Originalmente la palabra latina venenum quiere decir poción mágica y su raíz es indoeuropea (wen-, amar, venerar), de modo que antaño se refería a cualquier poción medicinal, buena o mala. Ya decía el alquimista suizo Paracelso que «todo es veneno y nada es veneno, sólo la dosis hace el veneno». Al disidente ruso Alexey Navalny han intentado darle la cantidad adecuada para quitarle de circulación, según ha dado a conocer su entorno más cercano.

Navalny es el opositor más incómodo para el Kremlin. Cuando se desplazaba en avión desde Siberia hasta la capital rusa, cayó enfermo, envenenado, según su entorno. Tuvieron que hacer un aterrizaje de emergencia en Omsk, donde fue internado en el hospital, inconsciente. Estaba en coma inducido, aunque el viernes experimento alguna mejoría.

La familia y allegados de Navalny organizaron su traslado a Berlín, para ser tratado en el hospital La Charité. En principio, los médicos rusos, que niegan que haya sido envenenado, rechazaron su salida del hospital de Omsk. Luego dieron su visto bueno.

Sin embargo, la esposa de Navalny, Yulia, le pidió al líder ruso, Vladimir Putin, que permitiera el viaje en avión medicalizado porque la vida de su esposo estaba en peligro. En la tarde del viernes obtuvieron luz verde. A primera hora de esta mañana el avión ha aterrizado en la capital alemana. La condición de Navalny es estable.

Previamente, el presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, se habían ofrecido a dar refugio y asistencia médica al opositor ruso. De hecho, Alemania se ha ofrecido a trasladarlo de inmediato para tratarlo en el país.

La responsable de prensa de Navalny dio a conocer la gravedad del estado del disidente ruso en cuanto ha sido hospitalizado con síntomas de intoxicación. Antes de subir al avión Navalny había tomado un té caliente. En el vuelo se sintió indispuesto y, según un pasajero, se encerró en el baño y no salió hasta que aterrizaron.

Tiene respiración asistida y su estado es muy grave. En su entorno temen por su vida. Navalny, de 44 años ya denunció un envenenamiento el año pasado pero finalmente el dictamen médico apuntó a una alergia. El centro donde se encuentra está rodeado por efectivos de la FSB, el cuerpo heredero de la KGB soviética.

Navalny es director de la Fundación Anticorrupción, desde donde libra una lucha infatigable contra los abusos del poder en Rusia. Regresaba de asistir a las protestas en el este del país, en Jabarovsk, donde muchos se han solidarizado con el gobernador Serguei Furgal, destituido por Putin.

En 2018 Navalny intentó competir en las elecciones presidenciales rusas, pero las autoridades se lo impidieron con la excusa de una investigación fiscal.

Este supuesto envenenamiento salta a la luz justo cuando en la vecina Bielorrusia se libra un pulso entre una gran mayoría de los ciudadanos, hartos de los abusos del régimen y el presidente, Aleksander Lukashenko, convertido en un auténtico dictador que recomienda a los bielorrusos luchar contra el coronavirus con vodka y sauna.

Dime tu veneno y te diré quién eres

En Historia del veneno: de la cicuta al polonio, la catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla Adela Muñoz Páez explica cómo las sustancias tóxicas se han utilizado para deponer mandatarios y resolver luchas de poder. El veneno habla también del estatus de la víctima.

Relata la catedrática Muñoz Páez cómo Sócrates, condenado a muerte por corromper a jóvenes y por impiedad, bebió cicuta, lo que se consideraba el veneno de Estado en la Grecia clásica. La cicuta es el veneno más rápido y letal. Según la dosis, puede matar en menos de un minuto. No tiene antídoto.

En el Renacimiento el veneno era usado por personas con poder para librarse de sus enemigos», se puede leer en ‘Historia del veneno: de la cicuta al polonio’

Es probable, según explicaba la autora a La Vanguardia, que Sócrates tomara también alcohol o algún opiáceo para mitigar el dolor de la agonía. La cicuta era un veneno que se costeaban los que podían pagarse este último lujo. A Sócrates se lo pagaron sus discípulos.

Cleopatra VII, última reina de la dinastía ptolemaica, prefirió morir por el efecto de la tetrodotoxina, un veneno más potente que la cicuta, antes que caer en manos del emperador Octavio Augusto. Cleopatra se dejó morder por una víbora áspid egipcia.

En el Renacimiento, según escribe Muñoz Páez, «papas, cardenales, obispos y nobles llevaban consigo probadores de veneno… Era un arma usada de forma indiscriminada por personas con poder para librarse de sus enemigos».

Los nazis recurrieron al cianuro para suicidarse. Así lo hicieron Adolf Hitler y su esposa Eva Braun. Escalofriante fue el ritual que siguieron Joseph Goebbels y su esposa Magda, que antes de ingerir el veneno se lo hicieron tomar a sus seis hijos con la apariencia de chocolate. El cianuro también es la base del Zyklon-B la sustancia tóxica empleada para exterminar a millones de judíos en la Segunda Guerra Mundial.

Más recientemente, el talio, que se ha llegado a emplear como raticida, era la sustancia favorita del dictador No huele ni tiene un sabor especial. Sadam Hussein para liquidar a sus enemigos. Aprendió de sus efectos gracias a su medio hermano Barzan al Tikrit, quien fundó en 1978 la Unidad Médica de Venenos de la Universidad de Bagdad.

El método favorito del KGB

Pavel Sudoplatov, quien fuera jefe del espionaje del dictador Josif Stalin, consideraba que el veneno era el mejor método para eliminar a indeseables. Los sucesores del KGB, FSB, parecen compartir esta visión, según informa The Guardian.

Las formas en que han muerto los enemigos de los servicios secretos rusos son fuente de inspiración de la novela negra. En 1959, es decir, en plena Guerra Fría, el líder nacionalista ucraniano Stepan Bandera murió cuando recibió un disparo con spray de cianuro escondido en un periódico.

Veinte años más tarde, el disidente búlgaro Georgi Markov perdía la vida mientras esperaba un autobús en el puente de Waterloo en Londres. Le inyectaron el veneno con un paraguas.

Una taza de té letal

La ingesta de un té tóxico llevó a la muerte en circunstancias sospechosas a Roman Tsepov, un guardaespaldas de Putin, que fue agente del KGB antes de tener ambición política, en los años 90. Fue en 2004.

Ese mismo año la periodista Anna Politkovskaya cayó enferma tras beber té en un vuelo hacia Rostov. Politkovskaya sobrevivió pero un pistolero acabó con su vida dos años después.

En una comida se envenenó el ex presidente ucraniano Victor Yushchenko. Su esposa se dio cuenta de que algo raro pasaba porque cuando le besó notó un sabor a metal. Su rostro se desfiguró por una dioxina llamda TCDD, pero sobrevivió. Sucedió hace 16 años.

Pero el caso más conocido y llamativo es el de Alexander Litvinenko, un ex espía ruso que se convertido en un furibundo crítico de Vladimir Putin. Litvinenko había quedado en un hotel londinense con Andrei Lugovoi y Dimitri Kovtun. En la cita tomó unos sorbos de té, en el que habían vertido polonio radiactivo. Murió tres semanas más tarde.

Lugovoi se sienta en el Parlamento ruso, y en una entrevista con El País mantenía que «quien causa un daño serio al Estado debe ser exterminado». Una investigación pública en el Reino Unido apuntaba a que Putin habría aprobado la operación.

Más recientemente, hace dos años, fue otro ex espía, Serguei Skripal, que había sido doble agente al servicio del MI6, quien fue envenenado con una sustancia llamada novichok, un agente nervioso que no parece fácil fabricar de otra forma que no sea por un Estado. Yulia, su hija, y Serguei cayeron enfermos pero sobrevivieron.

Estos dos casos empeoraron las relaciones entre Londres y Moscú sustancialmente, debido a que mostraban cómo el Kremlin no tenía reparos en actuar en otro país para perseguir a quienes considera sus enemigos. El Kremlin siempre negó cualquier relación con estos envenenamientos.