De su modestia habla cómo quiere ser recordado: «Hizo lo que pudo». De su sentido del humor, las 400 páginas de sus memorias, que publica la editorial Debate con el título Sin ir más lejos, un libro que retrata a un hombre lúcido que ha estado a la altura de las extraordinarias circunstancias que ha vivido. Carlos Alberto Montaner (La Habana, 1943) reconoce que ha tenido una vida afortunada: «He hecho lo que me ha dado la gana».

Montaner nos deja conocer, como si nos contara una película, una trayectoria que arranca con un ritmo trepidante. Antes de ser mayor de edad ya se había casado, había tenido una hija, Gina, y había sido encarcelado y juzgado por la triunfante revolución de Fidel Castro.

A Carlos Alberto Montaner lo que le gusta es escribir. Y se nota. Después de firmar miles de artículos, algunos publicados en EL INDEPENDIENTE, y de ser autor de novelas como Perromundo o La mujer del coronel, ha acometido una asignatura pendiente, animado por su hija Gina, también escritora y periodista. Ha mirado hacia atrás para ofrecer al lector un paseo por una vida tan intensa como plena. Sin ir más lejos, editado por Debate, se presenta en Miami el 12 de diciembre.

En el libro reconoce que «la Revolución cubana modeló mi vida, a mi pesar, aunque estuviera en la acera de enfrente, tras advertir que forjaban una dictadura comunista». Todo habría sido distinto en un país predecible. A pesar de que ya lleva 58 años en el exilio, «no recuerdo un solo día en en el que esa isla no hubiera estado presente en mí de alguna forma».

«La mayor parte de las cosas me pasaron antes de los 18 años. Hasta una revolución. Y las revoluciones son el horror pero a esa edad las vives como una diversión también», relata vía telefónica desde Miami, la ciudad donde comenzó desde cero, en septiembre de 1961, al huir de Cuba tras fugarse de la cárcel, y a la que regresó después de unos inolvidables años 70 en Madrid. De hecho, confiesa que quiere regresar a España.

Al son de boleros

Sus memorias arrancan al son de boleros en Cuba, donde nació en el seno de una familia de origen catalán (Montaner o Muntaner y Surís). «Mis padres, Ernesto y Manuela, se conocieron en un velorio. Ignoro quién era el difunto, pero los velorios cubanos servían para todo: unos lloraban otros reían, todos comían e, incluso, se enamoraban». Va intercalando su historia personal con los acontecimientos de aquellos convulsos años en la que fue la última colonia española.

Su madre estudió pedagogía y su padre, un tremendo seductor, había sido administrador de un cementerio, aunque era aficionado a la canción lírica y acabó escribiendo artículos en distintos medios. El abuelo Surís ya advirtió a su hija que aquel tipo tan encantador la llevaría por la calle de la amargura. Al darse cuenta de que era irremediable, Manola se separó.

Cuando era un muchacho de siete u ocho años, iba de vez en cuando por el apartamento de sus padres un joven estudiante de Derecho que militaba en la Unión Insurreccional Revolucionaria de nombre Fidel Castro. «Era solo un amigo de mis padres que tomaba mucho café y hablaba inconteniblemente de cosas incomprensibles. (Con los años, ya Fidel instalado en el poder, volví a sentir lo mismo)», relata Montaner en sus memorias.

Incluso Fidel y su primera esposa, Mirta Díaz-Balart, con su primogénito, Fidelito, llegaron a dormir alguna vez en aquel apartamento «por precaución», según le contó su madre. Sin embargo, de poco le sirvió cuando a los 17 años fue encarcelado cuando daba cobijo en su casa a Alfredo Carrión.

Con 15 años ya supe que Fidel no iba a soltar el poder y que habría que hacer un esfuerzo para que no se entronizara el comunismo en Cuba

De Fidel se desengañó pronto. «Me di cuenta muy pronto de lo que pretendía porque me lo mostró mi profesor de matemáticas, Raúl Ferrer, que era miembro del Comité Central de La Habana. Tenía 15 años y estaba asqueado de los fusilamientos. Me dijo: ‘Este es un régimen comunista. Estamos en el poder. Debemos ser rigurosos’. Casi inmediatamente después de la toma, a principios de 1959. Supe que no iba a soltarlo y que habría que hacer un esfuerzo para que no se entronizara el comunismo en Cuba. El comunismo es una gran jaula que una vez que se fabrica es muy difícil salir de ella».

Aún se pregunta por qué ejerce esa fascinación el comunismo. «Se sabe que es un desastre. Ha fracasado en la URSS. Pero aún te encuentras a gente en Chile, por ejemplo, donde habían triunfado las ideas liberales, que quiere destruir el sistema a cargo de la gente. Lo interesante es que nadie está exento de eso. Puede ocurrir en España, o en cualquier país de América Latina. Todo está al alcance de unos tipos que consiguen destruir y concitar el odio para destruir las estructuras productivas». 

¿Cómo se mantiene el régimen castrista? «Es una jaula muy bien construida. Falla cuando el ejército o la policía disienten, como ha pasado en Bolivia«, apunta. Pero confía en que una vez que desaparezca la generación que hizo la Revolución, con Raúl Castro entre ellos, surja un Adolfo Suárez. De Raúl tiene mejor opinión que de Fidel. «Raúl es un hombre de familia. Fidel era incapaz de amar al prójimo. Eso lo hace diferente».

Revolución personal a los 17

En 1959 libró Carlos Alberto Montaner su particular revolución personal. A los 14 años aparentaba 25 y se enamoró de Linda, la muchacha más bonita e inteligente que jamás había visto.

El destino quiso que se encontraran una noche aciaga en la que Linda se había visto sorprendida por un atentado en el hotel Comodoro de La Habana junto a sus hermanos. Carlos Alberto se ofreció a acompañarlos y ponerlos a salvo. Ya nunca más se separarían. Se casaron en 1959. Al año siguiente nació su hija Gina. Siete años más tarde, Carlos. Llevan más de 60 años juntos.

Sin embargo, su fortuna estuvo a punto de truncarse cuando le detuvieron junto a su amigo Alfredo Carrión, que le pidió quedarse en su casa por temor a que le vigilara la policía política. Era diciembre de 1960.

Los tribunales no eran para impartir justicia, eran para escarmentar

Durante días no supo de qué le acusaban pero sí supo cómo a algunos de sus compañeros de celdas los fusilaban. «Los tribunales no eran para impartir justicia, sino para escarmentar». Supo muchos años después, en Madrid cuando se topó con él por casualidad, que los habían delatado. Un conocido, a quien apreciaba. «Ni siquiera era un agente, era un malvado, disfrutaba haciendo daño».

Finalmente, le llevaron ante un fiscal y unos jueces en una apariencia de juicio que en realidad era una farsa. A Alfredo Carrión y a él los acusaban de «estragos, tenencia de material explosivo y atentar contra los poderes del Estado». Pero no habían encontrado nada en su apartamento.

Años más tarde, el régimen castrista difundió bulos sobre su participación en atentados con bomba en cines, y de incendiar la Nobel Academy. Llegaron a decir que estaba al servicio de la CIA. Montaner asegura que todo es obra del aparato de desinformación cubano, experto en la difamación.

A Montaner le condenaron a permanecer en un centro de menores hasta la mayoría de edad. «Una prueba de que no encontraron nada en mi contra porque si no me habrían castigado más severamente», nos cuenta.

Aún así, temeroso de que alguien quisiera perjudicarlo y al cumplir la mayoría de edad no le dejaran salir, se fugó en una operación rocambolesca que si salió bien es por la baraka que le ha acompañado toda la vida. Era la noche del 4 de marzo de 1961.

Acudió a refugiarse en la embajada de Honduras, gracias a las gestiones de su madre, de su suegra y de Linda. Cumplió los 18 en la legación, donde permaneció hasta septiembre de 1961, cuando les facilitaron los salvoconductos para salir de la isla. Aún se pregunta qué le habría pasado si la fallida invasión de Bahía de Cochinos, un mes después de su fuga, el 17 de abril de 1961, le hubiera pillado entre rejas. Quizá no habría salido de Cuba jamás.

Cuando salí de Cuba, pensaba que mi función era liberar a esos muchachos. Era un compromiso

En el viaje camino de Miami, donde ya estaba Linda y donde empezaría una nueva vida, nos confiesa cómo iba pensando en Alfredo Carrión y los que se habían quedado atrás.

«Cuando salí de Cuba en el avión pensaba que mi función era liberar a esos muchachos. Era un compromiso. Y por eso lo hice todo. Era un compromiso personal con los que habían quedado presos». Por ello se alistó para combatir cuando se desencadenó la crisis de los misiles en 1962. Finalmente, Kennedy y Krushev relajaron la tensión, y volvió a casa para dejar atrás para siempre el uniforme militar, con el que un rebelde despistado como él se sentía extraño.

Su amigo Alfredo Carrión murió a manos de un guardia. Inspirada en los llamados plantados porque se negaron a la rehabilitación, escribió Perromundo, su primera novela. Después publicó Trama, La mujer del coronel y Otra vez adiós.

El país de las oportunidades

En Estados Unidos empezó de cero. Fue soldador, camarero en un club de striptease, dependiente, vendedor de la Enciclopedia Británica… pero poco a poco va descubriendo su verdadera vocación de escritor.

Reconoce que Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, aunque en España se vive mejor. Su tres nietas, Paola, Gabriela y Claudia, son estadounidenses y tienen allí por delante un futuro próspero, algo que sería mucho más difícil en España. Eso sí, como suele escribir en sus artículos, Trump representa otra América, la nacionalista, no la América de la República, de la ley.

Pasó un tiempo en Puerto Rico, porque allí encuentra una oportunidad como profesor en la universidad. Y de ahí dio el salto a España, donde fundó una editorial, Playor, antes de volcarse en la política.

Me dediqué a la política por circunstancias, pero no tenía afán de protagonismo. No me veo como un Adolfo Suárez»

«Me dediqué a la política por las circunstancias, pero no tenía afán de protagonismo. Me habría gustado que Cuba se encauzara por la vía de la prosperidad, pero no me veo como un Adolfo Suárez», dice con modestia.

Insiste en que su pasión es la novela. Y ahora anda inmerso en una idea apasionante sobre la familia de Marx. Justamente con algo parecido andaba el escritor cubano Alejo Carpentier cuando murió. Pero no le da mal fario.

Su sueño durante mucho tiempo fue volver a Cuba, a una Cuba ya libre del régimen castrista. «Quería que Cuba tuviera una transición a la española», explica. En su estancia en Madrid fue testigo del atentado contra Carrero Blanco, la muerte de Franco y la transición, uno de los momentos históricos que más le han impactado, junto con el derrumbe del Muro de Berlín.

Conversación con el Rey

En sus años madrileños, tuvo ocasión de hablar con el entonces Rey Juan Carlos I sobre su visión sobre Cuba. Gracias a su buen amigo, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, logró una entrevista personal con el monarca.

«Fue muy receptivo. Me contó que mientras que los americanos querían tirar a Fidel por la ventana, él quería convencerlo para que él se tirara por la ventana», rememora sobre aquel encuentro.

Los americanos querían que se tirara por la ventana Fidel pero el Rey quería convencerlo para que se tirara él

De hecho, al disolverse la Unión Soviética, tuvo esperanza de que a Fidel Castro no le quedara mucho y pudiera ceder. Creó la Plataforma Democrática Cubana, fundada en Madrid en 1990, para emular la transición española en la Isla. Pero su intento de promover un cambio «sin vencedores ni vencidos» fracasó. Fidel Castro no estaba dispuesto a ceder para favorecer un cambio. «Resiste más allá de su final».

Aún le parece increíble que el régimen le considerara peligroso durante tanto tiempo. Supo por un ex agente de la Inteligencia cubana que incluso se plantearon en al menos una ocasión acabar con su vida.

«Lo único por lo que me podían considerar peligroso es por buscar una transición pacífica sin triunfadores ni derrotados. Menos mal que no lo hicieron», comenta con sorna. «Uno no puede protegerse de un régimen de ese tipo». A lo que sí recurrieron es a la difamación, que es «la muerte civil».

Los españoles fueron los más moderados y sensatos en la ecuación de la transición. El pueblo moderó a los políticos

«La transición me sirve de modelo y me permite entender que no es verdad que hay características permanentes de los pueblos. Los españoles no eran feroces ni levantiscos. Fueron los más moderados y sensatos en la ecuación de la transición. El pueblo moderó a los políticos. Estuvieron la altura y llegaron a consensos. Me parece muy injusto que no se valore esa etapa de la historia de España. La derecha cedió, la izquierda cedió, la Monarquía también. Todos lo hicieron», señala el escritor.

Entre los políticos españoles admira a Felipe González y a José María Aznar. «Tanto Felipe González como Aznar me parecen dos políticos muy importante. Tenían una convicción democrática muy clara. Son de tendencias muy divergentes pero democráticos».

En la esfera latinoamericana declara su devoción por Mario Vargas Llosa, a quien llegó a acompañar en su campaña presidencial en 1990, que acabó con su derrota en segunda vuelta frente a Alberto Fujimori.

«Curiosamente quien más me ha impactado es Mario Vargas Llosa porque le he visto en la calle. He visto cómo se mueve y cómo reacciona la gente frente a él. Entre los políticos los más notables destacaría al uruguayo Luis Alberto Lacalle, ex presidente. Su hijo ahora es presidente electo. También el costarricense Miguel Angel Rodríguez, acusado vilmente de corrupción porque es un hombre modesto. También Oscar Arias me parece un gobernante importante».

Cuando se asoma a la cuarta edad, confiesa que le habría gustado ver la Cuba sin el régimen castrista. «Pero ya no me quita el sueño. Durante mucho tiempo me lo quitó. Recuerdo haber estado en una época con problemas pulmonares graves y decirme que iba a morir sin ver el fin de esta película. Pero yo sigo y la película continúa».

El siguiente capítulo de su vida transcurrirá en Madrid a partir de 2020.