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De guardias civiles a funambulistas: todos los secretos y anécdotas de la nobleza española

El duque de Alba y sus hijos

El duque de Alba junto a su hijo y su nuera.

El primer guardia civil de la historia fue un noble. Se llamaba Francisco Javier Girón y Ezpeleta y era el II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas. Los duques de Alba se pueden mover con toda la naturalidad del mundo por Inglaterra porque tienen más de pedigrí inglés que muchos ingleses de pro: al fin y al cabo, descienden de Jacobo II de Inglaterra y de su amante, Arabella Churchill, hermana del primer duque de Malborough (antecesor, por cierto, de Winston Churchill). La actual sede del Banco de España fue en su día la residencia del marqués de Alcañices, uno de los mejores amigos de Alfonso XII y un hombre que se dejó una fortuna (casi toda la suya) en ayudar a la monarquía. Su mujer, por cierto, la inigualable princesa rusa Sofía Troubetzkoy, fue la primera mujer que puso de moda fumar en España. También fue ella la primera en instalar –en 1870– el primer árbol de navidad que se vio en Madrid. De ella se decía también que era hija ilegítima de Nicolás I de Rusia.

Todas estas anécdotas y muchas más se pueden leer en el libro Anécdotas de la nobleza española, de Amadeo-Martín Rey y Cabieses, publicado recientemente por La esfera de los libros. Es un libro muy detallado pero increíblemente ameno que presenta de manera agradable todos los secretos y vericuetos de la nobleza. El autor nos presenta un paseo por frondosos árboles genealógicos que se remontan a la Edad Media y que han llegado a nuestros días jalonados de personas a veces ilustres, otras no tanto, pero casi siempre interesantes o, cuando menos, singulares. Así vamos conociendo sucesos curiosos y algunos incluso inéditos.

Anécdotas de la nobleza española, de Amadeo-Martín Rey y Cabieses

Por ejemplo, que fue un antecesor de la actual marquesa de Alfarrás quien construyó el simpático Laberinto de Horta en Barcelona, uno de los mejores laberintos vegetales de Europa y el parque público abierto más antiguo de la ciudad condal. El creador en cuestión se llamaba Juan Antonio Desvalls y de Ardena, vivió a caballo entre el siglo XVIII y XIX y ostentó el título de marqués de Lupiá y de Poal. Por cierto, como se dice en el libro, «los jardines fueron visitados por Carlos IV, Fernando VII y Alfonso XIII estuvo allí en su último viaje a Barcelona antes de la proclamación de la Segunda República«.

Una puerta abierta a un mundo desconocido

La historia contemporánea o, al menos, su versión más academicista, lleva tiempo cometiendo el enorme error de desdeñar las biografías. Parece como que, desde hace décadas, la vida de un individuo no tuviera interés por sí misma y que dicho individuo sólo había que entenderlo dentro de una clase social. Los libros académicos hablan de clases sociales sin atender a que dentro de cada una hay decenas de taxonomías y casos particulares y que cada cual ha aportado cosas distintas. A veces, incluso interesantes.

El libro Anécdotas de la nobleza española viene a romper esta especie de maleficio y nos presenta a una retahíla de personajes, títulos y linajes sin muchos de los cuales no sería posible entender nuestra historia. Es una mirada a un escalafón social repleto de estereotipos y topicazos, pero sobre el cual no se había escrito un libro detallado, repleto de anécdotas y de detalles que no dejan de ser sorprendentes.

Por ejemplo, que uno de los mayores expertos gastronómicos del país fuera el VII conde de los Andes, Francisco de Asís Moreno y Herrera. Eso sí, firmaba sus artículos del ABC con el pseudónimo de «Savarin». O que los marqueses de Cerralbo –cuyo palacio es hoy uno de los mejores museos de Madrid– tienen en su genealogía a una tal Francisco de Aguilera y Becerril, conde de Villalobos, quien fue promotor de la gimnasia en España. Fundó un gimnasio en Madrid cuando lo del fitness no era en absoluto popular (estamos hablando del siglo XIX) y, por si no fuera poco, practicó él mismo el funambulismo. Y podríamos seguir así durante horas.

Una obra muy completa

Porque el libro es, desde luego, una de las obras más completas –puede que la que más– sobre un mundo en el que se habla mucho pero se conoce poco. En la obra hay títulos antiguos (como el ducado de Alburquerque) y otros más recientes (como el marquesado de Marañón). Hay actores y escritores (como José Luis de Vilallonga, marqués de Castellbell y autor de la biografía autorizada de Juan Carlos I) y mitos del deporte (como el jinete Beltrán Osorio y Díez de la Rivera, duque de Alburquerque). Hay diplomáticos y militares, ministros y médicos. Hay españoles y también peruanos (Manuel Gastañeta y Carrillo de Albornoz, marqués de Montealegre de Aulestia, y Gonzalo de Aliaga y Ascenzo, conde de San Juan de Lurigancho) y cubanos (la condesa de Revilla de Camargo) y mexicanos (el marquesado de Valle de Oaxaca).

A todos ellos les dedica el autor un tratamiento ecuánime y riguroso. Y lo puede hacer, en gran parte, porque Amadeo-Martín Rey y Cabieses, autor del libro, también pertenece a esa élite restringida de personas que pertenecen a círculos bastante cerrados y con nombres que parecen sacados de novelas medievales.

Su currículum es, desde luego, superlativo: académico de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, miembro de la Soberana Orden Militar de Malta, de la Sagrada y Militar Orden Constantiniana de San Jorge y a la Real Arciconfraternita e Monte del SS Sacramento dei Nobili Spagnoli de Nápoles. Pero no sólo se mueve como pez en el agua por la retahíla de títulos rimbombantes, sino que también atesora una tesis doctoral en Historia (y otra en Medicina, por cierto), por lo que la descripción de los ducados, marquesados, condados, etcétera, viene perfectamente contextualizado en las diferentes épocas.

Es, sin duda, el autor adecuado para presentarnos una obra necesaria. A falta de un Gotha español, ese almanaque donde se relataban las familias reales y las aristocráticas, o al menos, un Debrett’s, esa guía inglesa donde vienen detalladas las genealogías de las familias de la nobleza, ya era hora que tengamos, al menos, un buen ejercicio de genealogía jalonado de anécdotas históricas.

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