferencias o préstamos, aún por determinar.

A su vez, cada Estado europeo lidia con la epidemia como mejor puede. Procedieron al cierre de fronteras temporalmente para la circulación de personas, salvo en casos excepcionales. A partir de ahí las respuestas y los resultados obtenidos han sido variados y algunas incluso muy sorprendentes.

Bélgica cuenta más muertos

En el ranking de víctimas mortales per capita figura en cabeza Bélgica, un país de 11 millones de habitantes, por delante de Italia y España, donde los números en términos absolutos son los mayores. Hay más de 6.600 fallecidos. Son 579 muertes por millón de habitantes. En España son 481 y en Italia 429.

La razón, según las autoridades, sería que en Bélgica se cuentan también los muertos en residencias de ancianos, aunque no se les hubiera practicado la prueba del coronavirus. Steven van Gucht, que preside el comité científico que asesora al gobierno, aseguraba a Politico, que si se compara con otros países habría que dividir el número de muertos que reconoce Bélgica a la mitad.

De acuerdo con los datos de Bélgica, el 44% muere en hospitales, el 54% en residencias. De estos casos solo el 7,8% en hogares de ancianos son positivos confirmados. Hay desacuerdo sobre si es correcto contar así los fallecidos o no dado que en las residencias suele concentrarse la gente de mayor edad y los índices de mortalidad ya son elevados en circunstancias normales.

No hay acuerdo sobre esta manera de realizar el recuento, ya que, a juicio de muchos políticos la reputación de Bélgica queda seriamente dañada y tendrá más dificultades para reabrir sus fronteras. Como van haciéndose más test, el gobierno confía en que pueda contabilizar los fallecidos en residencias en breve con los test correspondientes.

La crisis sanitaria forzó que Sophie Wilmès, de 45 años, del liberal Movimiento Reformador, séptimo partido en las elecciones de mayo, lograra el voto de confianza del Parlamento en marzo pasado y así se terminara con 454 días de gobierno provisional. Cuenta además con poderes especiales hasta septiembre debido a la pandemia.

Sophie Wilmès, la primera mujer al frente del gobierno belga, defiende la transparencia en el recuento y cada día que pasa afianza su liderazgo. Ha de lidiar con los separatistas que critican ferozmente las medidas de confinamiento (hablan de coronadictadura), que empiezan a relajarse poco a poco. Este viernes Wilmès ha anunciado que la desescalada arranca el 4 de mayo.

Milagro en Grecia y Portugal

Dos de los países que más sufrieron la crisis financiera de 2008, Grecia y Portugal, son ahora los que mejor están afrontando a este enemigo invisible que es el coronavirus. El calvario que sufrieron hace 12 años, con unos ajustes endiablados, les hizo conocer mejor sus capacidades, sus debilidades y desarrollar una gran capacidad de reacción.

Grecia y Portugal suspendieron todo tipo de eventos multitudinarios, cerraron los centros educativos y los comercios antes de que se conociera el tercer fallecimiento por coronavirus. Curiosamente son dos países donde los recortes motivados por la crisis financiera se han sufrido especialmente en servicios públicos como sanidad.

Portugal apenas cuenta con algo más de cuatro camas UCI por cada 100.000 habitantes, mientras que en Alemania hay casi 30. El gobierno portugués sabía que su sistema de salud podía colapsar rápidamente y al ver lo que ocurría en Italia, y en la vecina España, actuó sin dilación. En Portugal gobierno y oposición han sumado fuerzas. A su vez, cuenta a su favor que es un país totalmente centralizado.

En el caso de Grecia, también influye que no es un país tan conectado con el exterior por vuelos internacionales como Italia o España. Sin embargo, se sigue prestando mucha atención a la delicada situación de los campos de refugiados, donde sobreviven cuatro y cinco veces más personas de lo que permite su capacidad.

Suecia y su esperanza inmunitaria

Suecia, con más de 10 millones de habitantes en una extensión algo inferior a la de España, ha apostado por la llamada inmunidad de grupo. Es decir, las autoridades científicas, en las que se ampara el gobierno, cuentan con que se vaya inmunizando la población menos vulnerable hasta que haya vacuna o un medicamento eficaz. Se considera lograda la llamada inmunidad de grupo (o de rebaño) cuando el 60% de la población ha desarrollado anticuerpos.

El epidemiólogo en jefe, Anders Tegnell, asegura en CNBC que en unas semanas habrá buenos resultados. «En muchas zonas de Suecia, alrededor de Estocolmo, hemos superado la curva y veremos los efectos en una semanas. En el resto del país la situación es estable», asegura el doctor Tegnell, en quien hasta ahora confía el gobierno de Stefan Löfven.

Calcula Tegnell que en Estocolmo ya hay un 20% de ciudadanos inmunes. Aduce que las altas tasas de mortalidad recientes se deben a que el coronavirus ha alcanzado las residencias de ancianos. Hasta el 24 de abril, en Suecia hay ya más de 17.000 positivos y 2.152 fallecidos, según worldometers.

Los defensores de esta estrategia advierten que en este caso el número de muertos crece más deprisa pero también decrece antes.

En Suecia los ciudadanos no son partidarios de que el Estado recurra a medidas extraordinarias. De hecho, los colegios y guarderías han seguido abiertos, así como los restaurantes (pero no las barras) y la población no vulnerable puede salir y pasear sin problema.

La mano dura de Viktor Orban

El primer ministro de Hungría, Viktor Orban, ha visto en la pandemia una ocasión de oro para reforzar aún más su poder. Ha aprovechado la crisis para controlar el poder legislativo y además aprobar restricciones encaminadas a impedir que los medios de comunicación puedan criticar su gestión.

El Parlamento húngaro, donde el Fidesz de Orban cuenta con dos tercios de los escaños, ha aprobado este mes una norma que facilita que gobierne a golpe de decreto. A su vez se han suspendido todo tipo de convocatorias electorales. Todo aquel que difunda lo que el gobierno considere que son «noticias falsas» se arriesga a cinco años de cárcel. El objetivo sería que los propios medios que aún son independientes se autocensuren por temor a represalias.

 Los gobiernos de 13 países (Alemania, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Holanda, España, Portugal y Suecia) se mostraron «profundamente preocupados» por las medidas extraordinarias adoptadas en Hungría, por el riesgo de que supongan «una violación de los principios del Estado de Derecho, la democracia y los derechos fundamentales».

Orban ha desdeñado estos comentarios porque dice que solo tiene tiempo para lucha contra el coronavirus. De momento, no tiene razones para pensar que en la UE irán más allá. Ni siquiera el Fidesz ha sido expulsado del Partido Popular Europeo.

La excepción electoral polaca

Los procesos electorales han quedado en suspenso en todo el mundo, salvo en Corea del Sur, que presume de estar venciendo a la pandemia, y en el caso europeo, Polonia. El gobierno mantiene la convocatoria de elecciones presidenciales para el 10 de mayo, a pesar de que incluso el ministro de Sanidad, ha reconocido que aún queda tiempo para llegar al pico de contagios.

El presidente Andrzej Duda lidera de momento los sondeos, y no quiere arriesgarse a tener que pagar con una derrota las consecuencias de esta crisis. Las quejas de la oposición, y de gran parte de la opinión pública, por el peligro de contagios, han llevado a que se dé luz verde a la votación por correo. Sin debate se ha aprobado la ley que fija que el voto será y que será a distancia.

La oposición liberal aún confía en que un socio menor del gobernante Ley y Justicia deje a un lado a los nacionalistas y apoye su demanda de posponer un año las presidenciales.

En Polonia los datos no dan idea de la magnitud de la epidemia, debido a que se han realizado pocos test. Llevan apenas unos días a ritmo de 10.000 pruebas diarias. Hay más de 10.000 casos y cerca de 500 muertos.

Alemania gana el pulso

Con toda contención, como suele ser su costumbre, la canciller alemana, Angela Merkel, dijo el 15 de abril que había motivos para creer que lo peor había pasado. La tasa de contagios está por debajo de 1 (0,7, según el Instituto Roland Koch); la tasa de mortalidad se mantiene baja en términos relativos y absolutos. Son 5.723 muertos; es decir, 68,3 por 100.000 habitantes.

En esa rueda de prensa, Angela Merkel da una lección magistral como científica que es. Explica lo complicado que resulta en este momento creer que se ha logrado la victoria sobre el virus, ya que si se eleva ligeramente la tasa de contagio el riesgo de colapso se multiplica exponencialmente.

Alemania contaba a su favor con una red de laboratorios que ha permitido realizar test de forma masiva. Al principio ya eran 160.000 a la semana. A su vez, hay unas 29 camas por cada 100.000 habitantes, la tasa más alta en la Unión Europea, lo que también ayuda para evitar que se colapse el sistema.

Incluso el Reino Unido, que ha sido oscilante en esta crisis, y ha terminado dando un giro de 180 grados a su estrategia, está reconociendo el éxito de Alemania. Recientemente, una portada del Financial Times decía a toda página: «El Reino Unido reconoce que el testeo hecho en Alemania ofrece una ruta para superar los confinamientos». Histórico.

Lo último que ha dicho Merkel es muy diferente de lo que se escucha a otros líderes. Merkel ha recomendado a los alemanes que eviten «los debates orgiásticos» sobre la vuelta a la normalidad. Es su manera de decir que no existe esa «nueva normalidad», que es un eufemismo engañoso, porque nada será como era.