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Viaje a Las Hurdes, 100 años después

Alfonso XIII en Las Hurdes

Alfonso XIII visita las viviendas de varias familias en Las Hurdes, junio de 1922 Campúa

A pesar de que el foco informativo de la Casa Real esta semana va a estar concentrado en el -incomprensible, totalmente inadecuado- vestido de Letizia que dejaba la tripa al aire y que estaba totalmente fuera de lugar para un acto tan solemne como la entrega de medallas de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, la verdad es que el protagonismo íntegro lo debería estar acaparando el viaje del rey estos días a Cáceres. Un viaje que culmina hoy con la visita a Las Hurdes, un evento que quiere recordar la histórica visita a estas tierras de su bisabuelo, el rey Alfonso XIII, en 1922, hace un siglo exactamente.

Un histórico viaje

Alfonso XIII visitó la zona de Las Hurdes (de 47.000 hectáreas y, por entonces, de 8.000 habitantes) en junio de 1922, después de que la prensa de la época hubiese alertado de las condiciones de auténtica miseria del lugar. Bueno, en realidad fue un hispanista y periodista francés, un tal Maurice Legendre (1878-1955), que en verano de 1913 visitó el lugar acompañado de Unamuno y del periodista y académico Severino Aznar. El nivel de miseria abyecta, enfermedades y desnutrición que vio le impactaron tanto que inició una campaña para atraer la atención de la opinión pública y de las autoridades políticas. Unamuno le ayudó con unos cuantos artículos furibundos y La Ilustración Española, El Sol y El Imparcial, entre otras publicaciones de referencia de la época, realizó unos cuantos reportajes que impactaron tanto a la población que, en el mes de abril de 1922 se constituyó una Comisión Sanitaria presidida por el eminente Gregorio Marañón, y que contaba con los no menos prestigiosos médicos Bardají y Goyanes.

La comisión se desplazó hasta Las Hurdes para hacer un informe detallado y los resultados fueron incluso peores de lo que se había publicado hasta entonces en la prensa. Totalmente aislada, plagada de enfermedades y abandonada a su suerte, venía a decir. El bocio, el paludismo, el tifus y la viruela dominaban la zona, por lo que la mortalidad era espeluznante e incluso muy superior a la de países del Tercer Mundo en la actualidad. No había asistencia médica ni farmacéutica y sólo se aguantaba mínimamente por la «heroica misión de algunos sacerdotes que intentaban impedir los focos de progresiva miseria e ignorancia».

El propio rey Alfonso XIII quedó tan impresionado que, en un principio, quiso creer que exageraban y, para comprobarlo, decidió ir él mismo a la zona, un acto que sin duda lo honraba y que hubiese sido inconcebible para la monarquía británica de la época.

Mareado por el vértigo

El viaje tuvo, obviamente, un montón de complicaciones, comenzando porque no había carreteras, ni siquiera caminos en algunos puntos, ni mucho menos hoteles o posadas que pudiesen hospedar al séquito que acompañaría al rey. Alfonso XIII iría acompañado del jefe de la Casa Real (duque de Miranda), de su ayuda de cámara (teniente coronel Obregón), del ministro de la Gobernación (Vicente Piniés), de los médicos Gregorio Marañón y Ricardo Varela, del ingeniero de montes Santiago Pérez Argemí y de los periodistas José García Mora y del fotógrafo José Demaría Vázquez, conocido como Campúa. Estos dos habían conseguido ir en el viaje a través de un sorteo entre varios miembros de la prensa.

Alfonso XIII llegó a Cáceres en automóvil el día 20 de junio y la primera noche la pasó en el pueblo de Casar de Palomero, en la casa de un tal Acacio Terrón, uno de los vecinos que vivía en la plaza. La estancia, por cierto, aún se conserva intacta y, aunque muy humilde y austera, resulta digna, con una cama de madera, un crucifijo en la pared, un orinal y una sencilla jofaina para asearse.

A la mañana siguiente, comenzó la ruta propiamente dicha, 150 kilómetros que se harían a pie o a caballo por difíciles rutas que serpenteaban entre rocas y colinas escarpadas. Por las noches dormirían en tiendas de campaña. En algunos tramos la situación era tan difícil que el propio Campúa reconoció, años más tarde, que «había que bordear montañas a unas alturas escalofriantes. Yo he visto al rey bajarse del caballo y pasar a pie porque tenía vértigo y le daban mareos».

La fotografía del rey desnudo

El rey Alfonso XIII se fue deteniendo en todos los pueblecitos (Pinofranqueado, Cambroncino, Vegas de Coria, Rubiaco, Nuñomoral...) y también aprovechó que había un río (llamado de Los Ángeles) para darse un chapuzón completamente desnudo. El monarca pidió a Campúa que inmortalizara el momento y así el rey quedó retratado para la posteridad muy sonriente y con las vergüenzas al aire.

La fotografía, aunque se entregó el cliché original a Palacio, acabaría en tiempos de la República en manos del gobierno y de la prensa, la cual no dudó en publicarla a bombo y platillo y usarla para desacreditar al rey (ya en el exilio) y la monarquía. Incluso protagonizó la portada de ¿Alfonso XIII fue buen rey?, un libro de José María Carretero Novillo de 1934. Años después, la fotografía acabó manos de la Gestapo (la incautó entre las posesiones de Azaña) y se la entregó al régimen franquista.

Más allá de la anécdota de la fotografía del rey al desnudo, la verdad es que al monarca le impresionó profundamente todo lo que vio. Entró en chozas miserables y llenas de porquería sobre laderas empinadas, sin ventanas ni chimeneas, donde los lugareños convivían con los pocos animales que habían. A la vuelta a Madrid, Alfonso XIII estaba tan sobrecogido que ordenó que se crease un Real Patronato y se instalasen inmediatamente una factoría, una escuela, un edificio con servicios sanitarios y un cuartelillo de la Guardia Civil.

El documental de Buñuel que consagró «La España negra»

Muchos años más tarde de aquel viaje aún se decía en muchos círculos que no había servido para nada. El rumor se extendió sobre todo durante la II República, cuando Luis Buñuel se trasladó a la zona y, gracias a la financiación del anarquista Ramón Acín, grabó Las Hurdes, tierra sin pan, un documental donde se veía una miseria horrenda. Cinematográficamente hablando, estamos sin duda delante de una obra maestra del cine surrealista, con un enfoque rompedor y muy vanguardista (el Festival de Cine de Mannheim en 1964 la incluyó entre los mejores doce documentales de la historia), otra cosa es si de verdad reflejaba la realidad en aquella época. En el documental, por ejemplo, se explicaba que las gentes del pueblo de La Alberca estaban poco desarrollados que hasta el pan les era desconocido. Años más tarde, se supo que, aunque las carencias de la zona eran aún importantes, Buñuel había exagerado y había construido escenas a la medida de sus necesidades cinematográficas. Por ejemplo, en el documental se decía que los animales estaban tan famélicos que morían devorados por las abejas y se veía, por ejemplo, a un burro muerto. Sin embargo, luego se supo que el burro en cuestión, un animal viejo y enfermo, había sido atado para que quedase bien ante las cámaras y que lo habían rociado de miel para que las abejas lo devorasen. En el transcurso de la filmación también se mató a una cabra junto a un acantilado: se la disparó a bocajarro para que cayese al vacío, una de las escenas más famosas del documental.

De hecho, algunos documentalistas como Pío Caro Baroja reprocharon abiertamente a Buñuel que hubiese manipulado tan chapuceramente la realidad y que hubiese condenado a Las Hurdes a una imagen nefasta cuando la verdad era que las cosas estaban cambiando. Poco a poco, pero cambiando. El propio Gregorio Marañón, que acudió al estreno del documental, salió de la sala indignado por lo «injusto de la película» y lo profundamente desagradable. Tan mala fama daba a España, que incluso el gobierno de la II República pidió que se retirara.

El rey Alfonso XIII regresó una vez más

La verdad, más allá de lo que Buñuel quiso ver, fue que Las Hurdes mejoraron sustancialmente una vez el Real Patronato se puso en marcha. Hubo un ambicioso plan de reforestación, aunque lo más destacado, sin duda, fue la labor heroica de los médicos. Se crearon tres establecimientos denominados Factorías, edificios que albergaban desde dispensarios a escuelas y oficinas de correos. Además, y como había insistido mucho Gregorio Marañón, se dedicaron esfuerzos a mejorar las aguas, la higiene y la alimentación. El impacto fue inmediato y, en cinco años, se había reducido bastante la mortalidad.

El Real Patronato también se esforzó por combatir el analfabetismo en la zona y organizó una Misión Pedagógica. Había escuelas para los niños y otra para las niñas y luego se establecieron clases para adultos. A través de una donación del Marqués de Valdecilla, que aportó 200.000 pesetas, se crearon cantinas y comedores escolares.

En tercer lugar, se destinaron recursos a las vías de comunicación, uno de los principales déficits de la zona. Se construyeron más de 39.000 kilómetros de caminos forestales para unir a los pueblecitos y los villorrios. Más tarde, se construyó una carretera. Por ella regresó, esta vez confortablemente en un coche, el propio rey Alfonso XIII en 1930 para comprobar las obras realizadas y los avances conseguidos.

Aunque aún quedaba mucho por hacer y los retos seguían siendo importantes, los cambios sin duda habían sido destacables. No sólo se dotó de dignidad la zona, sino que cambió la imagen de Las Hurdes para siempre.

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