La pandemia del coronavirus ha desencadenado la mayor crisis global desde la Gran Depresión. Es una crisis sanitaria, socioeconómica y medioambiental de dimensiones extraordinarias. La búsqueda del santo grial se ha desencadenado: la vacuna del covid-19. La guerra geopolítica por lograr la vacuna se ha convertido en la primera gran guerra del siglo XXI.

Las grandes potencias se juegan mucho, desde Estados Unidos a China, la Unión Europea, a Rusia. También los actores transnacionales están en la batalla desde la Fundación Gates al millonario mexicano Carlos Slim. Y las empresas farmacéuticas más potentes del mundo también están, necesarias para la producción a gran escala, porque no se trata solo de descubrir el antídoto que neutralice al enemigo invisible, sino de contar con suficiente arsenal para que todo el mundo quede inmunizado.

«Hay una batalla abierta y es la batalla de la era. Está en juego que la desigualdad aumente aún más o no sea así. Es un momento crucial. Hay un doble camino: el emprendido por los países ricos, que quieren garantizarse vacunas cuanto antes, y otra vía cierta movilización global de algunos países de la Unión Europea, la fundación Gates, para asegurar unos fondos que permitan que al tiempo que se accede a esa vacuna nacional al menos pueda alcanzarse al 20 por ciento de la población global», explica Chema Vera, director ejecutivo de Oxfam Internacional.

Según los datos de la Universidad John Hopkins, en el mundo hay ya cerca de 23 millones de casos, a fecha del viernes 21 de agosto. Este fin de semana se superarán los 800.000 muertos. El país con más número de positivos y fallecimientos es Estados Unidos, seguido por Brasil, India y Rusia.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha publicado una lista de una treintena de vacunas para prevenir el coronavirus que están en fase de ensayo clínico. Seis de ellas se encuentran en fase III, es decir, en la etapa en que se prueba de forma masiva.

A ellas hay que sumar la vacuna anunciada a bombo y platillo por el propio presidente ruso, Vladimir Putin, está registrada en Rusia desde el 11 de agosto, pero las pruebas masivas no arrancan hasta el próximo mes.

Si la patente fuera libre, pero no se comparte el conocimiento al minuto, no dará tiempo. Para evitar desigualdades importa sobre todo el tiempo», dice Chema Vera, de Oxfam

El proceso se está acelerando muchísimo, pero aún así será difícil que haya una vacuna antes de 12 meses. Generalmente se tarda en descubrirla, si se logra, años. Y la producción en enormes cantidades es muy compleja.

«Será preciso que haya una patente libre y eso no quiere decir que las farmacéuticas no obtengan un beneficio razonable. Aún así si la patente fuera libre, pero no se comparte el conocimiento al minuto, no dará tiempo. Para evitar desigualdades importa sobre todo el tiempo, más incluso que el precio. Si llega la vacuna a una barriada de Kenia, por ejemplo, a finales de 2023 o principios de 2024, sería un desastre», añade Chema Vera, de Oxfam Internacional.

Seis vacunas en fase III

Tres de las vacunas actualmente más avanzadas son de origen chino: del Instituto de Productos Biológicos de Wuhan y Sinopharm, del Instituto de Productos Biológicos de Pekín y Sinopharm, y del Instituto de Biotecnología y CanSino Biological Inc.

Otra es del Instituto Jenner de la Universidad de Oxford y la farmacéutica AstraZeneca. La quinta está siendo desarrollada por la firma estadounidense Moderna y NIAID, y la sexta de la estadounidense Pfizer con FosunPharma y BioNTech.

La vacuna ligada a Oxford, con participación de AstraZeneca, acaba de comenzar los ensayos de la fase III en Brasil, Sudáfrica y el Reino Unido. Alemania, Francia, Italia y Países Bajos han firmado un contrato con AstraZeneca par el suministro de 400 millones de dosis, destinadas a toda la población de la UE. Sobre el papel parece la más avanzada.

La desarrollada por Moderna y el Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos, en cuyo proceso de producción participa España, se está probando en 30.000 personas. La farmacéutica estadounidense cuenta con ofrecerla a unos 35 dólares por dosis, lo que considera un «precio de pandemia».

De la vacuna de Pfizer con BiNTech y Fosun Pharma, germano-estadounidense, está previsto que se fabriquen 100 millones de dosis este año y 1.200 millones en 2021. De las chinas la más desarrollada es de Sinovac, que se está probando en Brasil, convertido en un laboratorio de pruebas de los ensayos clínicos.

Para Putin ser el primer país que tenga la vacuna se ha convertido en una prioridad de gran valor simbólico, similar al paso dado por Stalin a la hora de tomar Berlín en la Segunda Guerra Mundial», dice Francisco Sánchez

Anunciada a bombo y platillo por el propio presidente, Vladimir Putin, Sputnik V está registrada en Rusia desde el 11 de agosto, pero las pruebas masivas no arrancan hasta el próximo mes. Da idea de la relevancia estratégica de esta vacuna el nombre elegido: Sputnik V, en alusión al satélite I, el primero construido por el ser humano, que fue puesto en órbita en octubre de 1957. No hay datos científicos sobre las fases preclínica y clínica de la vacuna en publicaciones internacionales.

«La vacuna de Covid-19 ha dejado de ser un asunto médico y científico para convertirse en manos de los gobiernos, sobre todo ruso y chino, en un ejemplo más de realismo en las relaciones internacionales. La vacuna es hoy por hoy un elemento geopolítico más, con el añadido de que en ese escenario Estados Unidos y sus centros de investigación no están en el pelotón de punta. Para Putin ser el primer país que tenga la vacuna se ha convertido a una prioridad de extraordinario valor simbólico, similar al paso que dio Stalin a la hora de tomar Berlín durante la Segunda Guerra Mundial y tanto ahí como ahora, los dos líderes están dispuestos a correr todos los riesgos y realizar todo los sacrificios», explica Francisco Sánchez, director del Instituto de Iberoamérica.

«A la vez China lleva mucho tiempo intentando que nos olvidemos de que el virus se originó en un mercado donde se vendían animales exóticos para consumo humano y su vacuna sin duda servirá para ese propósito», añade Sánchez.

El ‘nacionalismo de las vacunas’

En la carrera por conseguir la vacuna hay una presión política importante. Los líderes tratan de conseguir el acceso a las dosis necesarias para su población.

«Puede describirse como un nacionalismo preventivo. Es muy negativo que los gobiernos se dejen llevar por este egoísmo. Si tienes una gran cantidad de personas infectadas en el mundo, dada la globalización, el virus continuará activo. Hay un juego político, económico y estratégico detrás de las vacunas que es una receta para el desastre, si no es posible construir algún acuerdo internacional», decía Richard N. Haass, presidente del centro de estudios del Council on Foreign Relations, y ex director de Planificacón de Políticas en el Departamento de Estado de EEUU, en declaraciones a la BBC.

Coincide con este punto de vista Rafael Vilasanjuan, director de Análisis y Desarrollo Global de ISGlobal, como expone en un artículo en El Periódico de Cataluña: «Convertida en un arma nacional y de batalla la vacuna podría perder todo el valor por el que la ciencia trabaja. Porque, aunque algunos países pudieran vacunar a toda su población, ni siquiera ellos estarían protegidos. Donald Trump, en caída libre en las encuestas, quiere vacunar a los americanos primero, una estrategia torpe e inútil porque tendría que seguir cerrando sus fronteras mientras otros países no tuvieran igual inmunidad».

El principal obstáculo está en quienes quieren hacer de la vacuna un arma geopolítica», señala Rafael Vilasanjuan

A su juicio, es extremadamente peligrosa esta carrera por la vacuna, si finalmente no se comparte el conocimiento. «El principal obstáculo no está por tanto ni en los que niegan la evidencia, ni en los que la trabajan bajo la incertidumbre de conseguirla, sino en los que quieren hacer de la vacuna un arma geopolítica. La idea de que quien tenga la vacuna tendrá más poder que si tiene armas nucleares ha disparado el nacionalismo y los frentes, convirtiéndose en el principal obstáculo para controlar la pandemia a nivel global», añade Vilansajuan.

El caso latinoamericano

En América Latina, Brasil se ha convertido en un país ideal para probar la vacuna. Combina un gran número de casos (segundo del mundo), con especialistas en inmunización, una infraestructura adecuada y voluntarios dispuestos a probarla. Tres de las vacunas más avanzadas se está probando en Brasil y cuentan con científicos de este país en su producción. Para evaluar la vacuna se buscan voluntarios de países con elevado nivel de propagación.

Brasil puede, además, producir hasta 500 millones de vacunas al año. El gobierno ha firmado dos acuerdos para lograr acceso preferente a una vacuna. En un caso es entre el Instituto Butantan de Sao Paulo y Sinovac, que facilitaría 120 millones de dosis a principios de 2021. El segundo es entre el gobierno federal y AstraZeneca, que garantiza el acceso a 100 millones de dosis.

El convenio con AstraZeneca lo ha realizado el Estado y la vacuna la producirán dos laboratorios públicos: la fundación Oswaldo Cruz y Bio-Manguinhos. Justo lo opuesto a lo que sucede en Argentina, donde el acuerdo de AstraZeneca y Oxford se da con una laboratorio argentino, Abxience, de Hugo Sigman, y otro ligado a Slim y la farmacéutica Liomont. Es decir, en el caso argentino, un gobierno «nacional y popular», en palabras del columnista de La Nación Carlos Pagni, delega en la empresa privada para un asunto tan relevante. Toda una paradoja.

A tiempo, Cuba, que sigue presumiendo de ser una potencia científica, ha anunciado que empieza en breve los ensayos de su propia vacuna, desarrollado por el Instituto Finlay de Vacunas, bajo el nombre de Soberana 01. Cuba prevé concluir el 11 de enero de 2021 el estudio.

El régimen castrista ha desplegado misiones médicas en varios países para asistir en la lucha contra la pandemia. Por estos servicios Cuba, además de prestigio, logra sustanciosos ingresos, ya que lo que pagan los países por estas misiones va en su gran parte al Estado cubano.

Según Francisco Sánchez, del Instituto de Iberoamérica, «en América Latina también se da la carrera por la vacuna, ese juego por el poder. Cuba trata de estar en la primera línea de la geopolítica de la región, y lo ha conseguido con sus brigadas médicas y ahora se suma a la lucha por la vacuna. Para quien dude de que se trata de un asunto político, basta recordar que la vacuna cubana se llama Soberana 01. México y Argentina se han posicionado como países de referencia regional con el solo anuncio de producción de la vacuna elaborada por Oxford».

Para Sánchez hay claro ganador de esta partida de ajedrez en América Latina, Carlos Slim. «A diferencia de los desaires que recibe Amancio Ortega por parte de Pablo Iglesias cuando su fundación hace donaciones, AMLO y Fernández, presidentes autodenominados de izquierda de los dos países, han recibido entusiastas el financiamiento del hombre más rico de México, Carlos Slim, que de paso, se acerca más al presidente de su país, y se gana la confianza del gobierno peronista de Argentina, un país en el que ya posee una de las operadoras de teléfonos móviles, CLARO, empresa que en un futuro próximo tendrá que operar en un mercado en el que habrá grandes movimientos debido a la anunciada retirada de Telefónica de Argentina».

Sea como sea, estas carreras nacionales han de confluir, sobre todo para garantizar una producción masiva de la vacuna más eficaz porque, como explica Chema Vera, de Oxfam, «si la producción no empieza hasta que esté avanzada la vacunación masiva en los países ricos, será una brecha insalvable. La vacuna ha de ser segura, asequible, eficaz y libre». Si no, no tendremos cura.