Hay libros que dan luz a un momento de oscuridad. Ayudan a encajar las piezas del puzzle que es la vida. Sirven para conocernos mejor. Víctor Lapuente (Chalamera, Huesca, 1976) ha escrito el ensayo que le hubiera gustado leer con 18 años. Su Decálogo del buen ciudadano (editorial Península) no solo sirve de orientación a los jóvenes; es una obra para todas las edades, donde plantea una ética para el siglo XXI. Muy apropiada en tiempos de pandemia, aunque Lapuente, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford, había terminado antes el primer borrador.

Nos cuenta que el decálogo, una especie de diez mandamientos del buen ciudadano, es el trabajo al que llevaba dando vueltas desde antes de publicar su ensayo El retorno de los chamanes, que acaba de reeditarse. Lapuente nos desveló en 2016 cómo nos hemos dejado llevar por los chamanes, regidos por la superioridad moral, y buscadores de culpables, en lugar de atender a las exploradoras, más pragmáticas y resolutivas.

La pandemia te pone en el espejo de la mortalidad. Nos planteamos qué hacemos aquí»

Ahora nos lleva a mirarnos a nosotros mismos. Para olvidarnos de nosotros. Y de nuestro narcisismo, el mal de nuestro tiempo. «Lo escribí antes de la pandemia pero luego con la pandemia ha tenido más impacto, por la sensación general de apocalipsis. La pandemia te pone en el espejo de la mortalidad. Nos planteamos qué hacemos aquí». Esa idea se reforzó en su mente cuando le diagnosticaron de un mieloma múltiple.

«Tenía en mente esta idea sobre qué hacemos aquí y también cómo funcionan las naciones. Me di cuenta de que todo confluía. Al final el mensaje es de transformación individual», explica en conversación telefónica desde Goteburgo, donde ejerce como catedrático de Ciencia Política en la Universidad.

Está ilusionado con el Decálogo y se nota. Está recibiendo una buena respuesta por parte de personas de ideologías muy dispares. En el fondo, coincidimos, somos más parecidos de lo que nos creemos, y tenemos las mismas necesidades. Como dice Lapuente, «podemos reconocernos en un diagnóstico».

Y el doctor Lapuente tiene muy claro su diagnóstico: estamos enfermos de yoísmo, borrachos de narcisismo, extasiados de mismidad. ¿Qué podemos hacer? En primer lugar, reconocerlo. Sí, solo estamos pendientes de nosotros mismos. ¿Se reconoce?

A la primera conclusión que llega Lapuente es que «no podemos cambiar la sociedad en la que vivimos si no cambiamos nosotros». Y se atreve a recomendar que pensemos cada noche si hemos cultivado las siete virtudes: coraje, templanza, prudencia, justicia, amor, fe y esperanza.

Lapuente escribe este decálogo «como reacción contra tanto manual de autoayuda y por tanto es un manual de autodestrucción». Sería un manual de catarsis, en realidad. Los diez mandamientos, que estructura en capítulos, son: busca al enemigo dentro de ti; no te mires al espejo; agradece; ama a un dios por encima de todas las cosas; no adores a falsos dioses; Da a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; cultiva las siete virtudes capitales; ponte en la cabeza de tu adversario; no te sientas víctima; y por último, pero quizá lo más importante, abraza la incertidumbre.

Hay que acabar con el narciso que hemos alimentado tanto tiempo para nacer de nuevo como ciudadanos con derechos y deberes, no solo con derechos. «Las redes han sido un catalizador, pero el problema viene más de fondo y la política ha contribuido».

Pregunta.- ¿Somos los seres más narcisistas que han habitado el planeta? ¿Está ahí la raíz de nuestra angustia?

Respuesta.- Somos los más ricos, los más opulentos y los más narcisistas. Estamos atrapados en esa cinta del hámster. Cuando consigues mil seguidores de Facebook quieres el triple, y lo mismo nos ocurre con el salario, con el amor… Buscamos constantemente el refrendo de los demás. Eso es alimentar a la bestia. Y cuando la vida nos golpea, como nos ha sucedido con la pandemia, nos frustramos, nos sentimos angustiados. Pero incluso cuando tienes lo que creías perseguir, también sientes esa angustia. La salud, el dinero y el amor no dependen solo de nosotros. La angustia y la soledad son fruto de eso. Y como consecuencia aparecen los chamanes, en forma de líderes nacionalpopulistas, o fundamentalistas religiosos, que vienen a alimentar el narcisismo grupal. Nos dicen entonces: ‘Nosotros somos mejores que los vecinos’. Y le seguimos.

P.- Dice en el prólogo que le gustaría que quien lo lea al finalizar se sienta mejor persona. Cuando terminó de escribir el libro, ¿se sintió mejor? 

R.- Durante todo el proceso me sentí muy satisfecho de hacer algo que creo que puede contribuir, puede ayudar a mitigar la división social. Y a mí me ha ayudado. Me ha hecho reflexionar sobre si soy buena persona o no. Me ha hecho sufrir y disfrutar mucho porque ves que hay varios hilos que vas conectando. Del reverso del poder habla la Biblia y El Señor de los Anillos. Hay unos temas que se van repitiendo. Ha sido bonito hilarlo todo. Como vivimos obsesionados por la actualidad, y por los mensajes cómodos de buscar la autofelicidad, habíamos enterrado también este conocimiento, y sobre todo, olvidamos los valores.

P.- ¿Nos puede hacer mejores personas la pandemia?

R.- Karen Armstrong y otros insisten en la idea de que los periodos de colapso de grandes imperios, o pandemias, son momentos de efervescencia espiritual. Es una oportunidad para ser mejores personas. Sin embargo, tiene su lado oscuro porque también es una oportunidad para los populistas y los cínicos. Sin duda es un buen momento para sentarse a pensar, para tratar de reencontrarnos con los ideales colectivos. 

P.- Habla de nuestra decadencia moral y subraya que ya no hablamos de valores. ¿Esto sirve para Occidente o también más allá?

R.- Se aplica a Occidente. Es posible que en otros sitios se viva incluso de forma más acelerada. Élites corruptas hay en todos sitios. Es un fenómeno global. Hay naciones que progresan pero hay un problema fuerte de corrupción de las élites. La combinación de narcisismo exacerbado y nacionalpopulismo afecta a Brasil, Turquía y a la India. 

P.- Recupera palabras que ya no se escuchan en el discurso público como «responsabilidad» y «sacrificio».

La responsabilidad es clave. Si miramos la evolución del discurso político en la actualidad, no hay deberes, solo derechos»

R.- Son palabras desterradas. Hay quien me ha dicho que llego a las mismas conclusiones que los filósofos clásicos y los teólogos medievales. Ojalá sea así. La responsabilidad es clave. Si miramos la evolución del discurso político en la actualidad, no hay deberes, solo derechos. La idea de crear comunidad dando solo derechos no sirve, porque también hay que pedir sacrificios o deberes. Por eso planteo que sería bueno un servicio civil.

P.- ¿Cómo se ha deteriorado tanto la política? ¿En insalvable esa grieta, como dicen en Argentina?

R.- Hemos llegado a un punto en el que se desacredita al que piensa diferente como si fuera un adversario. Estoy de acuerdo en que hay que reivindicar la amabilidad porque somos iguales. Como nos hemos endiosado, tratamos al otro con desprecio. Y así hay tanto veneno en la política. 

P.- Lo esboza en el libro pero me gustaría que lo explicara: ¿Por qué en los países nórdicos siguen pendientes de sustentar el Estado del bienestar?

R.- Tampoco los nórdicos se libran del individualismo. Pero, al igual que ocurre en Alemania, hay una conciencia social que va más allá de izquierda o derecha. Intento ir contra el mito de que en los países nórdicos todo es gratis. De nuevo miran solo los derechos. No se dan cuenta de los deberes: los impuestos son más altos y se pagan.

P.- Me parece que la gran frase del libro es esta: «La derecha ha enterrado a Dios. La izquierda, la patria».

R.- Sí, me lo han dicho. La derecha lo sustituye por el éxito económico a toda costa. Y la izquierda por el individualismo cultural. Dan la vuelta al eslogan de Kennedy: «Qué puede hacer mi país por mí». Tanto la derecha como la izquierda cultivan el individualismo. Con la revolución del 68 y 69 se lanzan por esa pendiente. En los dos casos se olvidan de la comunidad.

La política se ha convertido en una lucha cósmica entre el bien y el mal… Ya no hay acuerdos porque la discrepancia ahora se vive en términos de ‘o estás conmigo o contra mi'»

Sin esos valores comunitarios, sin pensar en el bien de todos, es muy difícil construir nada. Y vemos en Estados Unidos, en Polonia, en Cataluña, por diversas razones, esa división profunda, esa grieta. La política se ha convertido en una lucha cósmica entre el bien y el mal. Ya no hay acuerdos, porque las discusiones no son pragmáticas. Ahora se entiende la discrepancia como algo cualitativo. Estás conmigo o contra mí. Y así no se puede llegar a acuerdos.

P.- Sobre su reflexión sobre la patria, quizá sea España el único país donde muchos no tendrían problema en limpiar el baño con la tela de una bandera. ¿Por qué esta desafección?

R.- La transición se produce en un momento crucial en el que gira culturalmente todo Occidente, después de la Revolución de 68 y 69, hacia el individualismo. En ese momento en el que justo la izquierda giraba desde el patriotismo a lo apátrida.Unido al uso el nacionalismo del franquismo es comprensible. Es una anomalía. Pero también hay un nacionalismo de pin de la ultraderecha en España, parecido al de la cadena Fox de EEUU. Se ponen la bandera no para unir sino para señalar al otro.  

P.- Ese nacionalpopulismo es un nuevo dios.

Los nacionalpopulismos, los fundamentalistas y los supremacistas tienen en común un problema de identidad y la soledad

R.- Porque muchos tratan de encontrar respuestas a su soledad y este problema de identidad colectiva en el nacionalpopulismo. Hannah Arendt ya dijo que lo que unía a los nazis era la soledad y el vacío espiritual. Esto lo tiene el nacionalpopulismo. Los estudios actuales sobre los fundamentalistas religiosos o nacionalpopulistas o supremacistas coinciden en que lo que tienen en común es un problema de identidad y de soledad. Con eso juega el nacionalpopulismo. No es tanto una cuestión económica, es una sensación de orfandad. La identidad se construye ahora sobre el trabajo y la nación, pero la patria se ha convertido en una identidad de segunda clase, para quienes profesionalmente no les va tan bien.

P.- Afirma que hemos de dar las gracias todos los días porque gran parte de lo que tenemos nos viene dado. Gran parte de lo que expones suena a religión cívica. Es valiente y honesto plantearlo así porque no es lo que resuena más.

R.- Sí. Me refiero a reemplazar la idea del dios cristiano con la idea de la religión cívica, la patria o la comunidad. 

P.- Y desmitifica: somos animales. Nos movemos por instintos y luego intentamos explicarlos.

R.- Sí, hemos de ser conscientes de que tenemos una parte instintiva, que hemos de controlar. Y también hemos de ser conscientes de dónde vienen nuestros miedos. Seguramente mucho de lo que culpamos a los demás tiene su origen en nosotros mismos.

P.- Lo que creo es que en España sí se da la crisis del Estado y de la empresa, pero no tanto de la familia.

R.- Sí, es cierto. Es algo muy bueno. Pero como somos muy dados a modernizarnos muy rápido hemos de estar alerta. Los nórdicos están empezando a redescubrir a los abuelos.

P.- En suma, nos creemos que somos nosotros los que damos sentido a nuestra vida pero son los otros los que nos dan sentido. En el libro dice que si pensamos en momentos felices siempre son con otros. Y si rememoramos equivocaciones tienen que ver con algo que hemos dejado pendiente con alguien. ¿Cómo le gustaría ser recordado?

R.- Ufff… Ojalá haya contribuido con un granito de arena a que se replantee el sentido de la vida. Recuerdo cómo Paul Auster en su obra 4 3 2 1 alude a dos chicas: una es revolucionaria y activista. La otra es voluntaria en un servicio de ayuda telefónica a personas con instintos suicidas. Es quien se ocupa de salvar uno a uno. Eso es lo que me gustaría. Y, sobre todo, ser un buen padre.

Sus hijos esperan a que termine la conversación para jugar una partida de monopoly.