Después de que la semana pasada Letizia cumpliera 50 años, una fecha que permite hacer balance y también comenzar nuevos retos, muchos esperábamos que la reina usara su aniversario como punto de inflexión. Queríamos ver a una nueva Letizia en acción, más ejecutiva, más implicada en grandes causas, con más proyección por su trabajo. De ahí que cuando se anunció su viaje a Nueva York para participar en actos de las Naciones Unidas, muchos aplaudimos. Era el escenario perfecto para lanzar una nueva agenda, más potente, más relevante, con mayor fuerza.

El resultado, sin embargo, está siendo algo decepcionante. Es cierto que está teniendo algunos aciertos indudables, pero el resultado está sabiendo a poco. Pero no adelantemos aún los detalles. Vayamos paso a paso.

Como muchos recordarán, la reina asistió el lunes en la abadía de Westminster al funeral de la reina Isabel II, un evento de proyección mundial que en España dio sobre todo que hablar por la presencia del rey emérito Juan Carlos. Por la tarde hubo una segunda ceremonia en la capilla de San Jorge en Windsor a la que tanto Letizia como Juan Carlos excusaron asistir. Letizia, que tenía cara de estar muy enfadada en el funeral –eso de estar cerca de su suegro mientras las cámaras de prácticamente todo el mundo te enfocan no le debió sentar bien–, alegó que tenía que estar al día siguiente en Nueva York para tomar el primera avión que la sacara de Londres.

Su agenda de actos en Nueva York

La verdad es que era cierto que se había comprometido desde hacía tiempo a asistir a lo que en Estados Unidos se conoce como la United Nations Week, la semana en que se pone en marcha la nueva sesión anual de la Asamblea General de la ONU. Es el momento en que líderes mundiales se dirigen a Nueva York a dar discursos y también son los días en que se organizan miles de eventos paralelos –los denominados side events— sobre todos los temas inimaginables, de la defensa del medio ambiente a la importancia de investigar más sobre el cáncer.

Letizia está en Nueva York para participar en algunos de estos side events. En su caso, relacionados con el tema de la salud mental y la alimentación saludable. Recordemos que, aunque prácticamente nadie lo sepa, la reina fue nombrada en el 2015 «Embajadora Especial para la Nutrición» de la FAO, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Es un puesto honorífico que podría haberle dado una gran proyección internacional –la idea era que Letizia llevara a cabo acciones de «sensibilización y movilización social para la erradicación del hambre en el mundo«–, pero que ni ella ni su equipo han sabido dotar de contenido. Más allá de acudir algún día al año a Roma, donde está la sede de la FAO, para participar en alguna reunión, y de algún evento más esporádico, Letizia no ha hecho nada al respecto.

Oportunidades perdidas

Desde luego, es una auténtica lástima. Otras royals han sabido aprovechar magníficamente sus papeles en la ONU para desarrollar un trabajo más que loable. La reina Máxima de Holanda es el mejor ejemplo de ello: no solo se implicó hasta la médula en la promoción de los microcréditos a mujeres, sino que se ha convertido en una de las mayores expertas mundiales en cuestiones de «inclusión financiera». En septiembre del 2009, el entonces secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, la nombró Special Advocate for Inclusive Finance for Development, algo así como enviada especial para la promoción de la inclusión financiera en el desarrollo económico. Bajo ese título tan rimbombante, Maxima está llevando a cabo una labor excelente para la promoción de servicios financieros (seguros, cartillas, planes de ahorro, acceso a créditos) en muchos países. No es difícil verla en viajes varias veces al año y cada mes desarrolla reuniones de alto nivel con jefes de Estado y dignatarios internacionales. Da discursos, concede entrevistas, redacta informes y está obteniendo muy buenos resultados.

Letizia está muy lejos de este modelo. Insisto: más allá de ir a Roma un día al año y mantener una reunión aislada, no ha hecho prácticamente nada en su rol como «Embajadora especial para la nutrición«. Siempre he pensado que no era el mejor rol para ella dentro de la ONU. Al fin y al cabo, más allá de que está obsesionada con la dieta sana, no debe saber mucho de la situación de la nutrición en el mundo. Ni tampoco tiene experiencia directa sobre el tema. Creo, sinceramente, que lo hubiese hecho mucho mejor defendiendo la libertad de prensa y hablando de los periodistas injustamente encarcelados. Porque, al fin y al cabo, ella también era periodista.

El rol en UNICEF

Dado que lo de la FAO no ha acabado de cuajar, personalmente tenía bastante esperanzas depositadas en el nuevo cargo de Letizia: el pasado 13 de abril fue nombrada «Defensora para la Salud Mental de la Infancia y la Adolescencia» de UNICEF, un puesto que se ajustaba mejor a ella.

Su agenda de Nueva York, de hecho, estaba muy centrada en este nuevo rol de la reina y hay que reconocer que se había planeado una buena estrategia de trabajo: varias reuniones de alto nivel con expertos en el tema seguidos de encuentros con jóvenes de todo el mundo. Ayer, por ejemplo, Letizia asistió en el hotel Melià New Yok Nomad a una reunión con algunos representantes de UNICEF. Luego se reunió con jóvenes, como María Alexandrova (de Bulgaria), Olivina Marskan (una Youtuber educativa de indonesia) y Anna Renne Robinson (de Jamaica, responsable de U-Matter, una línea de chat de salud mental).

La idea, insisto, era muy buena, pero el problema ha sido el de siempre: ni un solo mensaje concreto. No sabemos de qué se habló en la reunión, ni a qué conclusiones llegaron. Tampoco sabemos de lo que habló Letizia con los jóvenes (esperemos que Casa Real, al menos, distribuya algún vídeo). Al final, lo único que ha destacado la prensa era el atuendo que llevaba la reina, un Carolina Herrera que ya se había puesto con anterioridad.

El outfit también eclipsó el resto de los eventos del día. Letizia se cambió de ropa, se enfundó un traje rojo con una chaqueta negra (por lo que se ha podido saber, es un diseño del diseñador Narciso Rodríguez para Zara), y puso rumbo a un encuentro con la director ejecutiva de UNICEF, Catherine Russell. Era un traje muy bonito, pero más adecuado para un coctel –era excesivamente llamativo para una reunión de trabajo (con un traje chaqueta hubiese estado perfecta)– y eclipsó todo lo demás.

De nuevo, no tenemos ni idea de lo que hablaron Letizia y Catherine Russell. Por la puesta en escena tenía pinta de una «toma de contacto protocolaria» más que de otra cosa. Me hubiese gustado una reunión más ejecutiva, en donde Letizia, por ejemplo, se hubiese presentado con un plan de acción para los próximos meses y se hubiese hablado de cómo coordinar mejor sus acciones con el resto de la organización a nivel mundial.

Letizia luego puso rumbo a uno de los platos fuertes de su estancia en Nueva York: su discurso en un evento organizado por UNICEF, UNESCO y la Organización Mundial de la Salud (OMS) para promover la salud mental en las escuelas. Era el marco perfecto para un discurso potente y ambicioso, pero aunque pronunció un inglés bastante bueno y leyó mejor que en otras ocasiones –esta vez no parecía que leía las noticias del Telediario–, el parlamento no decía demasiadas cosas. Había alguna idea interesante al principio –como que los jóvenes prefieren hablar de sus problemas de salud mental entre ellos más que buscar ayuda profesional o hablar con sus padres–, y estuvo muy bien que citara alguna estadística –como que cada día se quitan la vida 126 niños y adolescentes en todo el mundo–, pero en conjunto no estaba bien estructurado y en los últimos párrafos se perdió en frases rebuscadas y con lenguaje burocrático que no conducían a ninguna parte.

Letizia continuó el día con varios encuentros más, uno con el director general de la FAO, donde la hemos visto en una mesa de trabajo con papeles delante –¡bien!– y otra con el director general de a OMS. Desgraciadamente, no tenemos ni idea de lo que se han dicho.