La seguridad y salud de trabajadores y usuarios es la máxima prioridad de Clece en sus residencias, donde ha llevado a cabo una gestión impecable, ha aplicado medidas preventivas y protocolos desde el principio, ha extremado las medidas de desinfección y limpieza y ha reforzado plantillas entre otras acciones, siempre prestando el mejor servicio a los residentes.

En esta línea, y con el fin de evitar contagios de algunos usuarios positivos de coronavirus en la zona de Castilla y León, Clece recurrió a una residencia propia cuya inauguración había quedado paralizada debido al estado de alarma.

El compromiso que lleva a compartir confinamiento con los mayores

A esta nueva residencia, Clece Vitam Fuente Olivo, fueron trasladados los usuarios que habían caído enfermos: «Es una residencia que empleamos como centro de cuarentena», cuenta a El Independiente Eva Muñoz, gerocultora en Clece Vitam Patio de los Palacios.

Cuando los mayores fueron trasladados a la residencia de cuarentena, Eva creyó conveniente irse con ellos, con las personas de quienes se había estado ocupando hasta ese momento, cuyas necesidades y debilidades conocía tan bien. La difícil decisión que tomó implicaba su confinamiento en la residencia. Un enorme sacrificio personal «aunque mi vida son las personas mayores, tengo marido y dos hijos a los que no veo desde el 31 de marzo, no he vuelto a casa desde entonces». En este tiempo se ha encargado de atender todas las necesidades de los usuarios, desde el aseo, la alimentación, la compañía y el cariño, hasta las que iban surgiendo con la pandemia, como facilitar el contacto con sus seres queridos mediante nuevas tecnologías.

El equipo que revirtió una situación límite

Ángel Hernández Padilla, es el responsable en Clece de los Centros de Día de Burgos. La tarde del miércoles 25 de marzo recibió la llamada de la Junta de Castilla y León. Se había intervenido una residencia privada en otra localidad y necesitaban que su equipo se hiciera cargo de la situación.

«El estado de alarma había obligado a cerrar los centros de día y todo el equipo se hallaba confinado en sus casas. Esa misma tarde hablamos con nuestras trabajadoras y a primera hora del día siguiente nos fuimos todos a Adrada de Haza, una localidad que está a unos cien kilómetros de Burgos», explica Ángel. «Ya solo el traslado fue complicado debido a las limitaciones del número de pasajeros que podían viajar en vehículos particulares».

Lo primero fue atender las necesidades más urgentes, alimentación, limpieza, desinfección y distanciamiento preventivo de los residentes»

«Cuando llegamos, nos encontramos una situación calamitosa. La residencia estaba absolutamente desbordada. Había 31 residentes, muchos de ellos tenían fiebre, estaban mezclados y con, prácticamente, todo el personal de baja», desvela Hernández Padilla. «Pese a que desconocíamos el terreno porque ni la residencia ni la gestión pertenecía a nuestra empresa, nuestras trabajadoras se calzaron mascarillas y guantes y se metieron en faena sin pensárselo dos veces. Lo primero fue atender las necesidades más urgentes, alimentación, limpieza, desinfección y distanciamiento preventivo de los residentes. La mayor de las dificultades fue la falta de médicos y enfermeros». Tras dos intensos días, el viernes 27, finalmente, la Junta tomó la decisión de trasladar a los residentes a otros centros. «Algunos pudieron ir en ambulancia, pero a otros tuvimos que trasladarlos en nuestros propios vehículos. El compromiso y la actitud de todo el equipo fue lo que salvó una situación realmente crítica».

El eslabón más sólido de la cadena

Otro ejemplo de compromiso es el de Carmen Patricia Tamayo, Auxiliar del Servicio de Ayuda a Domicilio en Madrid, gestionado por Clece. Estando confinada en casa al haberse suspendido sus servicios, cuenta que sintió la necesidad de ayudar tras ver en televisión toda la gente que estaba muriendo a causa del coronavirus: «Tenía que hacer algo. Me ofrecí a la empresa para lo que hiciera falta y cuando me llamaron para trabajar en una residencia, no me lo pensé dos veces», explica.

Desde entonces, Carmen se levanta cada día a las cinco de la mañana para llegar a las ocho a la Residencia de El Berrueco destinada a tratar a personas dependientes con trastornos de conducta y enfermedad de Alzheimer. Allí levanta a los residentes, los asea, hace las camas y el resto de labores de limpieza. «Este trabajo exige mucha dedicación, ya que hay que estar muy pendiente de ellos», explica la auxiliar. «Hay que atender sus necesidades más básicas, pero lo más importante es el cariño y la compañía porque están muy aislados debido al estado de alarma».

Lo más importante es el cariño y la compañía porque están muy aislados debido al estado de alarma»

Ella deseaba servir de ayuda y lo está haciendo. Opina que «las personas que trabajamos en una residencia somos el eslabón más importante de la cadena. Nosotras somos las que tenemos más contacto con los residentes: les aseamos, les bañamos, les tocamos… Los sanitarios son los que realizan los diagnósticos, les recetan los medicamentos, y, en definitiva, los que les curan, pero nosotras somos las que les cuidamos cada día», sentencia Carmen Patricia Tamayo.