Ser primera dama es un trabajo ingrato: no hay manual, no hay reglas, pero todo el país se siente libre de criticarte y recriminarte que no eres lo suficientemente progresista o conservadora, glamurosa o tradicional.

Si te metes en política y tienes una agenda muy potente (a la Hillary Clinton o Eleanor Roosevelt) te llamarán metomentodo. Si adoptas un rol menos activista pero consigues gran visibilidad mediática (como Michelle Obama), te echarán en cara que no eres apropiada.

Incluso a Jackie Kennedy, la primera dama por antonomasia, la que estableció el listón que han debido seguir sus sucesoras, lo pasó fatal en la Casa Blanca: le reprocharon sus facturas abultadas en ropa, su pasión por las vacaciones en Europa y el verdadero dispendio que gastó para reformar la mansión presidencial. El dicho de que nunca llueve a gusto de todos aquí es la norma y, generalmente, hasta que las primeras damas no salen de la Casa Blanca y no pasa un tiempo prudencial, no se les reconoce su contribución.

Jill Tracy Jacobs Biden, segunda esposa de Joe Biden y primera dama de Estados Unidos desde el 20 de enero de este año, lo sabe bien, aunque seguramente le importe bastante poco: al fin y al cabo, siempre ha sido una persona increíblemente privada a la que no le ha gustado llamar la atención.

Sus defensores consideran que es discreta y tranquila, una mujer que no da escándalos, ni persigue la fama y sólo le interesa hacer bien su trabajo

Sus detractores le echan en cara que no tiene un perfil propio y apenas relevancia: ni sale en televisión, ni se habla de ella, ni es un icono cultural en ciernes como su amiga Michelle Obama, ni tiene una pasión superlativa por la moda, como Melania Trump. Sin embargo, sus defensores consideran que es discreta y tranquila, una mujer que no da escándalos, ni persigue la fama y sólo le interesa hacer bien su trabajo, cuidar a su familia y servir a su país. Además, la Casa Blanca ya ha pasado por demasiados sobresaltos en los últimos años, con twits incendiarios y titulares sensacionalistas prácticamente a diario, por lo que Estados Unidos necesita un largo período de calma, tranquilidad y sin aspavientos.

Eso, de hecho, es lo que representan los Biden: el sosiego frente a un mar en rabia. Hay quien dirá que es aburrido, pero el mundo ya ha pagado un precio demasiado caro por tantas emociones fuertes.

Aparte, Jill Biden podrá ser discreta, pero no es en absoluto anodina. En realidad, tiene un perfil increíblemente interesante, un currículum profesional muy distinguido y ha demostrado con creces que está comprometida con las causas en las que cree, sobre todo el apoyo a familias de militares y la concienciación sobre el cáncer de mama.

Por no decir que su historia con Joe Biden tiene grandes toques románticos y si alguna productora se animase a hacerle un biopic le saldría una película de sobremesa bastante tierna, incluso algo sensiblera.

Una cita a ciegas

El guion seguramente comenzaría en 1975 con la cita a ciegas que les organizó Frankie Biden, hermano del entonces senador Joe Biden. Frankie había estudiado con Jill en la universidad de Delaware. Jill Biden tenía tan sólo veinticuatro años, pero ya llevaba bastantes disgustos a su espalda: se había casado muy joven y se había divorciado al cabo de poco tiempo.

Aunque era muy buena estudiante, había dejado la universidad y sobrevivía con algunos trabajos de poca monta y algún cameo como modelo en una agencia local sin pretensiones.

Joe Biden tenía nueve años más que ella, ya era senador, y su historia era aún más trágica: tres años antes su primera esposa, Neilia, había muerto en un desgraciado accidente de tráfico. Un camión había arrollado su coche. En el vehículo también viajaban los tres hijos de la pareja: Naomi, de tan sólo trece meses, falleció al instante. Los pequeños Beau y Hunter sobrevivieron, aunque tuvieron que pasar varias semanas en el hospital para recuperarse de las heridas.

Él la llamó al día siguiente y le pidió una cita para aquella misma noche. Ella le dijo que ya tenía planes.

Tres años después de tan trágico suceso, Frankie Biden convenció a Joe para que rehiciera su vida y le pasó el teléfono de una amiga. Él la llamó al día siguiente y le pidió una cita para aquella misma noche. Ella le dijo que ya tenía planes. Él insistió: le dijo que tan sólo podía quedar aquel día. Ella aceptó.

Por aquel entonces, Jill estaba acostumbrada a salir con estudiantes, chavales en tejanos y camisetas. Joe apareció aquella noche con una chaqueta de sport y unos mocasines. “¡Unos mocasines!”, recordaría ella años más tarde. «En aquel mismo instante pensé: ‘Dios, esto no va a funcionar nunca, ni en un millón de años'». Pero se equivocaba: fueron juntos a un cine de Filadelfia a ver Un hombre y una mujer, una película francesa dirigida por Claude Lelouch. Luego estuvieron un rato charlando. Congeniaron enseguida.

Él la llevó de vuelta a su casa y, en la puerta, en vez de intentar propasarse, le estrechó educadamente la mano y le dio las buenas noches. Ella llamó por teléfono a su madre —era la una de la madrugada— y le anunció: «Mamá, por fin he conocido a un caballero».

Comenzaron a salir enseguida, se enamoraron, pero no fue fácil que ella aceptara casarse con él: Joe Biden tuvo que pedírselo cinco veces. Cada vez que él se lo proponía ella decía: «Aún no, aún no». «No quería fallar a sus hijos», explicaría Jill años más tarde. «Ya habían perdido a una madre y no podían perder a otra. Si daba el paso, tenía que ser para siempre. Tenía que estar cien por cien segura».

Un día sus hijos entraron en el baño mientras Joe se afeitaba y le dijeron: “Creemos que debemos casarnos con Jill”

De hecho, fueron los pequeños Beau (entonces de siete años) y Hunter (de seis) los que dieron su aprobación al nuevo matrimonio de su padre. Un día entraron en el baño mientras Joe se afeitaba y le dijeron: «Creemos que debemos casarnos con Jill». Así, en plural.

Quizá por ello, él no tiró la toalla, se presentó una noche en la casa de ella y le dijo muy serio: «Esta es la última vez que te lo pido. Me da igual cuando nos casemos, pero quiero un compromiso». Finalmente ella cedió y se casaron en Nueva York el 17 de junio de 1977. Fueron en tren a Nueva York, pidieron una licencia y se dieron el sí quiero en la capilla de las Naciones Unidas. Un cura católico ofició la ceremonia. Joe Biden es el segundo presidente católico de EEUU desde John F. Kennedy.

Una chica de Pensilvania

Sus padres eran de Hammonton, una ciudad del sur de New Jersey, entre Filadelfia y Atlantic City. Él, Donald Jacobs, era oficinista y ella, Bonny Jean Godfrey, ama de casa. Él venía de una familia humilde de orígenes italianos: su padre, el abuelo de Jill, era de un pueblo de Sicilia y se apellidaba Giacoppa, aunque cuando llegó a Estados Unidos se lo cambió por Jacobs. Giacoppa/Jacobs trabajaba en una fábrica de muebles y su esposa era una cuidadora doméstica.

Por parte de madre, Jill venía de una familia mucho más acomodada: Harold y Mabel Godfrey tenían una droguería y, aparte, él era farmacéutico y ella, maestra. Los Godfrey nunca acabaron de ver con buenos ojos a su yerno y la pequeña Jill fue testigo de la tensión que se vivía cada vez que iban de visita.

Jill nació el 3 de junio de 1951 en Hammonton. Era la mayor de cinco hermanas. A los pocos años su familia se trasladó a Willow Grove, en Pensilvania, donde a su padre le habían ofrecido un buen trabajo en el banco de Chesnut Hill (acabó siendo el vicepresidente). Cada fin de semana, eso sí, la familia regresaba a Hammonton, donde vivían los abuelos y Jill recordaría cómo su abuelo le preparaba los domingos braciole y pasta casera.

Jill fue una niña muy independiente y, de adolescente, fue bastante rebelde: le gustaba salir y divertirse. A los quince años decidió que quería su propio dinero, su propia identidad y su propia carrera y se hizo camarera en Jersey. Luego comenzó a estudiar fashion merchandising, algo así como marketing de moda, en un junior college de Pensilvania, un centro de estudios superiores que, en Estados Unidos, no tiene categoría formal de universidad. Lo dejó al cabo de un año: ni le gustaron las clases ni le gustó el lugar.

Juntos se matricularon en Lengua y Literatura Inglesa en la universidad de Delaware y, al cabo de dos años, se separaron

Jill estaba bastante perdida y dio un paso en falso: en 1970, se casó con Bill Stevenson, un chico al que apenas conocía y con el que solo había salido un verano. Juntos se matricularon en Lengua y Literatura Inglesa en la universidad de Delaware y, al cabo de dos años, se separaron. Un año más tarde firmaron el divorcio. Devastada, no sólo dejó a su marido, sino también sus estudios.

Para ganar algún dinero, comenzó a hacer de modelo para una agencia publicitaria de Wilmington. Eran trabajos sin importancia y en ninguno le pagaron más de veinte dólares, pero le sirvió para salir en algunos carteles en las paradas de autobús y en estaciones de tres. Uno de ellos fue visto por un jovencísimo político de nombre Joe Biden.

Su primer voto para Joe Biden

En 1972, Joseph Biden, un antiguo alumno de la universidad de Delaware, comenzó su campaña para ser senador. En un acto para recaudar fondos, Jill y Joe se vieron por primera vez, pero fue un encuentro fugaz, y ninguno reparó excesivamente en el otro. Aquello no pasó de un simpático apretón de manos. Sin embargo, sirvió para que Jill le diese su voto, aunque solo fuera porque era el único candidato al que había visto en persona. Casualmente, era la primera vez que votaba.

Joe Biden estaba tan destrozado que pensó en dejarlo todo y durante semanas no se movió ni un sólo día del lado de sus hijos

Biden ganó (con 30 años se convirtió en uno de los senadores más jóvenes de toda la historia del país). Jill no le prestó más atención hasta que un día, ella se metió en el coche, encendió la radio y escuchó la terrible noticia: la mujer del senador, Neilia, había sufrido un  accidente de coche y había muerto junto con Naomi, su hija pequeña. Los otros dos hijos del matrimonio, Beau y Hunter, estaban gravemente heridos.

Joe Biden estaba tan destrozado que pensó en dejarlo todo y durante semanas no se movió del lado de sus hijos. Pero le convencieron que siguiera adelante: él, para no separarse ni un segundo de los pequeños, juró el cargo junto a ellos en su habitación de hospital.

Tres años después, volvió a ver a Jill y se enamoraron. La relación sirvió para que ambos retomaran las ganas de vivir y dieran un nuevo impulso a sus carreras. Ella consiguió licenciarse en Filología Inglesa en 1975 y comenzó a dar clases como profesora sustituta en una escuela y un instituto de Wilmington.

Después de su boda, para Jill comenzó una vida nueva: nuevo matrimonio, dos niños pequeños a su cargo (los dos empezaron a llamarla «mamá»), casa nueva (se fue a vivir a la gran vivienda que Biden tenía en Du Pont). También decidió retomar sus estudios e hizo un máster en Pedagogía en el West Chester State College. Para poder compaginarlo todo, tan sólo hacía una asignatura por semestre y no acabó hasta 1981.

Una nueva vida

Cuando recibió su diploma, Jill tenía treinta años y estaba embarazada de su primera hija, Ashley, que nació el 8 de junio de 1981. Con tres niños a su cargo, decidió no trabajar fuera de casa durante un par de años.

Cuando regresó, se colocó en un psiquiátrico dando clases de inglés a jóvenes. También dio clases en el instituto de Claymont, obtuvo un nuevo máster (esta vez en Pedagogías por la universidad de Villanova) y en el año 1993 se unió a la facultad del Delaware Technical & Community College, en la localidad de Stanton, donde daba clases de redacción y refuerzo de competencias básicas.

Los community colleges en Estados Unidos son universidades locales, bastante baratas, que no tienen nada que ver con los lujosos y ultraprestigiosos campus de Harvard o Yale. Sin embargo, cumplen una función importantísima para formar a alumnos con menos recursos. Aquel ambiente le encantaba a Jill Biden, quien se implicaba mucho con sus estudiantes.

En enero de 2007, a los 55 años, Jill logró el doctorado en Educación. Su tesis trataba sobre cómo retener a los alumnos en los community colleges. A partir de ahí se hizo llamar siempre Doctor B., por doctora Biden. No le gusta que le digan «señora Biden» y ahora, tampoco primera dama.

Durante las primarias del 2008, Jill daba clases cuatro días por semana y el fin de semana hacía campaña

El compromiso de Jill con su profesión es tal que no ha alterado sus horarios de clases ni en medio de las campañas de su marido a la reelección en el Senado y, más tarde, con sus intentos por conseguir la Casa Blanca. Durante las primarias de 2008, Jill daba clases cuatro días por semana y luego, cada viernes, se subía a un avión, iba a estados clave y se dedicaba a hacer campaña desde las siete de la mañana a las tantas de la noche. Regresaba el domingo a última hora y el lunes entraba al aula puntualmente a las ocho y media.

Cuando su marido juró como vicepresidente de Barack Obama en 2008, Jill no alteró sus rutinas más de lo necesario: siguió dando clases (es la primera mujer de un vicepresidente que sigue teniendo un trabajo activo y remunerado mientras su marido ejerce) y le pidió a sus guardaespaldas que intentaran no llamar la atención en el campus.

El primer día, el servicio secreto llegó vestido con trajes y corbatas y Jill les pidió que al día siguiente fueran en tejanos. En los viajes oficiales, Jill se llevaba trabajo y Michelle Obama (de la que se declara muy amiga) la recuerda siempre corrigiendo exámenes.

Una vida casi anónima

Hasta que Joe se convirtió en vicepresidente, los Biden vivían en una mansión en el suburbio de Willmington, en Delaware, un barrio tranquilo y bucólico con suaves colinas. Su casa está al lado de un lago: es una construcción de 1996 que Joe Biden diseñó él mismo («es un arquitecto frustrado», dicen sus amigos; él ha llegado a reconocer alguna vez que le habría gustado dejar la política y volver a la universidad a estudiar arquitectura).

En el interior, la casa es la típica construcción elegante que sale en las películas americanas: suelos de mármol con mosaicos en blanco y negro, paredes azul marino, cortinas en damasco granate, sillones tapizados en cuero y muebles de caoba maciza. La mansión dispone de piscina, de un enorme patio con su propio jardín y, por supuesto, hay barbacoa.

Con semejante entorno, Jill se acostumbró a vivir con ciertas comodidades, aunque su día a día hasta que llegó a Washington era el de una mujer profesional, madre y abuela que tenía que conciliar múltiples tareas. Cada día hacía ejercicio —corría unos ochos kilómetros— y muchas noches su marido y ella salían a dar largos paseos sin que nadie se fijara en ellos. El resto del día lo dedicaba a dar clases o a participar en las decenas de organizaciones que apoyaba, sobre todo a las militares y a las de concienciación sobre el cáncer de mama.

En el año 1993, después de que a cuatro amigas les detectaran un cáncer de pecho, Jill creó la Biden Breast Health Initiative en Delaware, centrada en la importancia de la detención precoz. Cuando su hijastro Beau Biden fue destinado a Irak, ella se implicó con las familias de los militares y creó varias organizaciones de apoyo.

Su compromiso fue tal, que llegó a tener detalles realmente bonitos: según explicó el Philadelphia Inquirer, cuando Jill se enteró de que una amiga de una compañera de facultad lo estaba pasando mal porque su marido había sido enviado a Irak y ella tenía que cuidar a cuatro hijos sola, Jill no se lo pensó dos veces y apareció en la puerta de la susodicha, a quien no conocía personalmente, portando un pavo asado, una tarta e incluso un pequeño ramo de flores. «Me he enterado de que tu marido está en Irak», le dijo, «y he pensado que te podría echar una mano y traerte la cena».

Altibajos

Jill también se dedicaba a su familia. Un fin de semana cualquiera significaba tener la casa llena de familiares y amigos: hijos, nueras, primos y un montón de nietos. «Siempre había unos veinte Biden», reconoció uno del clan. Desde luego, siempre han sido una familia muy unida, lo que les ha ayudado lo indecible con todas las tragedias que han tenido que aguantar.

Después de ser soldado en Irak, de vuelta a Estados Unidos, Beau Biden sirvió como fiscal general de Delaware. En el año 2004 le diagnosticaron un tumor cerebral. Murió dos años más tarde, con 46 años. Tenía dos hijos pequeños, Natalie y Robert.

Jill Biden siempre ha dado apoyo a su marido en los momentos más difíciles y hay quien asegura que es su mejor soporte

El otro hijo varón de Joe, Hunter Biden, le ha dado bastantes quebraderos de cabeza a su padre. No sólo trabajó para un banco, sino que también lo hizo para un lobby y un hedge fund que tenían lazos bastantes controvertidos con China y Ucrania. Es público que ha tenido muchos problemas con las drogas y el alcohol. El divorcio de su primera esposa fue explosivo y una mujer de Arkansas, Lunden Alexis Roberts, decía que es el padre de su hijo y le ha pedido una manutención (Hunter siempre ha negado haber mantenido relaciones sexuales con ella).

Jill Biden siempre ha dado su apoyo a su marido en los momentos más difíciles y hay quien asegura que ella es su mejor soporte. En la Casa Blanca, desde luego, creen que será un gran puntal. Nunca tendrá el carisma desbordante de Michelle Obama, pero lo hará todo con profesionalidad y aplomo.

Jill Biden cree que no necesita ser nadie más. Ella siempre hará, simplemente, de Jill Biden.